MENSAJE EN UNA BOTELLA

Otra vez sentado en la soledad del departamento, donde vivo, escribiendo mi parte para La Banquina. Me gusta esto. Me gusta escribir. He aprendido a vivir en soledad, y la aprovecho lo máximo que puedo para escribir, aún mucho más de lo que lo hacía antes de la pandemia. Me gusta escribir para La Banquina. Estar, de alguna u otra forma, pese a la distancia física en mi ciudad, con mi gente de allá. Para mi comunidad natal. Pero físicamente estoy acá, y escribo solo, desde lejos. Las antinomias que, de una forma u otra, se cruzan…

Semanas atrás tuvimos un encuentro virtual, claro, como lo es casi todo en estos tiempos de Covid con gran parte del staff de la revista. Fue estimulante vernos, y escucharnos. Cuando me iba de la reunión y los despedía pensaba en la posibilidad de un encuentro posterior, entre todxs, al viejo estilo de antes, es decir, con birra, vino, empanadas, o choris -remembranzas de viejos usos y costumbres que como buenos pergaminenses supimos conocer-… Me estuvo eso latiendo, esta sensación, durante un tiempo… Y me acordé, por esto mismo, del viejo Enrique Symns, periodista y gran escritor argentino nunca reconocido como tal por el establishment literario y cultural de nuestro país. Fundador y alma mater de la mítica revista under y contracultural Cerdos y Peces. En más de una ocasión lo escuché decir a Symns que él prefería hacer una revista a sacar solo sus libros, y eso por un sencillo motivo; porque allí había una redacción, un espacio de encuentro, circulaban los otrxs: compañerxs, entrevistadxs, no importaba quienes, sino el cruce, el encuentro… Acá no. O no así. Porque todo cambió. El Covid llevó a encerrarnos cada vez más, y es literal. Las reuniones, los encuentros, los ensayos son todos a través de videollamadas, por Zoom, WhatsApp, Salas de Facebook… Y está bien, algo es algo… Pero lo sabemos. No es lo mismo. Ni ahí. Nada reemplaza la cercanía del calor del otrx… Pero ante esto vamos con lo que tenemos…. Y está bien. Es una forma de apechugar estos vientos.

Pensaba en todo esto, y en este espacio que disfruto de poder transitar escribiendo, porque no es lo mismo a cuando me siento a escribir mis obras, mis guiones, poemas o la nouvelle que estoy escribiendo, no, claro, no es lo mismo; ya que acá voy -siento- más directo a un lectxr más próximo, más inmediato. También me gusta eso. Me estimula. Porque me gusta la reacción rápida, la devolución activa del que a unx se dirige… La caricia, el beso, el roce, el garche son hechos concretos, por ejemplo. Una forma activa de demostrarle a ese otrx que estamos allí con nuestro cuerpo. Extraño eso. Poner el cuerpo en esta virtualidad que nos hace a todxs tan lejos. A mí siempre me gustó poner el cuerpo. Será por eso que soy actor -pienso-, no lo sé… Pero eso siento. Para mí poner el cuerpo es fundamental, y fundante en mi vida toda. Y me ha ido en términos resultadísticos bien o mal con esto, que importa -Lo que no deja de ser un absurdo como si la vida de uno se pudiera medir en términos de resultados, ¿no? ¿Bajo qué vara?, me pregunto-. Pero he puesto el cuerpo. Siempre. En cada amor. En cada función. En cada personaje. Con mi hijo acompañándolo todo el tiempo. Cuando escribo, hasta que me duelen las manos, la cintura… y no jodo. Cuando salgo por los bares, y charlo con los distintos parroquianxs que me encuentro y bebo con ellxs. Cuando dirijo teatro, suelo llegar tan exhausto después de cada ensayo porque allí también lo que me lleva es el cuerpo, y cómo. Dirijo con el cuerpo. Más de un actor, que ha sido dirigido por mí, me lo han señalado a esto. No es que no sea racional, y no vaya por ahí la cosa, no claro que no… Pero prevalece el cuerpo siempre, no puedo concebirlo sino. Es que allí en poner el cuerpo, en el amor y en la guerra está todo, el yeite me parece de estar acá, en este plano, aprovechando lo que hay, lo que tenemos, y no perder el tiempo. Yo pongo el cuerpo. Para mi hermanx, mis amigues todo el tiempo… Incluso, una vez, leyendo una charla del genio de Leonardo Favio con Lucrecia Martel señalaban un poco esto mismo, acerca de lo importante que era tener un buen estado físico para dirigir cine, por la enorme demanda de energía que implicaba eso a todo nivel, para el cuerpo. Porque el cuerpo no es sólo físico, sino que también es emocional, y energético… Somos cuerpo. Materia y espíritu hay allí. Energía pura. Pero es una energía dentro de este envase que llamamos cuerpo. Por eso es tan importante la risa, y una buena comida, los encuentros con los que amamos, el sexo inquieto… Impacta sobre lo que somos. En nuestra masa energética, digamos. El cuerpo nuestro que envuelve a nuestras almas, por decirlo de alguna forma… Eso nos conecta bestial y humanamente con lo que somos. Con nuestro interior más honesto, y despierta nuestras intuiciones, por más que no les hagamos caso, luego, o no sepamos qué hacer con ellas… No importa eso. Están, que es lo que importa, igual que el instinto.

Poner el cuerpo. No me quiero ir de acá sin dejar de hacerlo. Y eso que más de una vez me han dado duro, a todo nivel, por esto; el mundo es cruento y la vida dista tanto -nada más alejado- de ser un lecho de cristal. Pero por eso mismo, quizá, yo le pongo el cuerpo. Eso intento. A veces me cagan a patadas cuando sigo allí tirado, después de embates adversos… pero sé que no va a ser por mucho tiempo. Tengo dos manos, y dos brazos y dos piernas. Son para estar en movimiento. Siempre fui un tipo inquieto. Desde muy joven, de niño, incluso; fue esta particularidad la que me llevó a distintos brazos, y amores cruciales y eternos con otros de hermosas aves de paso que supieron estremecerme con sus polvos y besos, fue esta cosa de poner el cuerpo y estar en movimiento. Porque el cuerpo es para moverlo sino se amortaja -la eternidad puede esperar, lo sabemos-… Esto de poner el cuerpo me llevó a distintos paisajes también, a subir montañas y rocas -amo hacerlo-, a andar por barrios bajos y pobres y también elegantes y recoletos… He andado y andado y andado, y como canta el hermoso Serrat, en esos versos de Machado, se hace camino al andar…

Eso intento. Para eso el cuerpo, pa´ moverlo, pa´ movernos, que tanto, ¿no?

Sin embargo, escribo esto mientas suena Bach en mi departamento, y estoy acá, pensando en la fuerza, en la potencia del cuerpo y su movimiento -sino para qué está, pienso-, porque es eso lo que nos lleva a otrxs, a ver a mis padres, a ver a mi hijo, a ver mis amigues, a salir al juego… Pero es la soledad de estos tiempos, de Covid amargo y mundo loco, desde siempre, lo que nos lleva cada vez más a estar encerrados, como estamos, encriptados en la madriguera que alojemos, y en nosotros mismos. Todo esto también pasa. Cada vez más solxs, cada vez más locxs, quizá sea en gran parte sea por ello… Y pienso en estas palabras, en esta columna que tengo la suerte de tener en La Banquina como un espacio para llegar al otrx, igual que todxs mis compañerxs, y se me viene a la cabeza la imagen de los mensajes en las botellas, y arrojados, luego, al mar… Como el tema de The Police, Mensaje en una botella… Quiza este espacio, el mío, y el de La Banquina toda sea eso, mensaje en una botella, para ver si allá afuera hay otrxs a los que les llega esto que digo, y que decimos…. Afuera siempre hay más. Somxs varios -muchxs más de lxs que quisiéramos- arrojados a la intemperie de estos tiempos, quizá alguien agarre este mensaje, como yo mismo el de otrxs, y así… Igual que el tema de The Police, recuerdo… Y entre todxs, nos demos cuenta que el alivio siempre, siempre es el encuentro. Poner la voz. Hacer el aguante. Dar un beso, una caricia… Compartir con el otrx, lo bueno, lo lindo, lo malo y lo feo.

En suma, de eso se trata gran parte de la sal de esta vida, de poner el cuerpo… Siempre, eso nos lleva al movimiento, y en ese enorme trayecto que hacemos aún, aunque sople el viento fuerte, y oscurezca, y otras tantas salga el sol -que también suele hacerlo-, nos lleve a otrxs que igual que yo arrojaron sus mensajes en una botella en la mar de estos tiempos.

Marcelo Saltal

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