EL CUERPO QUE HABITO

Ni dieta, ni ajuste, ni patología, resistencia gorde deseo y autonomía.

Yo puedo amarme un montón, pero salgo afuera y me hacen bullying, me amenazan, amenazan mi cuerpo, amenazan mi existencia, no consigo trabajo, no consigo ropa, no entro por una puerta, no me puedo subir a un avión, no entro en una silla, no estoy en Tinder, Instagram, Whatsapp.

La sociedad ha impuesto y recreado un modelo hegemónico del ideal del cuerpo delgado que adquiere un estatuto que intenta trasvasarse de una cultura a otra, y no es realista, más aún, en nuestra cultura latinoamericana de cuerpos diversos. Esta concepción ejerce un control y autorregulación sobre las conductas, la subjetividad y los modos de vida; con una dimensión social, epocal y política de la producción de los cuerpos. Foucault teorizo que «el cuerpo actúa como un texto para que la realidad social se pueda escribir» y utilizó el concepto de biopoder, una forma de ejercicio del poder que tiene los cuerpos como objeto y su normalización como fin. Sin embargo, no importa cómo se demuestre la hegemonía de un instrumento de disciplina y control, siempre hay un resto que no puede ser disciplinado y puede abrirse paso de lo establecido «donde hay poder, hay resistencia».

Vivimos una época de ruptura en diversos campos, un proceso de resquebrajamiento que se constituye desde ese resto indisciplinado, que hace posible resistir e inventar y se motoriza en acciones, pone en primer plano la dimensión de los cuerpos insumisos, propone un examen incómodo y disruptivo que intenta condiciones de enunciabilidad de lo invisibilizado, silenciado y excluido de las corporalidades, para poner en juego las subjetividades deseantes que rechazan lo insoportable.

Cuerpos, cuerpas impropias.

Te lo digo por tu bien.

La ciencia y el mercado han jugado un papel central en la construcción del normo-peso y la delgadez corporal. Judith Butler utilizó los términos «sujetos viables e inviables» para describir las posibilidades que ofrece esta normatividad.

A principios del siglo XX, mientras la delgadez era un signo de insalubridad y pobreza para la mayoría de la población, la comunidad médica comienza a ubicar la gordura como un problema de salud. La creación de los estándares de peso y altura fue decisivo para la idealización de la figura humana. Así comienza la recomendación del consumo moderado de comida entre las clases altas. De forma que la palabra gordx fue redefinida para significar enfermx, insalubre y sinónimo de comer en exceso y de holgazanería, y viceversa, la delgadez es asociada con la salud, creando presiones culturales, económicas y políticas en el control de la imagen corporal, en particular de las mujeres.

El dispositivo utilizado en la batalla contra la obesidad fue asociándola al aumento de la morbilidad, la mortalidad y la prevalencia de enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión o los problemas cardiovasculares. Se comienza a implementar el Índice de Masa Corporal, una medición antropométrica pretendidamente mundial, que define el carácter sano o enfermo de un cuerpo humano sin atender a edad, etnia, origen geográfico, ni a ningún otro elemento, y justifica toda clase de intervenciones. Con el tiempo disminuyen el índice del IMC, y la mitad de los habitantes del mundo pasó a ser considerada obesa. De esta manera la gordura pasa a ser patologizada, considerada epidemia por la OMS. Sin embargo, plantearlo así, es un reduccionismo.

La combinación de imperativos médicos y la formación histórico-cultural de las corporalidades nos lleva a argumentar que muchas personas no son necesariamente gordas simplemente porque coman más o hagan menos ejercicio, debemos considerar factores socioculturales, psicológicos, biológicos, genéticos y emocionales, entre otros. Relacionar toda la grasa con la enfermedad y toda la pérdida de peso con la salud resulta incompatible con la diversidad de cuerpos que se habitan.

El imperativo de vida sana propone cuidarse, perfeccionarse y ejercitarse para seguir estando en forma, para encajar. Uno de los efectos inmediatos de esta exigencia es la prevalencia de padecimientos como la bulimia o la anorexia nerviosa, en el intento de ser una presencia digna de ver, elogiada y contemplada por el mercado.

Resulta interesante el concepto de Clifford Geertz «Los cuerpos son ficciones», fabricados, elaborados, conducidos de acuerdo con los preceptos que dicta una sociedad. Desde otra perspectiva, a Paul B. Preciado no le convence demasiado la noción de cuerpo, «una genealogía del cuerpo, no es naturaleza sino somateca, un archivo viviente político de lenguajes(…)lo que hace que sea prácticamente imposible que pueda existir un cuerpo plenamente sano y feliz, un cuerpo que realmente funcione como un todo homogéneo y sin fisuras(…)ficciones que son somáticas y que pueden ser deconstruidas y reconstruidas a través de diversas estrategias de resistencia y subversión crítica (para que en vez de subyugarnos, nos empoderen)».

No entras.

Está gorda. Pura panza. Da asco. Las ballenas no deberían salir del agua. Comehamburguesas. Tragatortas. Parece embarazada. La vaca, la foca, la morsa. Acá hay derecho de admisión. La grasa militante.

Las mujeres, los cuerpos y las sexualidades disidentes son sistemáticamente castigados, burlados y culpabilizados. Pero ¿quién los hace disidentes? ¿Por qué estamos usando la gordura como un insulto?

El cine y la televisión muestran personajes gordxs, infelices, desprolijos, que sufren de bullying que comen sin parar; se refuerza la idea de que la gordura es algo abyecto, que no debe ser visto ni representado. Las redes sociales vehiculizan a través de memes, chistes, videos y distintas publicaciones una retórica gordofóbica, violenta, estigmatizante y discriminatoria para dejar afuera algunos cuerpos y a otros no.

La Gordofobia es la actitud de rechazo, ridiculización, miedo, prejuicios valorativos incitadores de odio que enfocan a la gordura como digna de ser eliminada. No es solo una experiencia traumática y dolorosa de quien la vivencia, es el despliegue permanente de violencia psicológica y emocional que invaden, torturan y hostigan de manera incesante las subjetividades, afectando el modo de vida. La persona gorda sufre muchas veces exclusión social, estigmatización sexual, desvalorización, injusticias laborales que traen como consecuencia depresiones, aislamiento, vergüenza. Según Badallar «los desfases entre el modelo corporal cultural y el cuerpo real de cada individuo concreto serán, forzosamente, fuente de malestar, de ansiedad». No solo se los patologiza, sino que se agregan estas violencia para el disciplinamiento de la desobediencia que suponen las gorduras.

Las personas gordxs libran una batalla contra todo el rechazo para conseguir ser aceptadas socialmente, que sin dudas le generan inseguridades y falta de aceptación del propio cuerpo. Llegan a sentirse incomodas, con la brecha entre el ideal de cuerpo socialmente aceptado y el cuerpo propio, frente a las miradas y reacciones de los demás.

Insultos, críticas, burlas, recaen sobre los cuerpos de las mujeres. El uso peyorativo e insultante de la gordura persigue la humillación, el desprecio y el acoso que sufren y comparten con otras disidencias corporales que son objeto de un hostigamiento constante del sexismo y el racismo.

El acoso, discriminación y la exclusión son producidos sistemáticamente en todos los ámbitos, trabajo, sistema de salud, en el mercado de deseos, en la vestimenta.  El estereotipo impone un cuerpo blanco, rubio, alto, delgado, exitoso, heterosexual, necesariamente.

Laura Contrera, filósofa y activista gorda, sostiene «Gordx no alude solamente al peso corporal que porte alguien, sino que implica encarnar muchas otras cosas negativas. Así, ser gordx es también ser feo, indeseable, poco saludable, flojo, amorfo, lento, sin gracia.»

Orgullo Gordo.

¡Dije basta! Es mi cuerpo.

Mujeres insubordinadas, de distintas formas y en todo el planeta, desobedecen sus posiciones históricas. El movimiento de aceptación gorda, o liberación gorda, surgió a fines de la década de 1960 como parte de las luchas por la igualdad de derechos para las minorías. Se rebelaron contra la medicina, los medios de comunicación, el fitness, la dieta y la delgadez como canon de belleza y dignidad. En América Latina, y particularmente en Argentina toma visibilidad a partir de 2011.

El Activismo Gordo de nuestro país ha recuperado el poder de la palabra gordx para nombrarse a sí mismo, mutando el insulto en resistencia, creando una comunidad y una narrativa alternativa, que contiene una composición diversa dentro de la cual encontramos una vertiente académica teoría política que produce libros como Cuerpos sin Patrones (2016) de Laura Contrera y Nicolás Cuello, la publicación de «Gorda Vanidosa» (2018) de Lux Moreno, Te digo por tu bien (2021) de Agustina Cabaleiro, entre otros. Generaron espacios como la web Cuerpos Empoderados formado por un grupo de antropólogas, el taller Haciendo la vista gorda en las convocatorias que desde 2017 se realizan en los Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries, participan del Encuentro Nacional de Mujeres. Llevaron a cabo la militancia por la Ley de Talles que se aprobó a fines de 2019, pero que aún no ha sido reglamentada hasta que se complete un estudio antropomórfico en todo el país, que dará cuenta de la corporeidad argentina. Mujeres que van por el modelaje plus size y militan desde allí. El colectivo señala la importancia de la implementación real de la ESI con perspectiva de género que contemple las diversidades sexuales y también de los cuerpos.

Expresan diferencias con el movimiento body positive que propone el amor propio, las activistas advierten en esto una gran presión en quienes habitan cuerpxs gordxs, haciéndoles sentir culpa y responsabilidad. «¿Es culpa mía entonces si no me quieren porque no me puedo querer? ¡Dale, algo más querés!» (Samanta Alonso, trabajadora social, activista y modelo plus size).

El Activismo Gordo en Argentina tiene una mirada profunda, transformadora y crítica que revela la opresión, patologización y estigmatización de los cuerpos gordos. Buscan la dignidad, que existan políticas públicas que garanticen el paso por un hospital, la búsqueda de trabajo, subirse a un transporte público, o incluso poder vestirse. Propone ese acceso mínimo no capacitista, no denigrador de la diferencia y, sobre todo, que respete la diversidad de un cuerpo trans, un cuerpo gordo, un cuerpo afrodescendiente, es decir, de corporalidades que no son mejores o peores, simplemente existen. Su lucha no es hacer apología de la obesidad, sino visibilizar una realidad, porque es un derecho humano básico tener acceso a las mismas cosas que todas las corporalidades y no solo a las que se leen como privilegiadas.

El territorio del cuerpo de la mujer ha sido uno de los más invadidos en la historia de la humanidad, saber que ha sido expropiado, disciplinado y regulado nos hace pensar en las bases para recuperarlo y reconocerlo aceptando sus diferentes entrecruzamientos: físico, subjetivo, emocional, sexual y deseante. Ese cuerpo que cargamos tenemos la posibilidad de habitarlo cada unx, entendiendo que la única manera de vivir es celebrando las diferencias. «Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de éstas. La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres», afirma la escritora Naomi Wolf.

Sugerencias:

➡️ Cuerpos sin patrones. Laura Contrera y Nicolás Cuello.
La gorda vanidosa. Lux Moreno. Editorial Ariel
➡️ Documental Gordofobia, realizado por Paula Giménez.
Manifiesto contrasexual. Paul Beatriz Preciado. Editorial. Anagrama.

Mónica Filippini | Psicoanalista

Compartir en:
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on twitter
Share on print