CUANDO DE LOS ÍDOLOS NOS LLEGABA LA IMAGEN

La Vieja supo cómo amalgamar la revolución cultural del ’68, integrando las bases intelectuales al arte popular.

Tiempos de mi Madre (Parte 2): la contundente y definitiva presencia de la televisión en todos los hogares.

1962: La irrupción de la televisión en los hogares de clase media fue una “explosión” y genero una lluvia de críticas para quienes pensaban que esos aparatos serían responsables de la disolución de la familia tradicional que almorzaba en horarios determinados y cada uno en la silla prevista. Todo fue cambiando y la silla que estaba de espaldas al televisor desapareció; nadie la quería ocupar.

Muchos decidieron que a la hora de comer, se apagaba el televisor y otros no.

Por suerte, en mi casa, el televisor quedaba encendido, no sé si por progresismo o porque la familia ya estaba disuelta; a la inversa de otros hogares, en el mío, el televisor unía. Eso me permitió ver todo tipo de programas y debatirlos con mi Vieja a la hora que el día se hacía noche y ella volvía de sus tareas docentes. Cuento que, en ese tiempo, yo iba a la primaria y mucho costó que el televisor entrara a mi casa.

Había en mi casa un abuelo al que yo quería mucho y que no aceptaba la entrada de ningún aparato que cambiara el conservadurismo instalado: el lavarropas no reemplazaría ni la tabla de lavar y ni el jabón Federal; mucho menos iba a entrar una pantalla que estaba revolucionando el mundo.

Mi abuelo murió joven, a los 54 años, lejos de Argentina en un viaje soñado desde sus primeros ahorros y que tenía que ver con el retorno de mi abuela a la tierra en donde nació: la Lombardía italiana. Yo tenía 8 años. Mucho tiempo me llevo resolver esa muerte, pero eso es otra historia.

El tema es que en el 63, el televisor entro a mi casa y se sumó a mis aspiraciones de acceder a ese mundo artístico que cada vez me atraía más.

Con la tele vinieron los grandes programas y series televisivas que en el actual colonialismo cultural llaman sitcom y los artistas amados que fueron base de mi decisión. Ya estaba circulando una película llamada “El televisor” basada en una obra teatral de José de Thomas y protagonizada por mi admirado Ubaldo Martínez. En ella planteaban el drama de un “jefe” de familia que veía como se alteraban las relaciones en su hogar por la presencia de la tele.

Sin dejar de ver (cuando se veía, porque la señal era muy pobre y había más rayas e interferencias que imágenes) programas como Titanes en el ring o El club del clan y Escala musical; la tele para mi familia fue un desfile de ficción con artistas nacionales como nunca jamás hubo. Habían llegado de Cuba autoexiliados, los integrantes del equipo de Goar Mestre que revolucionaron el Canal 13 y les enseñaron los argentinos a hacer la televisión que disfrutaba.

En referencia a mi Vieja, me acompañaba a ver casi todos los programas y, tras esa mirada, teníamos miles de charlas en las que comentábamos, evaluábamos y criticábamos lo visto, costumbre que no perdí hasta hoy que sigo la misma rutina con mi hija María José.

Allí estaban Olmedo y Humberto Ortiz con “El Capitán Piluso”; Carlitos y “El flequillo de Balá”; “Felipe” (Sandrini), “Viendo a Biondi” (a mi entender el mejor cómico de todos los tiempos que buscaba en el “payaso” la razón de su humor blanco, Pepe Biondi, al que Goar Mestre había repatriado de Cuba); “Telecómicos”; “Dr. Cándido Pérez, señoras” (Thorry), “La familia Falcón” (gran elenco con Quartucci, Escalada, Elina Colomer y jóvenes promisorios como Emilio Comte, Alberto Fernández de Rosa, Silvia Merlino y José Luis Massa) y “La nena” (primer protagónico de quien estaba destinada a ser una de las mejores actrices y cantantes argentinas, como Marilina Ross -por ahí andaban «Beto» Brandoni, el extraordinario Osvaldo Miranda y el humor de Joe Rigoli-), “Mis hijos y yo” (Ubaldo Martínez y Martha González) y muchísimos más.

Me acuerdo de mis charlas con la Vieja, contando que me interesaba ser actor cuando veíamos juntos “Telecataplum”, aquellos inigualables “showmans” uruguayos que hicieron historia de la buena en el arte argentino… Era el momento en que nos quedábamos solos, porque al resto de la familia (mi abuela) no le interesaba ese humor que, con el tiempo, recrearon Les Luthiers.

Allí aparecía el tema de que me gustaría estar del otro lado de la pantalla y ella se entusiasmaba tanto como yo.

Muchos programas los había empezado a ver en la casa de mis abuelos de La Plata, porque ellos accedieron a la tele antes que nosotros, sobre todo las series norteamericanas a las que la familia Sharry era adicta y allá la tele se veía mejor porque estaba más cerca de Buenos Aires: “El fugitivo”, “Bonanza”, “Combate”, “Ruta 66”, “La caldera del diablo”, “Yo quiero a Lucy”, “El show de Dick Van Dyke”, “Disneylandia”, “Lassie”, “Rin Tin Tin”, “Cheyenne”, “El hombre del rifle”, “Randall, el justiciero”, “Ben Cassey”, “Perry Mason” y muchísimas más.

Tengo clara la imagen de lo que disfrutaba viéndolas sentado en el sillón que presidia el living de la vieja casa del primer piso de calle 44 en la ciudad de las diagonales, mientras mi abuela (María Celestina Fernández de Sharry, apodada “Bela”) inventaba comidas y bocados para amenizar; la cocina era su debilidad y engordar nuestra respuesta.

Otro caso eran “Los tres chiflados” que veía en Pergamino al mediodía y siempre llegaba a la escuela sobre la hora o ya comenzada la jornada (concurría en el turno tarde), costumbre que no perdí hasta el día de mi jubilación.

La década cerró con la cobertura de la llegada del hombre a la Luna el 20 de julio de 1969 (todos pegados a la pantalla viendo lo que hoy se duda no haya sido una filmación en estudios)

El escenario del Teatro Chico de la Escuela de Teatro (altos de la Escuela 22) y una escena de “Oh, Macbeth” de Rubén Albarracín y Ana D’Anna (1969). En la foto de izquierda a derecha: Mario Rebottaro, Rury Piaggio, Lidia Salazar, Ricardo Petri, Nina Troncaro, “Conoco” Bernaus, Jorge Sharry. Adelante sentados Marcelo D’Eletto, Bocha Di Biasse, Rubén Albarracín y Ana Mones

En 1968 ya había entrado en la Escuela de Teatro y había hecho primer año con profesores como Francisco Runco, Rubén Albarracin, Ana D’Anna, Mónica Elustondo, Martha Esper y Pepe Motta, en un ámbito que, de a poco, abría las puertas a una década como la del 70, de la que hablaremos en próximos capítulos.

La intelectualidad recorría tarde a tarde los pasillos de la planta alta de la vieja Escuela 22. Era el más joven de los alumnos, apenas 14 años cuando empecé.

Obviamente que, en la escuela, coincidía en todo lo que decían. Era la época en que ver a Darío Vittori en “Teatro como en el teatro” era “pecado mortal” para los actores de estudio, pero en mi casa me llevaban por los caminos populares. Íbamos a Buenos Aires y veíamos “Así es la vida” con Sandrini y Magaña o alguna comedia de Osvaldo Pacheco y, en mi casa, la televisión lograba que diseñara mi propio álbum recortando de las revistas, fotos de las series que veía, argentinas y extranjeras y dándole una página a cada uno. No juntaba “figuritas”, recortaba las fotos de mis artistas preferidos, a los que yo quería emular algún día en un álbum que aun debo tener.

En la escuela hablábamos de los nuevos movimientos teatrales encabezados por el Payró de Buenos Aires o artistas como Brisky que pasaba a primer plano con su protagónico de La Fiaca o las películas de Bergman que conmovían a los mayores.

Cuando, finalizaba la jornada (tarde por cierto, entre las 22.00 y las 23.00) no veía la hora de llegar a mi casa y disfrutar de la comida que me calentaba todas las noches mi mama (ella no cocinaba), respetando mis horarios de estudio y esa vocación que estimulaba. Mientras cenaba, la Vieja me contaba el último capítulo de “Cuatro hombres para Eva” que ella veía y amaba, y que yo siempre conocí a partir de sus relatos, porque en esa época no me atraían esas historias de amor.

Ese “un poco de todo” fue armando el plano artístico que amaba y que se mezcló tanto en la búsqueda que me permitió tener una mirada mucho más amplia de lo que era el arte escénico en todas sus manifestaciones

En Buenos Aires y en el mismo día miraba la última revista de Don Pelele y Susana Brunetti y «Las criadas» de Jean Genet con dirección de Sergio Renán y protagónicos de Walter Vidarte, Luis Brandoni y Héctor Alterio. Ahí también se mezclaba el intelectualismo del 69 y los “cuatro hombres para Eva” de mi mama, que me permitió crecer amando lo popular como única forma de acceso al arte y, por sobre todas las cosas, a lo teatral, que ya nunca dejaría de vibrar en cada latido de mi corazón.

Jorge Sharry

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