PALABRAS, PALABRAS… | GARANTISMO

Las garantías procesales resultan fuertemente cuestionadas en tanto confieren protección a los imputados, tan urgida está la sociedad de respuestas tranquilizadoras en medio de la zozobra que impone la inseguridad. Una mirada más amplia y certera podría ayudar a revertir la mala prensa que ostenta el “garantismo”. Colabora un hecho de estos días en Pergamino.

Si la información, en su mayor medida, proviene de los medios tradicionales de comunicación, conviene señalar que su exceso resultará nocivo en caso de no contarse con formación adecuada; aceptando la sustancial diferencia existente entre concepto y data.

Por influjo de interesada prédica machacona, un desvarío frecuente consiste en cuestionar (con énfasis de iniciados) aspectos que claramente resultan lejanos, a los que -con el somero soporte del videograph- se juzga con increíble familiaridad.

De los mismos autores de “las leyes están mal hechas” (con anclaje en todas las clases sociales) en boca de quien nunca viera de cerca Código Penal alguno, se ha pasado en los dos o tres lustros precedentes a la brutal defenestración del “garantismo”, explicación exclusiva de la inseguridad que golpea tan feamente; apuntando a la cabeza misma de Raúl Eugenio Zaffaroni, su adalid, un tratadista de renombre internacional entre los académicos de más diverso orden.

Los denuestos no provienen de parte de eminentes jurisconsultos, en condiciones de opinar, sino que funciona a modo de pedrada sencilla desde la vereda de enfrente de los gobiernos populares. Ergo, si el Dr. Zaffaroni adhiere al kirchnerismo, y si el odio a Cristina obra de justificación superior, todo lo que suceda cerca suyo deberá ser repudiado, sin necesidad de análisis. Regla de tres simple.

Por tratarse de una materia nítidamente ideológica, aunque no estrictamente partidaria, el cuestionamiento al garantismo, o, lo que es lo mismo, a la existencia de garantías en el proceso penal, puede ubicarse fácilmente en simpatizantes de Juntos por el Cambio, con especial arraigo en clases acomodadas, aunque la cantilena se repite -¡ay!- en franjas económicas menos favorecidos, hermanados estos y aquellos por fervorosa campaña impulsada desde los medios dominantes.

Para el sentido común imperante, los pobres son por definición delincuentes, que por ese solo origen ya deberían estar en prisión, tornando innecesario el aporte de pruebas. De ahí, que hasta el mero juicio derive en evitable pérdida de tiempo. Lo contrario, podría ser rotulado como “inadmisible puerta giratoria”, sin importar la hipotética inocencia. “Que se pudran en la cárcel” es, en todo caso, una demostración de buen gusto, ante el más recóndito deseo del restablecimiento -apenas silenciado, todavía- de la pena de muerte.

Con mucho de simplismo, el discurso hace eje en la presunción de eventuales víctimas; sin admitir la posibilidad de, algún día, por extraña paradoja del destino, pasar a estar en conflicto con la ley.

A unos 1500 días de la muerte de Victorio Otero, el conductor del auto criminal sigue eludiendo el accionar de la justicia, gracias a la perversa habilidad de entrenados abogados que hasta aquí le han evitado el trastorno, que para eso les pagan bien. Recientemente recurrieron -sin éxito- ante la Cámara de Apelaciones y Garantías en lo Penal, disconformes con la decisión del Juzgado de Garantías, que rechazó el pedido de suspensión del juicio a prueba. De esta forma consiguieron aplazar por vez tercera el esperado juicio, y seguramente volverían a recurrir -de ser factible- a todos los vericuetos que los abogados suelen encontrar a la hora de defender de la mejor manera los intereses de su cliente. Una y otra vez se valen de las garantías que la ley establece en general, sin considerar los alcances económicos, para garantizar el imprescindible derecho a la defensa, base sustancial del estado de derecho. Gracias a ello, Alejandro Urquiza Rueda sigue sin mirar de frente a los jueces, ni a su propia responsabilidad.

Si las “garantías” son buenas para unos, deberían serlo también para el resto. Quizá se encuentre allí un punto de análisis para empezar a replantearse la falsedad de aquel difundido postulado cargado de ideología y racismo.

Rody Piraccini

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