A JUAN FORN

In memorian.

No puedo precisar con la certeza de los almanaques, que día de la semana acontecía, pero seguro debió ser un arbitrario miércoles: injusto, impoluto, irrazonable, intolerante, pero por sobre todo inmune de toda alegría. El día más tibio de la semana, ese que siempre marca el medio de la coyuntura, sin pasiones generosas en sus orillas que nos permitan la osadía del arrojo. Era de esas mañanas que se antojan hostiles, huérfanas de un rayo de sol. Los huesos me habían crujido al levantarme, entre la primera taza de café y el hueco del recuerdo que se arroja caprichoso al desandar la memoria.

Frente al espejo del baño, recorrí cada arruga de mi rostro descubriendo que el tiempo tiene una prisa que me niego a aceptar. Hace ya un par de años, que intento andar más lenta: escuchar los silencios, observar lo pequeño, disfrutar de la calma. Tal vez, una actitud ilusoria que me ayude a derribar la inapelable subjetividad de la finita permanencia. Tanto huronear en lo inservible de esta cuestión, que descuidé la hora pactada. Y por una vez, en mi bendita obsesión de la puntualidad, llegué tarde para verte desparecer bajo los terrones de un inmotivado rectángulo gris. Mi tardía presencia, creo que fue un lapsus, de esos que acometen feroces en los ámbitos terapéuticos. Me sinceré y entendí que me asaltaba el egoísmo de saberte a solas, sin público que me observara y midiera la postura de mi accionar. Porque a la finitud le apasiona el baile histérico de lo morboso y vos y yo sabemos que no necesitamos de testigos, para entender de que se ha tratado coincidir en esta existencia nuestra.

Cuando el puñado de tierra descendió con la tenuidad de las palabras que se murmullan, entendí que ya no me estamparía bajo tu risa. Una vez más me indagué, sobre la existencia inútil del cementerio, corpóreo oxímoron donde anida el latido a sangre con la pausa eterna. Lugar donde se almacena lo que alguna vez fue y nunca más será. Esa tozuda acción humana de querer perpetrarse entre un montículo de tierra, a seis pies de profundidad, con una flor descamada y seca que tolera las inclemencias de los olvidos.

No me vestí para la ocasión, porque también acá urgen las convenciones. Parece que la estética se viste de riguroso negro para cerrar toda intención de hilaridad. Sin embargo, a mí me fastidia la norma y no hay goce más osado que llevar una nariz de payaso y una carcajada sonora para un entierro. Así pues, al llegar, se me alumbró una risotada vulgar, fuera de lugar, que se vino gestando desde el minuto que entendí que lo tangible se daba por terminado. Emergió atrevida, en una caterva de recuerdos, que se agolparon con furia, cual malón pampeano marcando su territorio.

Mientras en perspectiva, mi figura se recortaba lánguida y a la intemperie de los fantasmas, confluí en el inicio del duelo, donde se carga con la inevitable costumbre de llorar a todos los muertos, como poderoso rey o como simple arlequín descalzo del mercado. Miré hacia abajo, donde no hay línea de horizonte que ninguna perspectiva renacentista confiera un poco de claroscuro. Me abracé a la sinrazón de lo injusto y corrí, entre flores marchitas y exequias ajenas.

Quien quiera que Dios sea, le dirigí el peor de mis pensamientos: la indiferencia. Y no le concedí el perdón de sus pecados, porque su existencia me ha parecido siempre la peor de las herejías. El aire se volvió bruma, los pulmones bolsas desinfladas, la garganta lija y la mirada esquiva. Acerté entre la inmediatez de lo brutal y el sobrecogimiento de la pérdida, a gritar y cuando pude escucharme, el lamento se hizo desgarro. Solo ahí, pude rescatar el pulso involuntario y acercarlo al territorio de mi cuerpo, tu cuerpo, donde fuimos capaces de convocar a la sonoridad de la risa, al sortilegio del deseo, al amor, a la música, al mate amargo, a la copa de vino, a la mesa servida, a la taza de sopa y al guiso de lentejas. A falta del ritual religioso y la plegaria dogmática, deposité la nariz roja junto con mi audaz sonrisa, sobre el húmedo túmulo sin cruz y avisté por sobre mi tristeza, el mejor de nuestros abrazos. Ese capaz de acampar en mi reminiscencia como soporte del vuelo fugaz, prendido en la ribera de mi existencia, para darle coraje al acontecer de los días por venir.

Regresar a lo cotidiano, fue la contingencia más aceptada por ese tiempo. Virar hacia el espejo de la mañana, el café negro, los odiosos miércoles, el cansino andar, el sonido de lo óseo, la voluntad de la remembranza y la piadosa sensación de intuir que las cosas, como en el poema Borgeano, durarán más allá de nuestro olvido, pues no sabrán nunca, que nos hemos ido.

María Cobarrubia

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