LA SANTA DE LA RUTA 8

Salir a la ruta ahora, en cierto modo, es mucho más fácil. Antes era más jodido, cuando no había tantas estaciones de servicio, uno tenía que elegir bien a dónde hacer noche. También había que cuidarse del choreo. Si no estabas atento, terminabas corriendo desnudo en la ruta pidiendo auxilio. Por eso es que nos juntábamos en los paradores a comer un pedazo de carne y a tomar unos vinos, era fundamental una buena adobada, para dormir como un bebé y además, de ese modo, estábamos más acompañados. Algunas veces llegaban las chicas, se chupaban unos fríos bárbaros. Casi siempre subían a las cabinas a cebarnos mates. Se armaba casi casi una amistad. La mayoría de nosotros estábamos con el dinero justo, pero el mate caliente era tentador para las pibas. Se armaban charlas interesantísimas, el sexo pasaba a segundo plano, parece mentira  ¿no? 

Me acuerdo de Evelyn, ¡qué mujer comprensiva por dios! En dos meses me sacó adelante. Yo andaba mal con Silvia, mi señora, estaba tan angustiado que le terminé contando todo a Evelyn, ella me escuchaba mirándome a los ojos sin decirme nada, y yo largaba una catarata de palabras y hasta algún insulto. Cuando me descargué bien, me dijo —A ver… ¿Con quién están tus hijos ahora? 

—Con Silvia, con quién van a estar… 

—¿Y te parece poco? ¡Contéstame Rolo! ¿Te parece poco?  

Y siguió hablándome tan bien de mi señora que ahí nomás la llamé por teléfono a Silvia y le pedí disculpas por todo. Soy un camionero bruto le dije. Está bien Rolo me dijo Silvia, pero dejá de chupar que mañana no te levantas, llegas tarde al mercado y te lo descuentan del sueldo. 

—Te das cuenta Evelyn que es una hija de puta. Yo me desnudo ante ella y mira lo que me contesta.

—Tranquilo Rolo — dijo Evelyn sin poder aguantar la risa. —Ella tiene razón, mejor andá a dormir, la semana que viene la seguimos. 

Evelyn usaba las palabras justas y trasmitía paz, además era muy linda mujer, tenía su trabajo, muchos clientes fijos que por lo general los atendía temprano. La noche era para ella, y no para el sexo, para la amistad, para ayudar a hombres inseguros, celosos, que extrañaban la familia y en la soledad de la noche, ante ella se sinceraban. El Caco contó una noche que de no ser por Evelyn, lo más probable es que se hubiera suicidado. Pero ahí estaba ella, con sus ojos verdes, con su mirada profunda, dispuesta a ayudar, solamente por amistad, por amor al prójimo.  

—A ver Caco… ¿Qué mierda te pasa pelotudo?. 

—Lo único que me falta es que vos me trates así— le contestó Caco.

—Te trato así porque no valoras nada! Sos muy egoísta Caco. 

—¿Yo egoísta?.  

—Sí, vos Caco, vos. Deja de lado a tu mujer, que a decir verdad es indefendible, pero ¿Tu vieja Caco? ¿No pensaste en tu vieja?. 

El Caco miró la palanca del camión, que tenía un dado de color rojo y se quedó callado, levantó la cabeza y vio en la visera la foto de la vieja, con él en brazos, de cuando él tendría unos dos años. El Caco lloró, lloró mucho el Caco. Y agarró el revólver y se lo regaló a Evelyn. Ella creo que después se lo vendió al bufetero de la Esso. La Evelyn lo salvó al pobrecito del Caco, con un par de gritos nada más. ¡Qué mujer! 

Evelyn había tenido varias ofertas de whiskerías de la zona, pero ella prefería la playa de estacionamiento de camiones. Se sentía más libre, además su padre, según su abuela, había sido camionero.  

Las cosas cambiaron cuando, como sucede la mayoría de las veces, alguien opina o plantea un gran negocio. Fue la negra David, su mejor amiga, la que le dio la idea. 

—Tenes que tener un lugar para atender a estos muchachos, y cobrarles, lógicamente— le dijo.  

En ese mismo instante a Evelyn se le iluminó el camino. Una lluvia de proyectos le aparecieron de golpe. Sintió que su cuerpo se transformaba. Se mantuvo callada por un largo rato y su cabeza giraba en torno a lo que acababa de escuchar. 

—¡Por eso sos mi amiga Negra! Vení, acompañame…  

Y se fue a hablar con el dueño de la estación de servicio que tenía un local vacío pegado al polirubro.  

—¡Don Cacho! Tengo que hablar con usted.  

—¿Que te anda pasando rubia? 

—Necesito que me alquile el saloncito.  

—No, Evelyn… A esta altura no voy a ir preso…  

—No es lo que usted piensa Cacho, ahora le explico.  

Y fue ahí que comenzó todo. Yo lo vi desde el primer día, hasta le regalé una mesa y dos sillas que tenía en la baulera del camión. Y no fui el único, todos los muchachos del playón colaboraron. Puso velas, sahumerios, dos veladores rojos… Decoró su consultorio. 

Colocó un cuadro de Gilda y otro del Gauchito Gil. Se los había regalado un muchacho de Pergamino que no era camionero. Andaba en una F100 bordó con cúpula, vendiendo cuadros para bazares y regalerías. Las cosas no le iban muy bien que digamos, en un  principio dormía en hoteles, pero después pasó a instalarse en la playa de la estación. Quizás los pueblos que visitaba no eran los más acertados para el producto que ofrecía, o las casas ya no tenían paredes. Era buen muchacho, y había entablado una gran amistad con Evelyn. Le llenó el consultorio de cuadritos con frases, hechos por él  mismo y referidos al nuevo oficio de Evelyn: “Elevaciones del alma” “Si habré domado penas” “La que viene, la que viene Sí”. Y un montón más.  

Evelyn a esta altura, ya había adoptado posturas de santa. Cuando uno entraba, la encontraba mirando hacia arriba, en diagonal, como la estatua de la virgen María, se quedaba quieta unos instantes.

—Adelante amigo, póngase cómodo— Decía. 

Había dejado por completo el trabajo anterior. Algunos clientes le reclamaban atención, pero ella les decía que era imposible que volviera a esos avatares.  

Como por arte de magia, su himen se había cerrado. Solamente el amor podía volver a llevarla a una cama. El dinero no le interesaba. Estaba compenetrada en su nueva profesión de casi santa.  

En el consultorio se podían ver gatos hidráulicos, gomas de auxilio. Los muchachos les pagaban como podían. Agarró la época fuerte de la soja, eso fue lo que la levantó. Los camioneros le pagaban con bolsas de soja, que ellos pasaban como merma. Y así fue como tuvo que alquilar el galpón grande de la estación. La Negra David pasó a ser su mano derecha, era fuerte, cargaba las bolsas como si nada. El negocio crecía, su fama también. Empezaron a consultarla dueños de campos que caían en sus 4×4 dispuestos a abonar en efectivo y sin regatear el precio. El problema era, que querían saber cuántos quintales iban a sacar en el año, o a cuánto iba a estar el kilo vivo en Liniers. Evelyn les explicó que ella no estaba para eso, aunque a esa altura de su santidad podía contestar cualquier cosa. Le interesaban otro tipo de consultas. Temas en los que tuviera que esforzarse, pensar, involucrarse con sus… pacientes. Prefería los asuntos del alma, esa era su misión en la tierra.  

Los días pasaban de la mejor manera. 

Evelyn con su negocio cada vez más próspero y las chicas en el playón visitando a los muchachos. Muchas la llamaban mamá Evelyn, ella las protegía y todos los hombres la respetaban.  

Una noche llegó el oficial Altamirano con una orden de limpiar el lugar. Las chicas se asustaron y corrieron para el consultorio. Apenas le informaron Evelyn salió como rayo.

—Buenas noches oficial — Dijo con voz firme —¿qué está pasando?. 

—Tengo la orden de desocupar el playón, está totalmente prohibido el ejercicio de la prostitución. 

—Así que usted al trabajo de las chicas le llama prostitución?  

—Así es señora— dijo el oficial un poco temeroso.  

—Prostitución es lo tuyo Altamirano, tomátelas de acá, haceme el favor, dejá a las chicas tranquilas, caradura. Y decile al comisario que venga a hablar conmigo si tiene huevos.  

El silencio fue abrumador, algunas intentaron un aplauso, pero Evelyn las detuvo con un gesto majestuoso.  

—Trabajen tranquilas chicas, ya no están más solas.  

‘La adivina de la estación’, ‘la santa de la ruta 8’ como la empezaban a llamar, respetada por policías y ladrones. Su fama se expandió por toda la zona, hasta los camioneros brasileros y paraguayos paraban a consultarla. Tenía más bolsas de soja apiladas que la propia Cooperativa Agropecuaria. Pero repito, el dinero no le interesaba. Compraba ropa y les hacía regalos a las chicas, a la abuela ni que hablar, era su reina.  

Una noche cayó a la estación un joven que venía especialmente a conocerla. Dijo ser el Zorro López, de tez oscura, bigotes gruesos y ojos grises casi transparentes. El tipo era un manosanta, medianamente famoso, de la zona de Entre Ríos. 

En el playón después se empezó a decir que era un hijo no reconocido de Pancho Sierra, pero eran solamente habladurías. 

Cuando el Zorro entró al consultorio, Evelyn estaba hablando con la Negra David. Dice la Negra que ellos estuvieron mirándose fijo como dos minutos, sin decirse nada y que el cuarto se iluminó por completo y que dos velas se encendieron solas y que ahí ella se dio cuenta que debía irse, y se fue, con un sentir parecido al miedo.

—Me hablaron mucho de usted.— dijo el Zorro López, todo sonrisa.— No me advirtieron de su belleza, tendría que haber venido mejor preparado. 

A Evelyn le temblaron las piernas, nunca se había sentido tan vulnerable. Solamente atinó a reírse como una adolescente. El Zorro, serenamente le habló de sus milagros y curaciones, Evelyn lo miraba extasiada, no le interesaba hablar de ella. Prefería escuchar, y el fuerte del santero entrerriano, era precisamente hablar. A los dos días viajó al pueblo a presentárselo a su abuela y al tercer día Evelyn y el Zorro eran novios.  

Todas las chicas de la playa de la estación felicitaron a Evelyn.  

El Zorro López resultó un señor, muy respetuoso y además la trataba a Evelyn como a una novia a punto de casarse, le hacía regalos y la protegía de todo. 

—Abrigate amor, tenés que descansar más…— le decía.

Era la primera vez que alguien se preocupaba por ella de esa manera. El Zorro López, que había llegado en auto y viajaba día por medio a Buenos Aires, alquiló una habitación en el hotel del pueblo para estar cerca de Evelyn.  

En una noche de amor, el Zorro le contó a Evelyn de la existencia de los niños del Chaco, en pueblos sin agua potable y de una pobreza extrema. Evelyn, conmovida, le pidió que se encargara de mandar veinte o treinta bolsas de soja, verlo tan solidario, la enamoraba más aún. El Zorro le dijo que tenía un amigo de la zona de Charata que volvía de Bs. As. con el camión vacío.  

No fue un solo camión, fueron varios.  

El Zorro cargó toda la soja, se llevó hasta el cambio en efectivo del consultorio. Luego agarró un cuchillo para matar el loro de la Evelyn que desde el primer día lo insultaba. Por suerte el loro no tenía las alas cortadas y quedó prendido a la claraboya. Se llevó los cuadros y algunos cartelitos del muchacho de la F100. Dejó solamente uno, a modo de despedida irónica. El cartelito decía: “Se reparan soledades”. 

A partir de ese momento, Evelyn entró en una depresión extrema. Había dejado su corazón al descubierto y la traicionaron de la peor manera, por dinero. Hubiera preferido que la dejasen por otro amor, como tantas veces había escuchado de sus pacientes, pero haberse dado cuenta que El Zorro lo tenía todo planeado desde el primer día, la destrozó. Nunca la había amado. Todas las amigas la apoyaban para que retomara el consultorio. Evelyn estaba totalmente quebrada emocionalmente. Por suerte, todo el dinero que le enviaba a su abuela, no sé si por premonición o porqué, la vieja, que en su vida había pasado mucha pobreza, lo guardó todo. Evelyn se refugió en su casa, no había forma de que volviera al playón. Y el playón no fue lo mismo.  

Seguimos haciendo noche ahí, las pibas visitaban las cabinas pero nos faltaba la guía espiritual. Todos extrañábamos a Evelyn. 

Seguramente algún don tenía, porque todos estábamos tristes. La estación bajó las ventas de combustible, el polirubro funcionaba a medias, la mayoría de nosotros nos íbamos a dormir temprano, si hasta el dueño de la estación fue a hablar con ella para que volviera, pero no hubo caso, todo había terminado.  

‘La santa de la Ruta 8’, nunca estuvo tan bien puesto un nombre. 

Esa mujer era una santa de verdad, pero pareciera que uno ya tiene una cruz, si nació para pobre, el destino se encarga siempre de ponerte en el lugar que te toca, salvo raras excepciones. Cuando Evelyn había logrado cambiar de vida, de manera honesta, sin abusar de nadie, la vida le daba un revés, y de un plumazo le corta todos los sueños. La estación cerró hace unos años. Si vos pasas ahora, fíjate que al lado de la marquesina del polirubro, hay un cartel chiquito en un estilo de fileteado porteño que dice; “Tratamiento para las ausencias”. Y al lado otro en cartón y con letra desprolija: “enseguidita vuelvo”.

Fernando Grosso

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