EL ATISBO DE EVOCAR

Las margaritas de tu vestido denotan un marchitarse a destiempo y ni el celeste de tus ojos te pudo salvar de la tentación. Arrojada al inevitable apocalipsis de las dudas, con tus propios demonios a cuestas, ataviada con un camisón que olía a morfina, tuviste la osadía de irte sin avisar.

La gota de agua al caer, horada la piedra. Del mismo modo que los recuerdos a la memoria y así uno anda de agujero en agujero, intentando entender de que tratan los vacíos. Artilugios todos de la selección casi darwiniana que solemos hacer para no volver a esos lugares que se tornan adversos a un tiempo de conjugación presente. Cuando el tiempo de lo que aconteció, tozudamente se esconde detrás de la puerta, se merece ser bienvenido. Se me ocurre que no para llorar por los rincones por aquello que pudo ser y no fue, sino para desmitificar del manto que lo idealizó. En ese embate memorioso me encontraba cuando vi en una caja musical, el trozo del proyectil, que inerte e inmutable se hallaba como testigo silencioso de tu impulsiva decisión.

Su recorrido nunca se sabrá, es parte de esos misterios que van a quedar sin decodificar y que dan por tierra la premisa forense que el cuerpo muerto habla. Un mero pedazo de plomo, en un rincón de felpa roja, musicalizado por el engranaje de una pieza que, a cuerda manual, repite una y mil veces un vals vienes. La álgida crónica solo describe un objeto inanimado que tiene música. Mi evocación juega deliberadamente y entonces aparece el sugestivo deseo de embellecer la tragedia, quizás con la idea de guarecer la melancolía.

En un repaso deliberado, con olor a infancia, te veo leyendo los poemas de Alfonsina y el Romance Sonámbulo de tu querido Federico. Lejos estabas por ese entonces de las voces que más tarde desafiarían a las tantas mujeres que te anidaron de manera intempestiva, tratando en vano de exorcizar a la mismísima Señora Dalloway.  Observo la bala y miro la ausencia, significante de un cierre de obra y no de una puesta en escena.

Me niego a reducirte a ese objeto amorfo, frío, con aroma rancio. Elijo poetizar la evocación y desarraigo del exilio, la percepción de orfandad que suele atraparme por asalto. Entonces, casi como en un realismo mágico, cierro la caja que alberga tamaña osadía del recuerdo y solo huelo a jazmines. Mientras tu figura danza evocando aquellos instantes a destiempo, con olor a mar, acunadas por el sol del mediodía, desprotegidas de toda pesadumbre, ataviadas con la simple condición del abrazo materno.

Recojo la eternidad que hace a nuestra historia, con la versatilidad de la vivencia. Mientras los tiempos de la respiración descansan supinos sobre la arena, entre la piel y tu olor. Decido liberarte, apiadarme de mi mirada que tanto te exigió y acudo a tu franca sonrisa para desandar el laberinto de la infancia. Y entonces, en un arriesgado compás a destiempo, me escucho preguntarte: ¿En qué lejano rincón has decidido jugar a la rayuela? ¿Qué misericordioso Dios adivinó tu intención? Y solo la resonancia de la oquedad obtengo como sentencia.

El agua salada nos humedece los pies y la eterna caracola parece que supiera las respuestas que nunca tendré la chance de escuchar. Quedará todo a la deriva de un tiempo sin resolver. Me impulso desde mis pies, con una ferocidad desconocida y arrojo a la infinidad oceánica el pesado cansancio del desasosiego junto a la carga de la duda. Quizás, sea este un intento capaz de alivianar el destierro. O la estéril demanda de sentir lo intangible, sabiendo como sentencia el Manifiesto que todo lo sólido se desvanece en el aire.

Recolecto como al descuido con el arrojo de los insolentes: tu sombra, la bruma marina, mi sueño, la clemencia, el eco de las voces, el trazado transparente de tu mirar, las flores de tu atavío, el impacto, las cartas de Storni, el romance de la luna de Lorca, las piedras de Virginia y definitivamente el implacable espacio que dejaste de habitar.

María Cobarrubia

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