APUNTES DEL RAFA | SOBRE LA SABIDURÍA

En este largo trayecto de vida (sedimentación número 70) he conocido muchos personajes como ese gran lector, ese engullidor de libros ¡Un fenómeno el tipo! Leía y se jactaba de leer, por ejemplo, La guerra y la paz de Tolstoi, un libro que tiene, al menos en la edición que existe en mis anaqueles, unas 637 páginas que leía, según su propia expresión, de una sentada. Por lo tanto no era ninguna exageración que todo aquel que le conociera estas hazañas lo considerara un erudito, un sabio. No puedo decir que haya sido mi amigo, pero lo traté bastante como para poder asegurar que era un hombre con una vasta información, pero información que no servían, absolutamente, para nada.

Sería injusto no decir que este personaje rindió derecho romano parlando en un ajustado latín clásico y que tiene a su haber otras grandezas de esta magnitud. Por lo tanto es bien razonable decir que el hombre tenía ciencia, ¡ciencia! pero no sabiduría. ¡De ninguna manera!

Sabiduría tenía Josecito Fernández, el Sócrates de Viña. Es que Josecito fue linyera por años, jugador de pelota a paleta, hojalatero de los buenos, lector de unos cuantos libros y encima bien leídos, anarquista practicante, filántropo decidido. Era un sabio. Era un sabio en el más grande sentido de la palabra y lo voy a fundamentar de esta manera; lo voy a fundamentar diciendo que sabiduría viene de sapere y sapere es un latinazo que significa saborear, gustar de la vida, saborear la vida. Y Josecito, vaya si saboreaba. Lo hacía con prodigalidad en su pequeño pueblito de Viña, en su humilde rancho, donde practicaba el ejercicio del asado, del vino y del mate. Saboreaba compartir esas acciones con amigos en jornadas completas, jornadas que duraban todo el día con su noche. En ellas desplegaba la palabra y el gesto cargado de dulzura para todo aquel que lo requería y encima sabía escuchar. Aquí se encuentra otro aspecto de su sabiduría. Sabía escuchar atentamente, quizás era lo más descollante, lo más sobresaliente de sus dones: escuchar al otro.

No había –según lo supo decir y lo hemos visto practicar-música más maravillosa que escuchar de boca de un semejante un sentimiento, una idea, una confesión.

Estoy seguro que ha quedado demostrado, fehacientemente, lo que entendemos por sabiduría con el ejemplo de este auténtico saboreador de la vida como lo consideramos a Josecito Fernández, aunque su latín, su inglés y su francés fuera un poco más que dudoso.

Rafael Restaino

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