MOSCÚ ESTÁ CUBIERTO DE NIEVE

No cantes, hermano, no cantes,
Que Moscú está cubierto de nieve,
Y los lobos aúllan de hambre…
No cantes que Olga no vuelve,
Aunque el sol nuevamente ilumine,
Aunque siga cayendo la nieve…

Agustín Magaldi

La gloria de las Repúblicas Socialistas Soviéticas llegaba a su fin, empujada por el avasallante y brutal capitalismo, por la fiebre del oro prometido o tal vez por el propio desgaste de la Revolución, una epopeya que cambiaría la historia en el comienzo del Siglo XX.

Por la misma época una muchachita pobre de Los Toldos salía al mundo para cambiarlo, o en principio sólo para cambiarse, para arrancarse la frustración y la humillación de los desheredados de la tierra. Era Evita, sería Evita Eterna.

Será por aquello que las historias de los pueblos entrelazan, se tocan en todas sus diferencias y mágicas similitudes, y los pobres de todo y las olvidadas y sufrientes se parecen en sus múltiples dolores, que el bello rostro de la muchachita de Los Toldos podría haber sido cualquiera de los que desfilaban como fantasmas entre las calles de la antigua joya del Imperio Ruso.

La incipiente decadencia, el comienzo del consumismo o el fin del comunismo. Una dolorosa muestra de aquellos cambios podían verse en la oferta de rezagos en el Pasaje Arbat, una callecita de artesanos nacida en el Siglo XV. Aquellos despojos como saldos eran la prueba muriente de un esplendor que llegaba a su fin, los restos del Ejército Rojo vendidos a precio vil, colas de obreros desocupados rematando pertenencias y papas a la salida del Metro más impresionante del mundo. Ese tren subterráneo atravesando la capital cosmopolita, donde cada estación es una obra de arte en sí misma y en la Guerra Fría oficiaban como posibles refugios atómicos. En aquel vientre parecía renacer el capitalismo. Otra vez.

En una de aquellas largas caminatas me encontré con una casa antigua señalada por alguna foto y una placa en cirílico. Recuerdo que la casa de Nikolái Gogol, el autor de Diario de un loco y Almas muertas, quedaba en un boulevard arbolado. Todo era tal cual lo había sido y en aquella mañana de primavera rusa, solo estábamos la guía ilustre de la antigua morada del escritor y yo. El hecho más notable fue que aquella anciana hablaba perfectamente el castellano, además de otros idiomas y conocía a Borges, García Márquez y Cortázar como la mejor de las latinoamericanas. Creo que aquella revelación fue la metáfora más impresionante del paraíso perdido. La pérdida de una maravilla. La pasión de su relato, la seriedad y fervor con que, tomada su trabajo minucioso, la explicación hasta el detalle más insignificante de la vida y obra de uno de los baluartes literarios del Siglo XIX. La pasión en cada gesto, en cada sutil muestra de símbolos y objetos. Tal vez una prueba inalterable de años de construcción cultural, los efectos imborrables y más bellos.

Los viajes de juventud tienen esa magia increíble y luego la frágil memoria hace el resto. En la construcción de los recuerdos aparecen las múltiples posibilidades, lo que pudo haber sido y no fue. Y de todas las vidas que no vivimos.

Caminar despojado por una ciudad, por las ciudades, atravesar sin prejuicios ni conciencia la furia dormida del Kremlin, espiar el sueño eterno de Lenin o la impresionante silueta de San Basilio. Y recordar, es también jugar con la fantasía de haber tomado otras posibles bifurcaciones de los senderos.

La Plaza Roja volverá a cubrirse de nieve, una y otra vez, como en el tanguito de Magaldi. Y todos los trenes nos seguirán sacando de nuestros pueblos, en el incesante suceder. Como a Olga o a Evita. Hasta construir la sospecha que uno está en otro mundo o en otro viaje o en otro sueño.

Fabián Del Core

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