NIÑO QUE BAILA LE VA A ROBAR

“…sale de su casa, se va a trabajar
con el miedo que le dice que está hasta las manos
traba la puerta porque está asustado
el niño que baila le va a robar
niño que baila le va a robar
niño que baila le va a robar
niño que baila le va a robar…”

Esta canción de Vicentino describe con claridad un fenómeno bastante común en la sociedad argentina: considerar al pobre como una amenaza. La fiebre de la inseguridad, fomentada por el aparato estatal y los medios de comunicación, ha sembrado la sospecha y el rechazo por el otro, dando lugar a una paranoia colectiva que resulta el origen de permanentes situaciones de violencia y discriminación.

La acuñación del concepto “niños de la calle” da cuenta del desinterés de la gente por responsabilizarse por los pequeños que, si bien viven en las calles, no dejan de ser, por ello, parte de la sociedad.  Así de víctimas se convierten en virtuales victimarios. Golpeados por el brazo demoledor de la injusticia y el desamparo, son pensados como una amenaza para el, siempre en peligro, Estado de Bienestar. La acumulación y el consumo desmedido encuentran, de este modo, un límite impuesto por la presencia de quien no tiene nada que perder. El entramado social garantizado, como señalaba L. Strauss, por una permanente negociación de bienes, servicios y mensajes, es puesto en jaque, en el imaginario burgués, por quienes no pueden participar de estas transacciones. El “despojado” mira desde afuera, con “la ñata contra el vidrio”, cómo el “pueblo” come, se educa, vive… Desde el otro lado del margen, contempla y aprieta en su mano la piedra que puede hacer añicos la frágil ilusión de confort que se luce detrás de los cristales.  Si la piedra sale de su mano y se estrella contra el escaparate, nadie podrá detener el rigor del Estado que, haciendo uso de su capacidad de esgrimir “legalmente” la violencia, caerá sobre él en un gesto aleccionador.

Con o sin piedras, el niño que, mal vestido y peor alimentado, se aproxima, despierta sospechas. Como dice la canción de Vicentino cuando “…el niño se acerca mostrando su dedo / la gente se asusta y se pone a gritar…”. El miedo, que impone un clima constante de segregación, garantiza la atomización de la sociedad. Lejos de rescatarse lemas como “la unión hace la fuerza” se ponen en funcionamientos mecanismos muchos más cercanos del “divide y reinarás”. El temor de todos y por todo retrotrae la cohesión social a la defensa de lo individual como única forma de conservar el pellejo.  Ya no hay causa común y el “sálvese quién pueda” rige el accionar cotidiano. De esta manera, el aparato político se asegura una atención dispersa que no se focaliza en las causas más contundentes de la desigualdad social.

Generalmente, estos niños sólo piden un guiño, un gesto de afecto que los habilite como seres humanos, como parte integrante de la sociedad. Son, en definitiva, el espejo en el que no nos queremos ver. Un espejo que, destrozado, repite, hasta el cansancio, la imagen de nuestros pensamientos más miserables.

La pobreza y la marginación de los otros se convierte, así, en el reaseguro de aquellos que gozan de los beneficios de “pertenecer” que son, en definitiva, los de poder “ser”.

Esta forma de exclusión no hace más que sumarse a una larga “genealogía del racismo” que como señalaba Foucault existe desde mucho tiempo atrás y fue inscripto en los mecanismos del Estado con la emergencia del biopoder y la determinación de una separación entre “…lo que debe vivir y lo que debe morir.”     

De este modo, el “racismo” (y hasta el “pobrismo”) tiene una doble función. Por un lado, procura fragmentar, desequilibrar; y por el otro imponer el principio que sostiene que mi vida depende de la muerte del otro.

“El racismo representa la condición con la cual se puede ejercer el derecho a matar.” (Foucault, 1976) La historia de la humanidad sabe, sin dudas, de esto.  Como señala Ana Arendet (1963) en muchas sociedades el mal se naturaliza y pierde la “…característica por la que generalmente se le distingue, es decir, la característica de constituir una tentación”. De la tentación al “uso legal de la violencia” las estrategias de opresión social presentan un amplio abanico de posibilidades no sólo instrumentadas desde el aparato jurídico. Los medios de comunicación y el sistema educativo en general cumplen una función primordial en la difusión de estas ideas.
Como sabemos, son muchos los engranajes que aún actúan para sostener los sólidos pilares del “racismo”.

La articulación social y las relaciones interculturales son abortadas, así, antes de poder manifestarse, en sociedades que tienden a la segregación y la exclusión.  La manera en que nos definimos en relación a los grupos de referencias y de pertenencia que constituimos dicta las pautas de funcionamiento de la dinámica social y de nuestros sistemas “democráticos” de gobierno. En la mediada en que estos “principios” se naturalicen y sean replicados no sólo por el aparato estatal sino por nuestro accionar cotidiano, el “racismo” estará garantizado. Victoria Lovell (poetisa rosarina) escribió alguna vez: “Si los otros no me piensan / como podré justificarme ante el espejo”. Será, por lo tanto, en esta forma de pensar(nos) en la que se pongan en juego las posibilidades de un diálogo intercultural auténtico y plural.

Rodolfo Raúl Hachén

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