LA ECONOMÍA ES EL MÉTODO … EL OBJETIVO ES CAMBIAR EL ALMA

Recuerdo cuando descubrí la obra de René Magritte, artista surrealista belga, que en 1936 pintó un impactante cuadro que tituló «La Clarividencia». La obra representa al mismo Magritte que observa con atención un huevo, al que la lógica nos indica que debería pintar en el lienzo, sin embargo  sobre la tela aparece un hermoso pájaro con sus alas desplegadas. Con esta ingeniosa y provocativa imagen, Magritte propone cambiar la percepción pre-condicionada de la realidad y comprometer al espectador a volverse hipersensitivo a su entorno, más allá de lo que aparece.

Por esa misma época, año 1931, Aldous Huxley escribe la novela «Un Mundo Feliz», una de las distopías más paradigmáticas del siglo XX. Relata la vida en un nuevo orden mundial, perfecto y avanzado tecnológicamente en el que se ha exterminado la religión, la literatura, la filosofía, el arte, la ciencia, la diversidad, la libertad. Ha surgido como producto de una gran guerra y una crisis económica sin precedentes que acabó destruyendo al mundo anterior. En este nuevo «Estado Mundial» la especie humana se ha extinguido, y con ella las figuras de padre y madre biológicos. El nuevo sujeto social es un producto estandarizado, creado en las probetas de los laboratorios del «Centro de Incubación y Condicionamiento de Londres», en el que se engendran artificialmente individuos diseñados genéticamente a imagen y semejanza de una cadena de montaje. De esta manera se organiza una sociedad, con una estructura jerárquica estratificada en diferentes castas, con diferencias físicas e intelectuales, desde los Alpha -con mayor inteligencia- hasta los Épsilon -de menor capacidad intelectual. En este modelo social cada individuo cumple el rol para el que fue creado en función de las necesidades de esta organización social altamente regulada.

En el «Mundo Feliz» no existen conflictos, ni pobreza, ni sufrimientos. En él se ha desterrado la capacidad de amar; sus miembros, consumidores compulsivos, viven en un presente continuo, en un mundo hiper-tecnologizado, sin carencias materiales, con respuestas inmediatas a todos sus deseos y en el caso de que necesiten sublimar tensiones, tienen a su disposición la dosis de «soma» (droga) que provoca una estado mental placentero.

En la cúspide de la pirámide de castas se ubica el único dios: «Ford», el que todo lo ve, lo controla y lo domina. En este «Mundo Feliz», el individuo pierde toda dimensión metafísica.

Aldoux Huxley, de manera metafórica hace referencia a Henry Ford, fundador de la Ford Motor Company, que en 1908 crea el modelo de producción en serie que da paso a un nuevo sistema: el Fordismo, que revolucionó las formas de organización del trabajo y de la sociedad. Con el incremento exponencial de la producción y el abaratamiento de los costos surgió la nueva deidad del sistema capitalista, que desde Estados Unidos se proyectó al mundo: el libre mercado, y con él la mercadotecnia y la publicidad, herramientas poderosas para la captación de subjetividades.

A partir de ese momento, el capitalismo ingresa en una nueva etapa, con características diferentes a las del siglo XIX . Pero es después de la Segunda Guerra Mundial, que despliega su enorme capacidad de expansión y dominación.

En 1947 se constituye la Sociedad Mont Pelerin, que reunió a un grupo de filósofos, economistas, políticos e intelectuales con el propósito de formar a los nuevos líderes que ideológicamente influirían en la construcción de hegemonía, liderazgo político, intelectual y moral en defensa del libre mercado sin trabas estatales.

Desde aquí, la derecha neoliberal comenzó a diseñar y llevar a la práctica, de manera silenciosa e imperceptible, una nueva y creativa forma de organización con estructura transnacional y en red. Las herramientas a utilizar: las tecnologías del conocimiento, la investigación motivacional, la propaganda y la moda.

A fines de los ´60 y principio de los ´70 comienza a emerger a manera de iceberg, este nuevo paradigma de Estado, de sociedad, de sujeto social y de mercado, con una magnitud tal que nada lo ha detenido hasta el momento  Su nombre: Globalización Neoliberal.

El primer ensayo de restructuración neoliberal en América Latina se practicó en 1973 en Chile bajo la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet. Chile fue un verdadero laboratorio de experimentación montado en la vida real. A partir de allí, el modelo se expandió a los países de América del Sur, entre ellos Argentina con la dictadura genocida de 1976.

Margaret Thatcher -máxima exponente junto a Ronald Reagan– afirmaba que «el neoliberalismo es mucho más que un nuevo tipo de capitalismo» y continuaba diciendo que en este nuevo paradigma «la economía es el método» y» el objetivo es cambiar el alma».

En clave neoliberal cambiar el alma significa colonizar las subjetividades; desmontar el Estado de Bienestar y romper con sus formas de articulación social, modos de vida y de representación, de manera tal que el ciudadano mute a consumidor y luego a mercancía.

El papel del consumo es relevante porque, es tanto una práctica económica como cultural que construye identidades sociales. Pero no podríamos hablar de consumidor y mercancía sin el papel medular que juegan la imagen y el lenguaje de los medios de comunicación operando sobre el sujeto-ciudadano para anular toda relación simbólica con las experiencias históricas que lo constituyen y toda relación con la política como herramienta de cambio personal y social.

La derecha neoliberal construye una ficción acerca de un sujeto que para ser libre y desarrollarse no necesita del Estado, ni de su comunidad y debe liberarse de  toda responsabilidad para con sus semejantes. Individualismo, Narcisismo y Despolitización son las características que definen al sujeto neoliberal.

El pensador alemán Anselm Jappe, en su libro «La Sociedad Autófaga» define al momento actual como «Capitalismo Narcisista». Señala que el individuo somete a la totalidad del mundo a su propia satisfacción, por supuesto que a condición de que esto se produzca en términos de mercado, condenando a vivir en una infancia perpetua. Cuanto más obedezca el consumidor-ciudadano a sus impulsos inmediatos, más provecho sacará de ellos el mercado. La tendencia a un narcisismo generalizado significa también una regresión a un estadio primitivo de la infancia, donde no hay una verdadera separación entre el yo y el mundo.

El filósofo Guy Debord, en «La Sociedad del Espectáculo», expresa que la sociedad capitalista  «es una mera representación de lo que alguna vez fue vida auténtica«. Habla de la degradación del «ser en tener y del tener en parecer«; dice que «este es el momento histórico en que la mercancía completa su colonización (…) ya que las relaciones entre las mercancías ha suplantado las relaciones entre las personas».

Por primera vez estamos frente a una mutación histórica del capitalismo que ha logrado urdir una trama social, política y económica a la medida de sus intereses sin que se le haya podido poner límite alguno.

Nos encontramos, entonces en presencia de un nuevo proceso de acumulación del capital cada vez más concentrado, que rompe la diferencia entre lo privado y lo público, economía real y financiera; entre Estado y sociedad. Tal vez nos cueste dimensionar la profundidad de este nuevo modelo social, que ha logrado organizar e instituir una verdadera fábrica de deudores y de emprendedores de sí mismos; modelo que avanza con éxito en el experimento de forjar un nuevo tipo de ser humano, que podríamos identificar con el nombre de «consumidor-consumido».

Siniestramente el presente se parecer al mundo imaginado por Aldoux Huxley, metáfora perfecta de la deshumanización.

Ahora bien, aún sabiendo que las derechas neoliberales dominan el campo en disputa con sus poderosos dispositivos de reproducción con los que han logrado que todos, en mayor o menor medida actuemos de acuerdo a la matriz de pensamiento instalada, debemos mantener más firme que nunca una mirada «cruda» desde lo racional y a la vez  esperanzadora desde el «corazón».

La obra «La Clarividencia» de René Magritte, me lleva a pensar que es posible encontrar una salida a pesar del orden irracional en el que los objetos están dispuestos tanto fuera como dentro nuestro. En el cuadro, es precisamente «la clarividencia» del pintor que al mirar el huevo percibe, perforando esa realidad, cada uno de los detalles del pájaro que de él nacerá, metáfora que nos propone dejar de formular las preguntas desde las respuestas disponibles y aventurar caminos posibles hacia el descubrimiento de un horizonte de alteración y transformación de lo instituido.

María Verónica Fekete

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