RUBÉN GRAU

Fue Eliot quien escribió: Para nosotros, el intento. Entonces, el arte encierra pasión y deseo, angustia y certidumbre, duda y afán. Siempre tuve la certeza de que en cada obra de arte, si auténtica (en el sentido de que no necesita nada accesorio para ser), manifiesta un temblor subterráneo, perceptible para quienes están dispuestos a sentirlo. Todo esto que ahora les digo se me vino a la mente cuando asistí a la muestra de Rubén Grau en el Centro Cultural Borges hace poco. Yo hasta entonces no conocía al artista personalmente y, sin embargo, lo reconocí de inmediato –alto y de barba, de pie en el otro extremo de la sala–. Hago un breve inventario de los materiales del arte de Grau: libros rotos, caños de bronce, hilos de plata, plumas, alpaca, espejos, rollos de pianola mecánica, papeles de arroz, incienso, clavijas de guitarra, alfileres, gomas de borrar… Materiales diversos, muchos de ellos humildes de toda humildad, que el artista utiliza –y reutiliza- de manera tan sabia como encantadora (en el sentido de que hace muy viva o grata impresión en los sentidos de los otros). Hablé antes de libros rotos –asunto que produjo unos encontronazos, según me manifestó Grau, con quienes suponen que se trata de libros que el artista rompe para la ocasión, pero no, se trata de novelas ya rotas sobre la guerra, de los años 30 y 40, que Grau transforma, reconstruye, reconstruye–. Si para Grau –si mal no entendí su pensamiento al respecto: todo es espejo–, esos libros –en bella tipografía gótica– resultan espejo, reiteración, multiplicación de la violencia –ahora tan presente en el mundo, ama y señora del mundo–, la intervención los muta en otra cosa, en algo poético que conjura –o al menos intenta hacerlo–.

No resulta gratuita la noción de poesía en el arte de Grau, al contrario. Como todo artista auténtico, Grau elabora una poética sumamente compleja: partituras musicales donde los silencios tienen tanto valor como las palabras, vía cuyo desarrollo torna imposible la Razón y se dirige hacia la captación del Absoluto –cuya manifestación más notable, me parece, es Silencio: pentagrama hecho con cinco hilos y diez alfileres sobre un papel en blanco–. Grau dice bien, Poética del Silencio, recuerdo una frase de Lezama Lima: la poesía se vuelve sobre sí misma para oír su propio silencio. Soy poeta, me sirvo de las palabras pero, siempre lo pensé, el centro, lo esencial es incomunicable. Del fruto expresamos la cáscara y la pulpa, pero jamás el carozo. Hay algo que las palabras no alcanzan, que no puede ser nombrado. Se trata de lo que el propio Grau define como el núcleo incondicionado, prístino del Ser. Ante la imposibilidad de acceder a él para hallar la total revelación del Ser, el artista debe conformarse con la apariencia, lo superficial: reflejar sus estados. Más o menos como hablar de lo líquido, lo sólido y lo gaseoso pero jamás poder comprender el agua. En Grau los estados del Ser son sinónimos de sus moradas, las que, por un momento, de modo provisorio, el Ser ocupa en su viaje con proa al infinito. Antes hablé de materias humildes, las moradas en Grau están construidas con gomas de borrar, jabón, carbón y mica, plomo y trigo, cera y ramas. Si, como dicen algunos tratados, la Piedra Filosofal está hecha con lo que las sirvientas arrojan a la calle mientras hacen la limpieza –agua jabonosa, sucia–, cada casa del Ser en el arte de Grau está construida con lo que otros llaman consideran inútil, desechable.

Carlos Barbarito | 2006

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