TODAS ESTAMOS SOLAS

El mito de la rivalidad entre mujeres

Desde pequeñas nos inculcan la idea de la rivalidad entre las mujeres, es habitual escuchar expresiones como no hay peor enemiga para la mujer que otra mujer o las mujeres juntas, ni difuntas, mensajes que nos impone no poder confiar en nosotras. ¿Se puede propiciar la alianza, el respeto y el reconocimiento entre las mujeres desde la sororidad?

No importa lo que te digan, las mujeres, todas, estamos solas, le dice Sofía, la señora de la casa, a Cleo, su empleada doméstica en la multipremiada película Roma.

¿Por qué asumir que las mujeres no pueden estar juntas? ¿Por qué muchas mujeres hacen zancadillas a otras mujeres? Algunas veces se generan conflictos y enojos entre mujeres que trabajan juntas ¿Cuáles son las razones?

A lo largo de décadas, las mujeres han sido educadas por medio del discurso normativo, dirigido a defender una cultura centrada en el hombre, siendo un procedimiento de control bastante eficaz, sin embargo, que no las representa.

Las mujeres han asimilado desde la infancia que es natural oponerse a otras mujeres, y esto no es natural, es un constructo social.  Van incorporando que existe una «otra», que es lo inverso de quienes son. Crecen con cuentos de Hadas, como Blancanieves, en el que su madrastra, para convertirse en la más bella, es capaz de matar a otra mujer por celos. Si lo vemos así, no sorprende que la heroína deba irse de su casa, mudarse al bosque con siete desconocidos (hombres), para no vivir con la mujer en la que no podía confiar; Eva y su manzana, Cenicienta, Pandora y su caja, Helena de Troya y su belleza; transmiten mensajes sexistas y que las mujeres poderosas son peligrosas. ¿Cuáles son las secuelas de que estas ideas se arraiguen en las mujeres? Esta hipotética competencia femenina provoca que las mujeres vivan la desigualdad en silencio, y el problema no se expone. Fortalece la sociedad patriarcal, en todos los ámbitos, públicos y privados, y, por consiguiente, a nivel emocional.

Durante su vida se imponen a la mujer tres roles esenciales a cumplir: maternidad, victimización y sexualidad, y se edifican dicotomías, según se acepten o no: Las chicas buenas y las malas, las novias para entretenerse y las novias para casarse, las jefas que son peores que un jefe, las mujeres que cuando quieren son más malas que los hombres, “la otra” que busca la destrucción de hombres y matrimonios, la bruja, la puta, las que no son ellas, las otras.

La competencia y la rivalidad entre hombres es otra, las cuestiones personales y sentimentales entre ellos ocupan un lugar secundario y priorizan la alianza y la unificación o la guerra y la descalificación protegida. Esto es lo que los lleva a retener el poder, el control y la manipulación y les da una ventaja. Entre ellos no hay confesiones, hay horizontes o metas a donde llegar.

El lenguaje ha invisibilizado la hermandad entre mujeres. La fraternidad, con su lugar en la lengua desde siempre, corresponde a la hermandad entre hombres, mientras que la palabra sororidad (incorporada a la RAE recién en 2018) significa hermandad, precisamente, entre mujeres. El termino sororidad procede del vocablo inglés “sisterhood”, usada en los años 70 por Kate Millet, referente del feminismo de la segunda ola. Años después, la antropóloga mexicana, Marcela Lagarde[i], usó la versión en español, sororidad, a partir de una perspectiva feminista. La define como “una forma cómplice de actuar entre mujeres” y plantea que es “una iniciativa política”. Es entonces la estrategia afectiva y política que ha permitido que mujeres diversas, y en clara contradicción con el discurso patriarcal que las convierte en enemigas entre sí, se apoyen mutuamente y sobrevivan en condiciones adversas. Entre mujeres que al reconocerse en cada gesto sororo reparan y generan una autoestima identitaria colectiva. La sororidad las hace fuertes en la diferencia, con la posibilidad de debatir y afrontar sus propias opiniones.

El trato que reciben las mujeres varía según la edad, la clase social, la etnia y la ubicación geográfica: ser mujer pobre no es lo mismo que ser estudiante de una universidad privada, por ejemplo. En nuestro país, las brutales diferencias entre las mujeres se pueden ver a simple vista, y al equiparar salud, educación y esperanza de vida, es notable la marcada brecha entre las clases sociales. Es por eso que el objetivo del feminismo no es «amarse», sino reconocer que se necesitan unidas trabajando duro para avanzar en esta compleja transformación social que instaure una relación verdaderamente democrática para todxs. Y, por supuesto, se inicia en dejar de reproducir que las mujeres son débiles, dramáticas, histéricas, etc.

En la época presidencial de Obama las mujeres que aspiraban cargos en la oficina Oval en la Casa Blanca, para lograr ser escuchadas diseñaron una estrategia llamada amplificación (repetir las ideas de las otras varias veces y en varios escenarios, siempre nombrando la autora) para que sus ideas sean tenidas en cuenta, y que, además, se asegurarán de tener la autoría que les corresponde. Sucede las más de las veces que las ideas no son tomadas en cuenta hasta que las dice un hombre. Dentro y fuera del mundo político, la técnica de eco significa un camino viable para hacer escuchar la voz de las mujeres.

Hacer política feminista es más que hablar de igualdad en las listas electorales, medidas contra la violencia de género, leyes de aborto, discriminación salarial y otras leyes, es visibilizar y terminar con situaciones en las que diferentes mujeres no son entendidas por otras mujeres y cuestionadas por hombres, especialmente aquellas mujeres que deciden anteponer sus aspiraciones personales, laborales o políticas al mandato androcéntrico. Frente a este escenario se debería pensar que todas se benefician de la experiencia de una mujer, incluso si ni siquiera lo saben.

Porque de alguna manera da cuenta de que lo que le pasó a una les está pasando a todas y este sentimiento hizo que por primera vez algunas salieran a la calle con Ni Una Menos. Es también este sentimiento que junto las voces de mujeres a lo largo del mundo: yo también fui acosada, yo también fui violada, yo también fui golpeada. Visiblemente algo las convoca, tal vez es que ya están cansadas de que las maten por ser mujeres, las acosen en el transporte público y nadie haga nada o que alguien las arrastre del pelo por el piso, de que un jefe las toque mientras están trabajando y luego pida que se demuestren los hechos, y que después venga una siguiente persona a decir “de qué se quejan si esto pasa todo el tiempo”; además están cansadas de que las despidan porque están embarazadas o de que les pregunten en las entrevistas de trabajo si consideran tener hijos o casarse, o de estar en pleno 2021 y frecuentemente seguir siendo las únicas mujeres en las reuniones de trabajo y desde luego ganar aproximadamente 29 por ciento menos que los hombres, por igual tarea.

Se necesita tiempo y cuidado para construir relaciones de confianza y colaboración entre mujeres, especialmente con mujeres que son diferentes. Pero esforzarse por comprender las vivencias ajenas, con el apoyo desde el inicio de la vida y las iniciativas educativas y solidarias entre las mujeres, es el fin de la rivalidad para lograr entrelazar redes confianza.

Las mujeres Sororas tienen la tarea de crear un espacio de compromiso y de reconocer en la otra lo que fue cada una. Ellas sostienen que cada una tiene su tiempo y sus circunstancias y esto es importante para no forzar nada a nadie, porque el feminismo no es un dogma, no es una religión. Con la práctica de la hermandad se acompañan, cobijan, arropan, comprenden y escuchan, y desde allí expresan desigualdades y opresiones y las hacen visibles.

«Estamos solas», esta soledad, que presupone una falta de voz, en una cultura que se caracteriza por ciertos mandatos que la mayoría de las mujeres adoptan como estilos de relación y actitudes conductuales, es posible transformarla cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad, en mutuo apoyo con otras mujeres lograr la fuerza común de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.  En las manifestaciones, como la del 8M, uno de los mensajes más repetido es: la de al lado es compañera, no competencia.

La sororidad plantea que hay que aprender a crear un espacio de compromiso: no tratarnos entre nosotras como nos trata el patriarcado. Nos necesitamos todas porque estamos cambiando el mundo, la Historia.

[i] María Marcela Lagarde y de los Ríos (Ciudad de México, 1948) es una académica, antropóloga, investigadora y política investigadora, representante del feminismo latinoamericano. Es autora de numerosos artículos y libros sobre estudios de género, feminismo, desarrollo humano y democracia, poder y autonomía de las mujeres. Ha acuñado el término feminicidio para describir la situación en Ciudad Juárez, México y logró la creación de una Comisión Especial de Feminicidio en el Congreso para investigar el asesinato de mujeres en Ciudad Juárez. Dirigió la Investigación Diagnóstica sobre Violencia Feminicida en la República Mexicana, por la cual se descubrió que el feminicidio no es exclusivo de Ciudad Juárez. fue elegida diputada en el Congreso Federal mexicano entre 2003 y 2006-

El título de su tesis doctoral es Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas.

Mónica Filippini | Psicoanalista

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