LA CONQUISTA EN LOS CUERPOS

La “barbarie” de los españoles
no tiene nada de atávico ni de animal;
es perfectamente humana y anuncia
el advenimiento de los tiempos modernos”[1].

La conquista y colonización de América, es el sometimiento, la dominación, el genocidio, con armas, con enfermedades, la destrucción de comunidades, la sustracción de la tierra instituida en la Colonia, tal como lo reclaman aun actualmente diversos pueblos antiguos, originarios, es el ataque a la subsistencia en tanto se les cercena el espacio donde estar, desarrollar y mantener una modalidad de vida y una cosmovisión del mundo ligada a ello.

Bajo la modalidad del esclavismo o del colonialismo, los llamados indios fueron reducidos a objetos o tomados como productores de objetos, dos perspectivas de la dominación, con sus adeptos y sostenedores, reproductores de esa ideología, su implementación y sus consecuencias.

En ese escenario de cosas, intentaré ubicar algunas de las coordenadas del tratamiento de los cuerpos en esos tiempos, y lo que de allí se desprende y establece conexiones con nuestro presente.

Cuando se habla de la llamada conquista y colonización de América, se enlaza al término genocidio, 70 millones de personas de distintos pueblos desaparecidas, bajo tres formas: homicidio directo, en situaciones de enfrentamientos o por fuera de ellos; a causa de maltratos (donde se incluyen la esclavitud en las condiciones de trabajo, que generó un promedio de vida de 25 años, y que además de ascender la mortalidad, descendiera la natalidad en tanto en esas circunstancias por diversas razones no era ni posible ni elegido tener hijos), y por las enfermedades, según Tzevtan Todorov[2], debido al “choque microbiano”. El riesgo de ese planteo es dejarle la responsabilidad al microbio y como decía el sanitarista Dr. Ramón Carrillo “los microbios como causas, son unas pobres causas”. En las condiciones de trabajo esclavizado, las defensas bajan; debido a la explotación de sus fuerzas, la mala alimentación y las condiciones ajenas a la vida que habían mantenido hasta entonces, ahí sí todo juega a favor de que los microbios se transformen en causas de mortalidad.

Un asesinato económico dado por el proyecto de hacer capital de parte de los colonizadores. También la destrucción del tejido social tradicional, en México, que es de donde se tienen mayores registros, se transforma en causal de enfermedad que con el deterioro confluye en muchas ocasiones en la muerte.

Además, se registran episodios de crueldad, donde no interviene más que lo ilimitado de la violencia física sobre el otro, sin ninguna otra motivación, aun pudiendo ubicarla a cuenta del deseo de poder en función de lo económico, los actos de crueldad exceden todo marco y todo límite, sobran los ejemplos.

Todorov se pregunta sobre ¿las motivaciones inmediatas en los españoles en estos actos? No se queda con la primera respuesta en “el hacerse rico, muy rico y con rapidez”, señala que dicho deseo “no es nuevo como tampoco lo es la pasión del oro, que no tiene nada de específicamente moderno. Pero lo que sí es más bien moderno es esa subordinación de todos los demás valores a éste. El conquistador no ha dejado de aspirador a los valores aristocráticos, a los títulos de nobleza, a los honores y a la consideración, pero para él se ha vuelto perfectamente claro que todo se puede obtener con dinero, y que éste no sólo es el equivalente universal de todos los valores materiales sino que también significa la posibilidad de adquirir los valores espirituales” y concluye “esta homogeneización de los valores por el dinero es un hecho nuevo, y anuncia la mentalidad moderna, igualitarista y economicista”. [3]

El Dios oscuro del mercado, del que nos hablará J. Lacan muchos, muchísimos años después, encuentra sus primeros pasos en estos tiempos y en la modalidad de la plasmación de estos actos.

Todorov, aporta su mirada que interroga, señala que la “explotación económica resulta insuficiente” para explicar por ejemplo, la matanza de Caonao, no basta la codicia como argumento de madres ahorcadas y sus niños colgando a sus pies, ni las diferentes y variadas en crueldad modalidades de torturas infringidas, y dice “todo ocurre como si los españoles encontraran un placer intrínseco en la crueldad, en el hecho de ejercer su poder sobre el otro, en la demostración de su capacidad de dar la muerte”[4].

Diferencia el homicidio ritual – religioso, del que llamará ateo, corresponden a dos tipos de sociedades distintas, el primero a las sociedades con sacrificio (cuya existencia en estas tierras se probó por ejemplo en el pueblo Azteca) y el segundo, a las sociedades con matanzas (españoles del S XVI). Así, se revela “un ser moderno, lleno de porvenir, al que no retiene ninguna moral y que mata porque y cuando así le place. La “barbarie” de los españoles no tiene nada de atávico ni de animal; es perfectamente humana y anuncia el advenimiento de los tiempos modernos”[5].

Freud planteaba que, dada la hostilidad primaria en el ser humano, no había nada de natural en amar al prójimo, sino, que más bien, si ello debe funcionar como ley y prohibición es porque no hay allí nada de natural, sino lo contrario, y es lo que lo lleva a decir que la barbarie no se opone a la civilización, sino que hay que pensar la barbarie en la civilización.

Y el cuerpo, como un agregado sobre el que se plasma cada civilización, con sus modos de lazo o de segregación y odio, modos de tratar la diferencia. El cuerpo del otro se desubjetiva, transformándose en un objeto sobre el cual se puede volcar el propio goce. “Homo homini lupus”[6]. Allí donde no hay una civilización sostenida en un lazo social que haga de límite a todo es posible, advienen los excesos y el empuje de la pulsión de muerte; y si ello se encuentra en el fundamento del poder, la dimensión es la del genocidio.

El cuerpo es lo que nos permite estar en el mundo con una presencia, diversa como el mar de fueguitos de Eduardo Galeano.

En el marco de políticas totalitarias, segregacionistas, uno de los efectos, es el tratamiento sobre los cuerpos, ubicados como resto, cuerpos que van cayendo de la vida.

¿Qué lo sustenta? ¿No es la segregación el nombre de ese resto que intentó ser silenciado, negado, ocultado, arrojado al mar o a los perros, enterrado en tumbas sin nombres, tirados – asesinados a la vera de un camino?

Uno de los modos de la segregación es bajo la premisa universalizante, del discurso del para – todos, en tanto queda excluida la diferencia.

Lacan, llama a la segregación, manía de la fraternidad, ubica el origen de la fraternidad en la segregación, que implica separar, dejar afuera, “la fraternidad se concibe sólo como fundamento del estar separados”[7].

La segregación en algún punto se vincula con el racismo, en tanto el odio racial se dirige al ser del Otro, no es simbólico, sino que extrae un rasgo, un pedazo de su cuerpo que es el señalado como a partir del cual se instaura la segregación. Este corte que en el caso de la conquista y colonización de América se hacía sobre lo real, el despedazamiento del cuerpo del otro, como de Narváez y sus tropas, en la matanza de Caonao – Cuba, o como en el caso de Colón, ponerlos en serie con la naturaleza al trasladar a los pobladores originarios a la Corte de España para mostrar los “tesoros” prometedores de estas tierras y así justificar la obtención de mayor financiamiento.

La barbarie humana anunciando los tiempos modernos (Todorov), se anuda a la presencia del goce oscuro (Lacan), como eso que irrumpe y que se presentifica cada vez en el tratamiento del resto que cada civilización se da en el lugar que otorga a lo diferente. El todo es posible, lo ilimitado en el horizonte promete lo peor.

El único deber del ser humano es soportar la vida. No existe algo así como erradicar el mal”[8], decía el viejo Freud, ya viejo y enfermo. Soportar la vida, en su diversidad, en el mar de fueguitos del sabio Galeano que nos dejó las venas abiertas para no olvidar, para sabernos escritos por esa historia, cuyos nombres se han borrado, no así su sangre que continúa ardiendo en nuestro propio cuerpo.

A la memoria de Natalia, mi bisabuela ranquel y en ella a quienes nos nacieron.

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[1]La conquista de América. El problema del otro. Tzvetan Todorov, Siglo XXI Editores, 2009. p. 178.

[2] Ibid.

[3] Ibíd., 19, pág. 175/76.

[4] Ibíd., pág. 176.

[5] Ibíd., pág. 178.

[6] “El hombre es el lobo del hombre”. Tomado de Plauto, Asinaria, II, iv, 88. Extraído de Sigmund Freud, El malestar en la cultura, pág. 108. Tomo XXI, Amorrortu Ediciones, Ed. Buenos Aires 1988.

[7] Lacan, J.. El Seminario – Libro 17, Ed. Paidós, BA. pág. 121.

[8] Freud, S., De guerra y muerte. Temas de actualidad (1915). Tomo XIV, Amorrortu Editores.

Griselda Enrico

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