DE VEZ EN CUANDO CAMINO AL REVÉS

Hay acontecimientos en la vida que cambian el escenario donde los pies pisan, todo tambalea y las palabras fallan. ¿Cómo atravesar la experiencia que nos depara una elección forzada?            

Si el mundo, en el que nos movemos, no sólo exterior, sino interior, ese mundo que nos sostiene y desde el cual nos enlazamos y nos permite andar, a veces a los tumbos y otras más orientadxs, cambia de modo más o menos abrupto, las coordenadas que lo ordenan también cambian, ¿para siempre?

Podemos situar distintos sucesos que marcan un antes y un después en la vida de alguien o de un pueblo; acontecimientos que producen una discontinuidad, una ruptura, un agujero en ese mundo que cada unx tenía armado con cierta lógica; un agujero en la telaraña de la vida hace que esa trama tambalee, y lo que la sostenía hasta ese momento, tal vez ya no. Faltan las palabras, las que hay no alcanzan para decir, para nombrar, aparece un vacío en el discurso, y a la vez algo insiste, que no puede escribirse, que no cesa de no escribirse. Todo ello si conservamos la vida.

Hay entonces la discontinuidad, lo sorpresivo, que se sale de programa. De eso, recién con posterioridad, podremos evaluar sus efectos sobre la subjetividad y no antes, ya que se tratará de las respuestas posibles frente a eso contingente.

Sabiendo de las limitaciones que la inmediatez nos repara (como tener algo encima de los ojos, necesitamos alejarlo – alejarnos un poco para visibilizar de lo que allí se trata), y como aún no ha pasado tan siquiera, la interrogación posible en el mientras tanto esto nos sucede, es sobre nuestra propia mirada, esa que sentimos que tenemos de las cosas de la vida, ¿se ha modificado? ¿De qué modo, en la era de la percepción, percibimos que nuestra propia vida es tocada por el agua bajo el puente que la vigencia de la pandemia conlleva?

Aún no podemos hablar de experiencia en tanto no se ha decantado como tal en la medida que no terminamos de salir y entonces mal se puede aún tratar de concluir sobre lo que está sucediendo.

¿Qué historia nos contamos a la luz de los hechos en los cuales aún estamos inmersos? ¿Cómo saldremos de esta experiencia, con qué voces y con qué decir?

Tal vez lo posible se trate de una elección forzada, tal vez en estos tiempos como en otros donde la contingencia tiene la cara del horror, nos confrontemos más que en otras situaciones con una elección forzada por delante: ¿el horror o la vida?

Cada civilización ha prestado distintos escenarios, marcos culturales y simbólicos, en los cuales los sujetos de ese tiempo se han referenciado y apoyado para transitar sus pérdidas, tramitando así sus duelos acompañados de ritos y ceremonias.

No obstante, las diferentes épocas han implicado distintos tratamientos de los duelos, en tanto el lugar a la pérdida en el lazo social, que ha comandado en cada momento histórico. El lugar a esa pérdida en cada vida singular y en un cuerpo social tiene implicancias éticas, que abre los brazos para alojar las fragilidades, lo que sale de programa, en tanto permite hacer existir un límite – no todo sigue igual, hay una discontinuidad – y allí aparece como dice Walter Benjamin[i] “…el minúsculo y quebradizo cuerpo humano”.

Por el contrario, la negación y el rechazo del encuentro con la pérdida, con lo que no se pudo, deja a cada quien frente al desamparo que lo convoca a la soledad de las máquinas, a merced de un padecimiento que conlleva el riesgo de lo mortífero. Salvo el lazo como elección.

Atravesar esa experiencia, implicará dar un lugar a lo acontecido, lugar que es del orden de la escritura y como toda escritura conlleva en sí misma la pérdida, el tiempo de la escritura es segundo en relación con el acontecimiento, la marca es segunda.

La pregunta que surge es ¿cómo se sigue después de ciertos acontecimientos? Cuando incluso los rituales por imposibilidad han cambiado, ¿de qué acompañarnos? ¿Qué queda de lo vivido y en qué lugar?

Estas formulaciones me llevan a hablar de la memoria, como aquello que se pone en juego a la hora de saber ¿con qué contar o qué para contar?

La memoria es necesaria como posición ética ante la vida, va en el camino contrario a la negación, abre la posibilidad de la diferencia. Decía la letra de un poema guatemalteco:

“Camino al revés. De vez en cuando, camino al revés: Es mi modo de recordar. Si caminara sólo hacia adelante, te podría contar cómo es el olvido”[ii].

Entonces, un caminar no sólo para adelante, no sin caminar para atrás de vez en cuando, para construir un propio lazo con la vida, allí donde escribimos con otrxs esas discontinuidades que nos recuerdan nuestra propia fragilidad y nuestro desamparo. Allí donde nos confrontamos con una elección forzada casi al modo del relámpago: ¿el horror o la vida? Una vida acompañada de un decir que nos enlace, que se anude al cuerpo, los cuerpos, “sobrevivientes de un peligro otro (…)  cuerpos que reconocen la marca que llevan”[iii] .

………..

[i] Benjamin, W. El narrador.
[ii] Humberto Ak-Abal.
[iii] Calveiro, P. (2005). “Memorias virósicas” en Psicoanálisis, restitución, apropiación, filiación. Lo Giudice, A. (Compiladora). Ed. Abuelas de Plaza de Mayo.

 Gri Enrico

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