ANDAR

Afuera, en estos momentos, mientras escribo hay sol. Es un lindo día, parece. Yo estoy solo en el departamento en el que vivo; llevo un tiempo así; mi hijo se fue de viaje con su mamá y amén de algunos ensayos y reuniones virtuales prácticamente no he establecido contacto con nadie. No me jode. Escribo desde la soledad de mi cuarto, sobre el somier. Probablemente, esta imagen mía mientras la vierto en estas palabras tenga que ver solo con un momento de impasse. O salir a andar, a ponerme en movimiento con el solo hecho de escribir esta misma columna. No lo sé. O ambas cosas a la vez. Todo tiene que ver con todo. Es así.

Me gusta andar. Salir a caminar por ahí, y que me lleven mis pasos, la bici, o el medio de transporte en el que esté, a donde fuere. Me gusta la sensación de movimiento, de recorrer. ¿Probablemente, como un punto de fuga?, pienso. No lo sé. Pero sí que me lleve mi misma acción, mis pasos y perderme en esos senderos que ando. Caminar, andar, para perderse; quizás es la mejor forma para luego poder encontrarse, ¿no? ¿Cómo dar con uno, de verdad; sinceramente, si no sabemos adónde estamos, con quien, haciendo qué? Es imposible creo. Por eso, aunque no sea grato, celebremos la pérdida. Hay que perderse, perderse a uno mismo, bajo la forma más afín, al que fuere, es el único modo para después poder escucharnos, ver qué nos pasa; sentarnos a tomar un mate con nosotros mismos, en ese silencio, en esa quietud y saber que allí estamos. Perdernos para encontrarnos.

Quizás, sea la única manera.

Debo de reconocer que estos días, lejos de compañía cercana alguna, me han ayudado en mi quietud física. Pero es sólo eso, física. Porque por dentro sigo andando… no paro. La quietud a veces, al menos, en mi caso, como una forma de andar también. Cuando uno sabe, lo siente, que todo lo conocido, o gran parte de ello ha mutado. Y está bien. Porque la vida es movimiento. Permanente. Aún en la quietud. Todo siempre, de una forma u otra, no deja de latir, y de cambiar. Y allá vamos; nos acomodamos, o no…. Nos perdemos. Salimos a buscarnos –algunos– para ver si podemos encontramos… Parte del viaje. De estar acá, presente.

Por eso, salgamos y rodemos por las calles, por los bares, escenarios… Casi toda mi vida lo he hecho. Y seguramente no cambie. ¿Por qué debería? Pero también a veces es imprescindible, incluso, cambiar de rutas, salir a otros lados, meterse en lugares desconocidos, hablar otras lenguas, jugar en otros territorios. Para encontrarnos, o terminarnos de perder… Y seguramente allí, sí, poder hallarnos.

Soy un hombre de andar. Siempre. No me gusta que me detengan. A no ser que lo decida yo. Y esta vez me lo vienen marcando los años, los míos propios, el mundo actual colabora, además, por supuesto… Todo ha cambiado tanto, para todxs. Arrojemos la brújula, entonces, porque los mapas de antes, ya no nos sirven de nada. No siempre sale el sol del mismo lado. Por eso el camino es fundamental, gastar la suela de los calzados, toparse con mundos nuevos… Tiene que ver con la vida, con el hecho de estar vivo así de fácil, de simple es. Todo lo que tiene vida se mueve, siempre. Y eso es maravilloso. Todo es así. Un eterno vaivén. No temerle a los cambios. A mucha gente le pasa eso, tienen miedo –y en algún punto es lógico– y se quedan aferrados a distintas cosas, con pretextos varios… Cada cual hace lo que puede, me incluyo, claro.

Yo decido patear las puertas, si es necesario; tirarme del acantilado. A ese nivel nunca temí. Tengo mis heridas, por supuesto, cicatrices varias… Nadie sale ileso. Bien lo sabemos, las cosas casi nunca son como lo esperado. La gente tiene su mundo, sus mambos y, muy probablemente, salgas decepcionado con más de unx. En algún punto, es el costo ¿Y? ¿Pero cuál es el problema?, me pregunto. Estas cosas uno comienza a asimilarlas mejor con el paso de los años. Espero poder transmitírselo a mi hijo a esto, pero para que no se aferre a nada. Porque por más de una cosa, experiencia, persona, vínculo a uno lo dejé medio garpando… Decepcionado, vale la pena igual. Allí está el baile de la vida. Por eso, mejor no esperar nada a cambio. No hacerse ilusiones. Saber que lo único central es el andar de uno consigo mismo.  

Pese a todo, vale la pena, todo. Hay que dar y entregarse, no importan los costos. Sino uno se pierde la mejor parte, que es precisamente esa: la de la entrega; el darse. Lo demás será salir a caminar, gastarse las suelas de los propios zapatos. Siempre sale el sol, o la luna. Y uno allí, en algún momento, puede dar con uno, en ese mismo andar… Estoy seguro. Es así, más tarde o más temprano.

Como escribir un poema, la vida –hagamos eso–, el silencio de la madeja adónde van a parar las cosas, uno mismo, con el paso de los años… Y hacer belleza desde allí. Siempre se puede. O, al menos, intentarlo.

Marcelo Saltal

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