FRAGMENTO DE INFANCIA

En lo abúlico de la cotidianidad invernal con días cortos y noches de insomnio, entre tazas de café negro sin azúcar, una torpeza propia de mi humanidad, se convirtió en una afrenta inesperada. Como al descuido se coló entre la hostilidad del flemático frío y la opacidad de lo que se evoca, un cajón abarrotado de olores, sabores, sonidos, lugares y superficies con alusión a mi desalineada infancia.

La fotografía, en la dialéctica de la semiología, es un signo de ausencia, un momento representado que no se vuelve a repetir. Y ahí estaba yo recogiendo la turbulencia de una caja que depositaba entre mis pies el destierro de la inocencia. Presumo que lo casual no existe y el debate que mantengo con la condición de lo que se evoca, me llevó a dejarme seducir por la autonomía de lo que alguna vez fui y aún sigue ahí. Tanto es así, que sonreí como si de Funes, el memorioso, se tratara. Comencé a recolectar cada instantánea desparramada, hasta llegar a ese pequeño cuadrado sepia con bordes blancos que me abofeteo la memoria poética, al decir de Kundera.

El ritual de los sábados con mi viejo, es ese fragmento de infancia recortado en la espesura del tiempo, impreso en papel fotográfico. Mis piernas aún colgaban del sillón más grande de la casa y yo miraba de reojo que el balanceo de mi inquieta humanidad, no derramara la taza de café con leche, que, por ese entonces, bebía azucarado. Mi padre ya acusaba a las nueve y media de la mañana: camisa, pañuelo de seda, pantalón planchado con raya y zapatos lustrados. Su perfume embriagaba toda la habitación mientras el espejo del living, con borlas de macramé, reflejaba su rostro blanco recién rasurado y sus ojos verdes, daban paso a la ceremonia.

La misma era Aristotélica, pues él era una estructura en sí mismo. En el momento que abría la tapa, un aroma a madera de sándalo inundaba el territorio. Entonces yo me convertía en Alice y él en el Sombrero Loco, pero sin conejos, ni Liebre de marzo, ni Gato, ni Rey y Reina de Corazones. Estábamos escasos del five o’clock tea, de las cartas de los soldados, de juego de croquet con un erizo pequeño o de una enorme oruga. Menos aún de serpientes malditas y hongos mágicos. Sólo nosotros tres: él, el combinado y yo en nuestro propio y maravilloso mundo de puertas adentro, con sonidos sabáticos.

En el sentido de las agujas del reloj, con la felpa aterciopelada y violeta del “borrador de discos” como yo lo había bautizado, sus delgadas manos acariciaban cada surco para que la aguja del brazo del Stereo Fidelity Philco no encontrara obstáculo alguno al reproducir el sonido. A su lado, una pila de cajas coleccionables con sello del Reader’s Digest esperaban ansiosos ser los elegidos. Era el momento de pegar el salto y sentir la tersura que dejaba cada envoltorio de papel de seda que incluía un disco y en un juego de selección aleatoria, yo obtenía el poderoso beneficio de elegir a quien se escuchaba. El azar y lo ecléctico del gusto musical paterno, me daban un abanico de posibilidades diversas: desde Glen Miller a los Clásicos del Swing, pasando por el bandoneón de Troilo a la voz del Varón del Tango, del folclore versado de Larralde y Las Memorias de una vieja canción de Ginamaría Hidalgo a las guitarras de Nelly Omar, para rematar en el Romance de la Muerte de Juan Lavalle de Sábato y Falú. Una vez que el sonido invadía el ambiente, la voz cascada y paternal coreaba los estribillos de memoria o tamborileaba sus dedos en un solfeo casi imperceptible.

Yo lo observaba de la misma forma que las personas de fe lo hacen con sus deidades, con la salvedad que él no era de yeso, ni había caminado sobre las aguas del mar de Galilea. Era humano simplemente humano, cabrón en sus momentos de endiablada sangre vasca, con un sentido de la estética pocas veces visto, cortés caballero sin capa ni caballo, empleado estatal, hijo menor, bebedor empedernido, gorila sin arrepentimiento, amante del mar, nadador y allá lejos, a la distancia: papá.

Cuando mis pies ya tocaban el piso de granito y el combinado se vendía bajo el slogan “quien apuesta al dólar pierde”, la ceremonia musical dejó de existir y con ella ese sitio y ese tiempo donde perderse en su mirada era la mejor de las aventuras.

Si de recapitular se trata, no tengo forma empírica de saber, desde cuando estoy enemistada con la hostilidad del invierno. Presumo que este entuerto que mantengo con lo injusto del mismo, tenga que ver con que toparse con un trozo de infancia se convierta en un aterido desgarro de la impiadosa memoria.

María Cobarrubia

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