VEINTIOCHO AMIGOS, VEINTIOCHO PREGUNTAS A CARLOS BARBARITO

Mónica Goldstein. Sergio Bonzón. Guillermo Pilía. Luciana Kato. Susana Szwarc. Cristina Santander. Hilda Paz. Daniel Roldán. Juan Luis Giménez. Juan Pablo Móbili. Reynaldo Jiménez. Irma Verolín. Aleisa Ribalta Guzmán. María Héguiz. Mirta Kupferminc. Daniel Ruiz Rubini. Miguel Ronsino. Daniel Wolkowicz. Carlos López. Liliana Golubinsky. Melanie Nicholson. Alfonso Peña. Luis Benítez. Luis Carlos Muñoz Sarmiento. Graciela Bello. Oscar Jairo González Hernández. Yorgos Kentrotis. Rubén Grau.

Mónica Goldstein

¿Por qué escribís?

Cocteau, en alguna entrevista, afirma que se siente habitado por una fuerza o un ser, al que no conoce. Y agrega que ese ser o fuerza es quien da las órdenes y él las cumple. Sin llegar a ese extremo, no es otra cosa que una fuerza lo que me sostuvo y sostiene ante la decepción, el fracaso, los males del cuerpo, las horas vacías, el desamor y los estrechos límites de mi mente. Tal vez escribo porque no sé hacer otra cosa. No sé dibujar, tocar un instrumento, cantar, bailar, cuando lo intenté fracasé y debí refugiarme en las letras, en la poesía porque me siento inhábil para relatar y en los textos sobre artes visuales sin dejar de sentirme un polizón, un bicho de otro pozo. Tal vez escribo para no enloquecer, para estar menos solo, para decir esto soy yo y este es mi cuerpo. Tal vez hace medio siglo que escribo el mismo poema que corrijo una y otra vez y cada versión de ese mismo poema otros, yo mismo, la tomamos como poemas diferentes.

Sergio Bonzón

Hay un Carlos Barbarito bibliotecario, un Carlos Barbarito padre y esposo, un Carlos Barbarito que pasea a su mascota, otro Carlos Barbarito caminante, otro Carlos Barbarito amigo de amigos y hasta uno con una breve experiencia docente.  ¿De qué manera confluyen todos esos Carlos Barbarito en el Carlos Barbarito poeta y cómo lo alimentan o se retroalimentan?

Y podríamos agregar un Carlos Barbarito futbolero, un Carlos Barbarito lector de textos esotéricos y científicos, un Carlos Barbarito al que le fascinan las obras de grandes pintores y también… las tarjetas postales, los cuadros baratos que cuelgan de las paredes de las casas vecina, un Carlos Barbarito melómano, un Carlos Barbarito cinéfilo. Todos esos que soy y tal vez otros que soy e ignoro, conviven en mí, a veces en armonía y otras veces no sin resquemores y contradicciones. Supuestamente es el Carlos Barbarito que escribe poemas está por sobre los otros. Tal vez no, sin los que soy, el Carlos Barbarito que escribe poemas no existiría.

Guillermo Pilía

¿Sobre qué tema, suceso o experiencia no has podido escribir y por qué?

Virginia Woolf dijo alguna vez que la única experiencia que nunca lograría describir sería la de la muerte. Pero sin irnos tan lejos, hay sucesos, experiencias, hechos de la vida que de los que, tal vez, jamás podremos transformar en un poema, un relato, una novela. Asuntos que por complejidad, hondura, intensidad superan nuestro entendimiento, nuestra capacidad, nuestras habilidades. Me vienen a la mente dos acontecimientos: uno, la mañana en que más allá de la bruma divisé desde un ferry el puerto de Rotterdam, mientras el viento amenazaba con arrastrarme por la cubierta; otro, una mujer parada en medio de una plaza en Pergamino, su vestido apenas movido por la brisa, el cabello muy largo, que, casi inmóvil, miraba hacia arriba.

Luciana Kato

¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?

¿El más antiguo? Qué pregunta difícil de responder. Tal vez una noche de tormenta y mi padre llevándome alzado por alguna calle de Pergamino. O una escena, en blanco y negro, de La violetera. O las visitas a casa de mis bisabuelos frente a las vías del Ferrocarril Belgrano y los linyeras subidos a los techos de los vagones. 

Susana Szwarc

¿Coincidís con esta frase de Roman Jacobson al proponer una definición sobre poesía? La poesía es la decepción de una espera, ahí donde espero una palabra me encuentro con otra. Recordé esto porque te iba a preguntar si te das cuenta cuándo se te está armando un poema, si fuera del papel o ya sobre la hoja (del cuaderno o de la computadora) y si te surge de la búsqueda de alguna palabra.

La mayoría de mis poemas los escribí de un tirón. A veces corrijo algo, alguna cosa; otras veces, lo dejo tal cual. Tal vez sea una manera de esquivar lo que afirma Jacobson, un temor a la decepción. Cuando publico no releo casi nunca mis poemas. Lo hice en contadas ocasiones y, siempre, invariablemente, el remordimiento, la decepción. Y, siempre, invariablemente, en alguna parte, la errata. En otra ocasión hablé de como surgen mis poemas, la mayoría de ellos. Una voz, interna o externa, lo que yo llamo mi duende, me dicta el primer verso, no importa donde yo esté o que esté haciendo. Claro, me deja con la abrumadora tarea de completar el poema. Y se va, riéndose.

Cristina Santander

¿Qué fue primero en tu creación?

Un largo proceso, profundo, inconsciente, que tuvo lugar en mí y del que recién fui consciente a mis veinte años cuando escribí mis primeros poemas. Regreso ahora a los años de mi infancia. Yo era un niño hipersensible, sucesos como una tormenta, un eclipse, una de las tantas inundaciones que sufrió Pergamino, me producían marcas profundas. Y ese sensibilidad extrema, aunque me encantaba jugar con los hijos de los vecinos, me traía soledad. Esa sensación de soledad, de desamparo, tal vez, fue la primera señal de que en mí se preparaba, no sin dolores, lo que mucho más tarde hizo eclosión.

Hilda Paz

Cuaderno, carpeta, hojas sueltas, manuscrito, tinta, lápiz computadora… ¿Que te seduce más a la hora de escribir?

Mis primeros poemas, en los setenta, fueron manuscritos. No conservo esos papeles. Más tarde, abandoné esa práctica y, salvo alguna que otra excepción, me serví de una máquina de escribir y, luego,  de una computadora.  La pantalla me permite ver desde el vamos la configuración de cada poema, los espacios en blanco. Que escriba a mano, con lapicera o lápiz, es tan infrecuente en mí que, al cabo de esos momentos excepcionales, me duelen la muñeca, la mano.

Daniel Roldán

¿A qué materia se puede acceder solamente con lenguaje poético?

Algunas veces pienso en una materia sutil, aérea, transparente. Otras veces, en una materia abigarrada, sólida, oscura. Lo que escribo no se dirige sólo a una sino a ambas: algunos poemas hacia una y otros hacia la otra. Y, en ocasiones, a las dos al mismo tiempo. Hacia lo que ingrávido, levita y hacia su opuesto, en una misma instancia.

Juan Luis Giménez

¿Cuáles son los libros qué más te marcaron?

El primer libro que tuve en mis manos, hablé de esto varias veces, fue un Antiguo testamento que había en casa. Otro, un viejo atlas con olor a humedad, gracias al cual hice mis primeros viajes a tierras exóticas. Cuando mis padres me asociaron a la Biblioteca del Club Comunicaciones, en Pergamino, Verne se convirtió en mi lectura habitual y, sobre todo, su Viaje al centro de la Tierra. En esa biblioteca encontré una colección de libros baratos de ciencia-ficción, uno de ellos escrito por un español que durante años supuse californiano, cuyo seudónimo era Clark Carrados, La puerta infinita. No me olvido de La inteligencia de las flores, de Maeterlinck. Ya en la adolescencia, César Vallejo, cuya poesía ejerció una duradera y profunda influencia en mis obras durante años. Más tarde, Eugenio Montale, T.S. Eliot, Dylan Thomas, Jorge Luis Borges, Wallace Stevens, Saint-John Perse, Pierre Jean Jouve, José Lezama Lima… Me alejo un poco de tu pregunta para citar aunque sea a vuelo de pájaro otras cosas que me marcaron, algunas de ellas que todavía hoy no alcanzo a medir en su total dimensión: las letras de tango en las partituras de mi padre, ciertas películas, las conversaciones de mi abuelo con sus amigos… No me olvido de un hecho fundamental en mi vida. Yo tendría siete u ocho años y una amiga de la familia me obsequió Alicia en el País de las Maravillas, de la colección Robin Hood. Ese mundo al revés, mentalmente patas arriba, jocoso y anárquico -como dice Luis Maristany- ejercieron desde ese día y hasta hoy una fascinación que no sólo perdura, se acrecienta.

Juan Pablo Móbili

¿Cuándo descubriste que eras poeta y cuáles son las preguntas más importantes que tus poemas continúan empecinadas en contestar?

Muchas veces me pregunté por qué escribí aquel poema, en años juveniles, que hablaba del mar y sus olas si hasta ese momento no había leído si no novelas y cuentos de ciencia ficción y textos sobre astronomía y astronáutica. Además, por ese entonces no conocía el mar. Ahora, ¿poeta? No me atrevo todavía a llamarme poeta. En todo caso, persona que escribe poemas. Acerca de la segunda parte de la pregunta creo que un amigo artista visual, Marcelo Bordese, lo dice por mí y mejor de lo que yo puedo responder: Celebro tu Poesía (a secas, porque todo adjetivo restaría). Durante mucho tiempo me pregunté qué me atraía de tu poesía. Las otras noches (qué extraño suena en plural) creí vislumbrarlo: tengo la sensación que nombrás el mundo como si no lo conocieras, cantás el mundo como si no lo entendieras del todo, o mejor aún, como si lo desconocieras. Las circunstancias, sus móviles, los secretos engranajes de la existencia (que los reduccionistas con envidiable tranquilidad llaman azar-destino) te resultan inextricables, y te mueven -por fortuna- a un perenne estupor. El universo es de naturaleza tantálica, lo sabés, tal vez por eso la poesía es un milagro aparentemente próximo pero siempre inasible, aunque en ocasiones alcanzable. Carlos Barbarito, tal vez el mundo haya sido hecho para no ser reconocido (Lc 8, 10), producto de una divinidad sabia o sádica; tal vez no toda ignorancia sea oscura; tal vez -y ya con resplandeciente resignación- sólo sea posible cantar la duda.

Reynaldo Jiménez

Se me ocurre algo que quizá a la postre (tal vez me equivoco) no te pregunten: me intriga tu trayectoria como crítico de artes plásticas o visuales, que conozco muy intermitentemente. Sin embargo, sé de varias ediciones preparadas por vos e intervenciones textuales en torno a pintores diversos. ¿Podrías compartir algo de esa trayectoria y cómo ha ido interactuando con tu creación poética?

Mi fascinación por la pintura, sobre todo por la pintura, viene desde muy temprano. Yo era un niño y cada vez que iba a la casa de mis abuelos, invariablemente, me deleitaba mirando un calendario que tenía reproducciones de obras de artistas argentinos. Ese calendario, que estaba colgado en una pared de la cocina, permaneció mucho más tiempo que el destinado a su uso. En las tardes de lluvia, en esa misma cocina, me entretenía copiando los dibujos de la baraja española. Pero hubo un momento decisivo en mi vida, fue cuando mi madre le preguntó a la dueña del quiosco vecino si podía yo ir a leer las revistas que llegaban. Así, entre otros descubrimientos, los Humeantes de Roberto Aizenberg. Lejos estaba yo de soñar que una mañana de 1989 conocería en persona a Bobby y más lejos todavía que conversaría con él durante todo un año para un libro que se editaría siete años después de su muerte. Ahora, esas conversaciones y ese libro se deben a un premio, el Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber, que obtuve (para mi sorpresa) y que me permitió llegar a casa de Aizenberg, en la calle Brasil. 1989: en mi casa por ese entonces, en Muñíz, no había teléfono. Los organizadores enviaron a alguien a darme aviso de que mi texto había sido premiado, un texto dedicado a Aizenberg y Paternosto que escribí a máquina en un solo día, sin dormir y casi sin comer y que entregué a pocas horas del cierre. Recuerdo con emoción la entrega de premios, cuando el Museo de Arte Moderno estaba en el San Martín. Allí conocí a Laura Feinsilber, César Paternosto, Cecilia Vicuña y Héctor Ranea, con quien mantuve una amistad durante años, hasta su fallecimiento. A Laura Feinsilber le debo la publicación del libro, ya que fue ella la que organizó la reunión en la Fundación Klemm, con Federico Klemm y Carlos Espartaco. A partir de entonces escribí para catálogos de amigos artistas. Y juré –ante el extenuante trabajo que fue armar y publicar el libro con conversaciones con Aizenberg- no repetir la experiencia. Además, querido Reynaldo, hasta hoy cuando me llaman crítico me siento un tanto descolocado, incluso avergonzado: me reconozco como alguien que escribe poemas, sólo eso. Sin embargo, ante un llamado de Laura Feinsilber, otra vez ella, acepté integrar el equipo de trabajo para un libro, ya publicado, sobre vida y obra de Norma Bessouet. Por supuesto, desde siempre, pintura y poesía, en mi caso, celebran bodas frecuentes. Por último, me viene a la memoria un diccionario enciclopédico que me regaló mi padre. A color, pinturas famosas y de esas pinturas dos que me atraían por sobre el resto: El rapto de las hijas de Leucipo de Rubens y Pescando en Antibes de Pablo Picasso.

Irma Verolín

¿Alguna vez te preguntaste como sería tu vida si no escribieras, si la literatura, más precisamente la poesía, no se hubiera encontrado con vos?

Sí, me lo pregunté varias veces. Tal vez sería yo apenas una sombra, un ser desvalido, apenas el eco de una música sin espíritu, monocorde.

Aleisa Ribalta Guzmán

¿Cuándo descubriste a Lezama Lima y qué se te metió dentro en la poética después de esa lectura?

Estimo que descubrí a Lezama a mis veinte años. Y de inmediato comencé a buscar sus libros en librerías y bibliotecas. Alguna vez escribí un texto que, me parece, le agradece y lo homenajea. Conste que jamás fumé un cigarrillo en toda mi vida. Trascribo:

Me gusta fumar tabacos. Fumo tabacos desde que tengo 19 años. Y una de las cosas que más me ha acompañado es esa preferencia. Recuerdo, en una ocasión, haber visto una fotografía en que Paul Valéry (un gran fumador de pitillos, igual que su maestro Stephan Mallarmé) jugaba con el humo entre los dedos, como si el humo articulase un lenguaje secreto y llegase a animarle y ofrecerle una conversación. Lenguaje del humo: en columna, símbolo del camino de la hoguera hacia su sublimación; alma separada del cuerpo; relación entre la tierra y el cielo. A tiro de piedra del Paseo del Prado, fuma y escribe: El humo que se destrozó en el crepúsculo / al apuntalar los tejados escalonados, / cómo reaparecerá. Si todo es fugaz, fugitivo, ¿qué decir del humo? Más inseguro que el barro, su antítesis, participa por un instante de la respiración y, finalmente, casi enseguida, se pierde. Mientras dura, mezclado con el aire quieto de la habitación, surge la imagen de una casa, de otra casa, acaso más verdadera, a cuyo frente no puede aparecer el gamo que apuntalaba el cielo, pero sí, dentro de ella, como vistos a través de cristal esmerilado, el cuerpo ceñido por un hilo, un hilo, una cuerda donde el hombre salta. El hilo, otro modo de ser del humo, conexión pasajera entre la noche y sus fragmentos, la sal y el fuego, el lodo y la cal, el cuarzo y la sandalia, el unicornio y la mariposa, en fin, entre la carne y la luz que lo aligera. Ahora busca un espejo. Cada espejo es remolino y refleja siempre una mano que se hunde en el agua. Pero, además, está el fulgor. Lo que lleva, de pronto, a subrayar en un pasaje cien veces visto y en la vez cien recién descubierto, una frase: Sucede, quieras o no quieras. Suceden la evaporación, las burbujas, el golpe del martillo, el ornamento, la lengua del ofidio, el azar y la caída, el clavo del que cuelga el sombrero, el coral, el vino de las cavernas – que sólo bebió Rimbaud, el tedio, el bosque, Klimt, la exhalación, la quimera, el dialecto. Y todo, cada cosa, humo nacido en el estío, y que acabará en el invierno, como odios que se diluyen como por debajo del mar.

María Héguiz

¿Qué es Pergamino en tu memoria? ¿Qué es la Biblioteca Menéndez en tu historia?

Pergamino es el lugar donde nací y viví treinta años. Es el ámbito de mi niñez, adolescencia y parte de mi adultez. Allí mis primeros sueños, mis primeras pesadillas. Y eclipses solares y lunares, lecturas, breves aventuras en la estación de trenes, las tardes en los cines, la biblioteca del Club Comunicaciones, el olor de los libros… Aquellas lluvias, los relámpagos y truenos, los desbordes del arroyo, mi padre ensayando con su bandoneón, mi madre contándome historias salidas de su fértil imaginación… Mis anginas, el fútbol, los encuentros con los amigos para escuchar música, los viajes a Buenos Aires para asistir a recitales, el quiosco de revistas donde descubrí a Roberto Aizenberg… De la Biblioteca Menéndez diré simplemente que junto con el cine son los lugares donde pasé una buena parte de mi vida.

Mirta Kupferminc

¿Alguna situación en que te viste obligado a decir no?

A la tentación de tomar la ruta más transitada, no. Una y otra vez, cada vez que debo optar elijo el camino al que pocos deciden recorrer.

Daniel Ruiz Rubini

¿Qué cosas no te perdonás como escritor y como persona?

Tal vez porque vengo de tiempos en los que nos fotografiábamos menos, casi nunca, no tengo fotografías con queridos amigos que ya no están: Roberto Aizenberg, Raúl Gustavo Aguirre, Alberto Luis Ponzo, Amelia Biagioni… A veces pienso en eso y me gana la pena. Pero más pena me da cuando tomo conciencia de lo que quedó pendiente, desde conversaciones hasta proyectos en común. No me perdono el tiempo perdido, malgastado, sobre todo en mi adolescencia, en tardes tediosas, en estudios que me eran ajenos, en inútiles rencores.

Miguel Ronsino

¿Hay secretos que pueden dejar de serlo, operando con fuerza y, casi obsesivamente, en tu tarea creadora; te desprenderías de semejante cuestión con facilidad?

Alguna vez, en respuesta a la pregunta cuál es el secreto de su arte, Picasso respondió algo así como usted cree que si lo tuviese se lo diría. Supongo que todo artista o escritor tiene su secreto, bien guardado, bien adentro, que por lo general revela pero a cuentagotas, en el mejor los casos.  Porque de revelarlo por entero se quedaría sin basamento, cimiento y ya no habría mi poema, ni cuadro, ni nada. Es ese secreto lo que sostiene al creador. Creo que Montale lo dice mejor que yo: … y me iré callado / entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto. No, jamás me desprendería de mi secreto. 

Daniel Wolkowicz

¿Cuál considerás tu mejor libro?

De mis libros rescato algún verso, algún hallazgo, poco más. En ellos, una sola errata y para mí es el infierno. Me digo y le digo a los amigos: el próximo. Me digo y les digo: un libro luminoso, potente, pleno. Me ilusiono, como cuando era joven. Sé que acecharán, como siempre, el desacierto, la errata. Y habrá, como siempre, una chispa en la oscuridad que, otra vez, no me traerá consuelo. Entonces, ¿por qué la insistencia, la perseverancia?

Carlos López

¿Se puede hablar ya de una creación, del mundo de Carlos Barbarito?

No me atrevo a llamar mundo a lo que, en mí, es un tono, un modo de decir, de disponer el poema. Al cabo de tantos años y luego de pruebas y errores, aciertos y equivocaciones, hallé una forma personal, intransferible. El reto es no caer en la repetición, en la monotonía.

Liliana Golubinsky

Están los que pintan con los colores, ¿vos pintás con las palabras?

Desde mis primeros poemas siento que en ellos predominan el blanco y el negro. De vez en cuando, aislados, los rojos, verdes, azules y amarillos. Si hay paisaje, niebla. También bruma. Calles de ripio al que levanta y arrastra el viento. Pero hay más interiores que exteriores. A través de una ventana, árboles inclinados y desnudos, una tormenta, algunas figuras humanas que andan con dificultad, pugnan por llegar a sus casas.

Melanie Nicholson

¿Qué le dirías a un, a una joven, que se considera poeta, que quiere vivir la vida poética, pero que sabe que tiene que ganarse la vida de otro modo?

Sí, no es posible vivir de la poesía pero es imposible vivir sin la poesía.

Alfonso Peña

La publicación de libros de poesía, se me asemeja a un collage… En tu caso cada libro es como un papelito rasgado, engomado, y colocado con sutileza uno contiguo de otro… En ese collage del que te hablo, (y vas por una veintena de libros) ¿Cuál es el resultado ético y estético de tu trabajo?… ¿Estás satisfecho con lo que has logrado?

¿Satisfecho? A veces sí. A veces, las más, no. Me agrada tu imagen del collage. Otra imagen, tal vez: el mosaico. Cada pieza encajando con cada pieza hasta configurar un dibujo, una forma. Es verdad. Yo siempre digo que estoy escribiendo el mismo e interminable Poema. Cada poema, otra vez, como pieza de un mosaico que algún día estará concluido. No. Cocteau habla, en alguna de sus páginas, del fracaso como la única estética posible. El mosaico no estará nunca concluido, en el sentido de traerme satisfacción. Sí, claro, cuando me muera. Entonces, el mosaico quedará abandonado, la única conclusión posible. Me agradó eso de juntar ética y estética. Creo, con Wittgenstein, que son una misma cosa. Fue Raúl Gustavo Aguirre quien dijo que el poeta debe ser digno de lo que escribe y lo que escribe ser digno del poeta. Mi lucha, una de mis luchas, es contra la vanidad. No contra el orgullo, porque es el orgullo lo que me sostiene en esta tarea que, hablando bíblicamente, consiste en dar coces contra el aguijón.

Luis Benítez

Sos uno de los poetas de los 80 con obra más rica y también más difundida en el exterior. ¿Cómo te trató / te trata el canon local?

El único canon que conozco es la marca de la cámara fotográfica. Lo sabés tanto o más que yo: soy un solitario –como la mayor parte de nuestra generación-. Hay quienes gustan de mis poemas y hay quienes los detestan. Ahora, lo verdaderamente importante es que la poesía –y mis textos sobre artes visuales, algo más tardíos- me permitieron conocer y tratar a muchas personas, amistades que duran hasta hoy. En estos días de pandemia extraño los encuentros en algún café para conversar sobre esto y aquello, las visitas a los talleres de amigos artistas. Nos hemos resignado a la virtualidad que es muy útil pero no reemplaza a la charla en persona. Ahora, no sé si rica mi obra pero sí constante desde los mediados de los setenta hasta que encontré un modo de decir propio, una tono personal, luego de al menos dos décadas de buscar y buscar. La última palabra, siempre, la tiene el lector.

Luis Carlos Muñoz Sarmiento

¿Cuál es para ti, la función de la poesía y, en general, el acto de escribir qué tipo de función cumple?

Escribir es, o sería, comunicar algo, otra manera de conversar, de dialogar con otro, en este caso, el lector. Siempre a la espera de una devolución, que a veces no tiene lugar y, otras veces, trae por parte de quien lee una carga de emoción. Con cierta frecuencia recibo mensajes de lectores, entre ellos de mis primeros poemas, en mis días de juventud. Mis poemas, dicen, los acompañaron y los siguen acompañando. Poemas que olvidé, o casi y que sin embargo continúan dialogando con ellos. Estas cosas me salvan cuando me pregunto para qué y me hundo en la desesperanza. Lo admito, soy un escéptico, no un pesimista. Mis poemas contienen una carga de escepticismo, una desnudez, una sensación de soledad que son la eterna compañía desde siempre. Un viaje tanto externo como interno en busca no de la piedra filosofal, cosa que estimo imposible, sino de un lugar fresco en la almohada–no recuerdo quien usó esa figura-. Soy –lo siento así- un solitario que le teme la soledad. En tal paradoja acontece mi vida, tiene su génesis mi poesía.

Oscar Jairo González Hernández

De lo inconsciente: ¿Tensiona su tarea más hacia una inclinación por una estética como vaciamiento del yo o no, o hace crítica o no desde él, de la realidad?

Me inclino por lo segundo. Dentro de mis limitaciones, mis carencias, mis contradicciones mi intención es -como afirma Kierkegaard- juzgar al mundo, medir las cosas. Ahora, en ese afán de enjuiciar se da, al mismo tiempo, una sensación de extrañeza, como si yo no pudiese comprender del todo al mundo. Un juez, entonces, cuyos expedientes padecen de borraduras, párrafos incompletos, anotaciones a pie de página que faltan.

Graciela Bello

¿Si estuvieras frente al «genio de la lámpara» y pudieras pedirle tres deseos, cuáles serían tus tres deseos en relación a tu tarea profesional para los próximos veinte años?

Le pediría sólo uno: vivir otros veinte años. Del resto me ocupo yo.

Yorgos Kentrotis

¿Representan la traducción y la poesía traducida alguna parte vital en tu trabajo?

¡Qué asunto el de la traducción y, en mi experiencia personal, la traducción de poesía! Parte de mi labor poética fue traducida a varios idiomas. En el caso del francés, del inglés, del italiano y del portugués, con alguna certeza puedo verificar que la traducción es fiel a mi modo de decir, lo respeta. Nada puedo saber si la traducción es al griego –en tu caso-, y sólo puedo confirmar en la ciencia y la conciencia del traductor. Aunque, debo confesarlo, la lengua con que escribo, el español y dentro de esa lengua, el argentino, en la traducción pierde su esencia, se convierte en mera aproximación. Ahora, ¿qué remedio le queda para el que, interesado en la poesía, desconoce la lengua en que el poema fue escrito? Sobre mi escritorio, una antología de Eugenio Montale, traducida al español. Leo “La casa de los aduaneros”, uno de mis poemas favoritos. Busco en Internet, en otra antología, en la traducción que hizo algún amigo, todas diferentes, incluso muy diferentes entre sí. Me pregunto, Yorgos, cuál es la correcta, la que respeta la intención del poeta, se acerca a la atmósfera, el tono, la respiración del creador. La pregunta queda sin respuesta.

Rubén Grau

¿Tus poemas surgen siempre del mismo procedimiento de escritura o reconocés diversas fuentes interiores?

Ambas cosas –creo. Intentando no caer en la monotonía que trae el aburrimiento, alcancé a lo largo de los años –que son muchos- a desarrollar un procedimiento que considero personal, propio. No se trata de algo mecánico –o al menos eso me parece-, sino de una técnica que me permite expresar, decir, comunicar, siempre con la convicción del poema como un organismo vivo, escenario de una drama, una pasión. Ahora, mis fuentes interiores, los materiales que componen el poema, son muchas, variadas. Algunas son inmediatamente reconocibles: mis influencias literarias, por ejemplo. Otras son las letras de canciones que escuché a lo largo de mi vida, sobre todo los tangos que, en discos de pasta, se escuchaban en casa de mis bisabuelos y abuelos –parte de mi familia estuvo vinculada al tango; mi padre era bandoneonista en una orquesta en Pergamino-. Ni hablar de las muchísimas películas que vi, sobre todo cuanto era un niño; las obras de arte que contemplé en museos, galerías y en reproducciones. Debe haber otras influencias, que no logro reconocer todavía. Algunas que, envueltas en misterio, se cocinan a fuego lento en lo más profundo de mí.

Carlos Barbarito

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