APUNTES DEL RAFA | SOBRE LA ACIDIA

“Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”.

Arturo Jauretche

No quiero caer en ese fácil recurso de hacer un descule etimológico de esta palabra. Voy directo al grano. La acidia estaba considerada como el mayor pecado a lo largo de la Edad Media y parte del Renacimiento, pero el liberalismo logró sacarla de la lista de los pecados capitales y en su lugar introdujo la gula. La gula, nada más ni nada menos, en un mundo donde la mayoría siempre tuvo y tiene hambre.

¿Qué se entiende por acidia? Se entiende la tristeza, el desgano, dudar de uno mismo y por lo tanto dudar del otro, convirtiéndolo en negligente, indiferente y perezoso para todo trabajo, tanto sea manual, intelectual, espiritual. No en vano estaba considerado como uno de los pecados mortales. Pecado causante de muchos y terribles males. San Isidoro, en el libro De Summa Bono en 1493, distingue este vicio diciendo que es “el entregarse a la quietud indebida” y que de aquí proviene “el rencor, la pusilanimidad, la amargura”. ¡Pavada de pecado! Es que dudar de uno, del prójimo y encima estar perseguido por la tristeza es para pensar en qué lugar hay que pegarse el tiro. Posiblemente exagere un poco, pero me parecen un chiste los otros pecados comparados con este. Esas pasiones como la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, consideradas como los «pecados capitales”, les aseguro que no arriman con el pecado que tratamos.

Por estos días debido a un problemita de salud que me tuvo más sedentario que de costumbre, como también por esa peste que acecha, he leído y, también, he visto mucha televisión, mucho internet. He reparado en esas películas que son un canto al individualismo y a la flacidez intelectual, películas que ofrecen Netflix o cualquier otro sitio. De una u otra manera todas se parecen y tienen, en el fondo, la misma oscura intencionalidad: debilitar la voluntad, deprimir el ánimo, estimulando la insatisfacción, dando la sensación de hastío y, por sobre todo, incitando el individualismo (No me vengan ¡por favor! con tal y tal programa, película, serie, libros, etc. Que dicen lo contrario de lo expresado. Es sabido que existen honrosas excepciones, pero hablo en general). Por otra parte  he seguido atentamente las películas que se estrenan como los programas de los distintos medios de comunicación (radio, televisión, redes, diarios, libros). Podría decir que todos esos mensajes están estructurados para una mentalidad de 12 años, edad donde predomina lo lúdico, lo infantil y se carece de la madurez para reflexionar. Estoy plenamente seguro de que no es ninguna casualidad, de que todo obedece a una estructura embarcada hacia esa terrible dirección que es la de motivar la acidia, que es algo así como acicatear la pasividad, la tristeza, el no hacer, el no comprometerse. Un no rotundo a la vida misma.

No en vano se detuvieron en este pecado un filósofo como Baruch Spinoza para señalar que la tristeza (la acidia) es un mal, que es la peor de las pasiones; y el médico psiquiatra y psicoanalista francés Jacques-Marie Lacan no se queda atrás al asegurar que en la acidia se encuentra una cobardía moral. Por otra parte el filósofo italiano Giorgio Agamben, la utiliza para designar ese estado que se ubica entre el duelo y la melancolía, es decir, para describir a alguien que no anda feliz por el mundo.

Personalmente, me detengo en Michel Foucault, quien en su libro “La hermenéutica del sujeto” identifica a la acidia como la dispersión del espíritu, como un estado de agitación mental y emocional, de deseos inestables, de cambio de opiniones y decisiones. La inconsistencia, la destrucción interna.

Por lo expuesto en este apunte queda muy en claro de que se trata la acidia y la resumimos en tres aspectos diferentes: la tristeza, la indolencia y la dispersión; aspectos que son estimulados desde todos los lugares posibles, obedeciendo a una estrategia de poder.

Repito. Estoy plenamente seguro que aquí se encuentra un gran asunto para comprender y comprendernos. Un asunto que explica en gran parte esa pasividad, esa abulia, esa entrega al más fuerte, la falta de reflexión, de valentía y observar a tantos semejantes convertidos “en hojas al viento” como me gusta decir.

No quiero exagerar, pero estoy convencido que aquí se encuentra una de las grandes herramientas del sistema para controlar al pueblo, controlar su cultura, dominarla y mantenerla en una eterna condición subalterna.

Por otra parte no está demás sostener que no es nada nuevo lo que estamos señalando, ya un pensador, un viejo Vizcacha, como bien lo podríamos definir a don Arturo Jauretche, lo supo evidenciar con su meridiana inteligencia: “Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas”.

Por suerte no fue sólo Jauretche. Fueron y son muchos los que le vieron la cara a este demonio. Tomo de cada uno de ellos y, en apretada síntesis, puedo asegurar que las armas para vencer a este poderoso enemigo desintegrador son la identidad cultural, la unidad nacional, la tradición dinámica, los fines solidarios, el proyecto emancipatorio, la integración regional y, por supuesto, todos aquellos que les duele a morir el saber que un niño tenga hambre y frío.

Rafael Restaino

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