PALABRAS, PALABRAS… | LADIES Y LORES

México es un grandioso país que comparte con nosotros similitudes, desproporciones y asimetrías; a la vez que -como en el resto de Latinoamérica- se aprecian, acentuadas, las diferencias de clases.

Veremos en este punto que tilingos hay en todas partes.

Posiblemente el fenómeno haya comenzado a manifestarse de manera tibia, incipiente, en redes sociales, también llamadas con acierto “redes cloacales”, (y abunda argumentación al respecto) para luego materializarse en hechos que superaron a las amenazas. Hombres y mujeres blancos -aunque no siempre-, jóvenes o de mediana edad, buscan y logran fama tras protagonizar módicos escándalos públicos, pretendidamente jocosos: son llamados -entre ellos mismos- «lords» y «ladies». Se filman exultantes en pequeñas tropelías cotidianas para luego compartir las imágenes en redes, ostentando su poder socioeconómico, y esencialmente el desprecio de valores que se ubican muy por encima de los bienes contantes y sonantes.

Tan revulsivos individuos se procuraron virales a través de videos que cuentan con la resignada participación de personas acostumbradas desde siempre a las lacerantes humillaciones de la desigualdad.

La etiqueta de «lords» y «ladies» les aplica a personas que actúan de manera abusiva, se saltan las normas, agreden a otros o exigen que se les atienda antes que al resto, porque para algo tienen dinero. Los imbéciles portadores del mote lo exhiben orgullosos, aunque gran parte de la población lo repite en términos sarcásticos para evidenciar su mal comportamiento.

Para algunos, se trata de personajes menores que no conforman más que un fenómeno algo divertido. Pero que los «lords» y «ladies» se mantengan durante tanto tiempo no hace más que reflejar la gran desigualdad y el clasismo que persiste en la sociedad mexicana.

El primer caso conocido masivamente ocurrió en 2011, cuando saltaron a la fama unas mujeres que fueron apodadas como «Ladies de Polanco» (el barrio más acomodado de la capital mexicana). Era un video en el que distinguidas damas aparecían insultando y golpeando a un policía que las detuvo por un incidente vial.

Algunos meses después, la hija del director de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), mandó a cerrar un restorán en el que no consiguió mesa. Su padre y otros funcionarios del organismo fueron despedidos, mientras que a la joven se la bautizó como «Lady Profeco».

Desde entonces se han multiplicado los episodios que inevitablemente quedan registrados en imágenes; a veces por los propios interesados en compartir sus hazañas, o por el celular atento de algún testigo presencial que luego lleva su indignación a las redes. Allí, los comentarios y repercusiones suelen resultar variados, con opiniones tanto a favor como en contra de humillados y humilladores. También preocupante.

En ocasiones, como sucedió con “lady Profeco”, devinieron sanciones, pero las más de las veces, no se consigue superar cierto nivel de escarnio popular y con ello no solo que se naturaliza la prepotencia de algunos sino que se estimula a otros a protagonizar su propia deleznable escena de transitorio poderío, en la pretensión vana de compensar hacia el afuera serias carencias internas.

Rody Piraccini

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