CUANDO DE LOS ÍDOLOS SOLO NOS QUEDABA LA VOZ

La vieja sabía que en la mágica mezcla de lo popular con lo purista estaba el toque final para que el menú fuera perfecto.

Tiempos de mi madre y el Moreira invadiendo la radio

Eran tiempos de pueblo grande a los que todavía no había llegado la televisión. Los pibes del barrio veíamos la tele en casa de algún vecino que, sin ser millonario, había hecho grandes esfuerzos para adquirir los pesados aparatos en los que, por más que retocáramos la antena del techo, se veían más rayas y niebla que los programas que transmitían en los pocos canales de Buenos Aires. Pero era una novedad y las “casas chorizo” ponían sus televisores al fondo de un largo living y, con suerte, en pleno verano, lográbamos una silla en la tercera o cuarta fila a partir de la puerta de calle, con lo que apenas divisábamos las rayas de interferencia y, de vez en cuando, alguna nota perdida de los programas preferidos.

Por entonces, la radio era el mejor lugar para desandar sueños en voces de ficción; ella siempre estaba allí, en su cuadrada y mediana caja de madera para ser encendida tras la cena de todos los días, a eso de las 21.00 entre los aplausos grabados de los programas más escuchados: “Doctor Cándido Pérez, señoras”, “La Revista Dislocada”, “Felipe”… de “Los Pérez García” hablaba mi abuela, pero el ciclo ya no estaba o no lo escuchaba porque tenía una historia que no conocía. Los domingos, mi madre se “pegaba” a Tato Bores, pero tampoco me interesaba; no lo terminaba de entender.

Lo que si me convocaba eran los radioteatros, sobre todo los de Radio Porteña (más tarde Continental) en donde estaba el sucesor de Héctor Bates: Héctor Miranda, que comenzaba las emisiones de cada día anunciando la gira en vivo que haría en los próximos días, con voz agitada y hablar entusiasta, lo que le lo hacía más parecido a un relator futbolístico cantando el mejor gol de la jornada que a un actor interpretando trágicos melodramas.

Había que subirse a un banquito para pegar el oído a la radio, nada más que como costumbre, porque el volumen era elevado como para escuchar relajado, desde algún lugar de la mesa familiar. Antes del final de la década del 60, llegaron las Spica, pequeñas radios enfundadas en estuches símil cuero que facilitaban la tarea del escucha. Y allí estaba todas las tardes Radio Porteña con sus hitos e historias épicas que detenían el andar del país a la hora del radioteatro, mediodía tras el almuerzo.

Ese fue mi primer contacto con la actuación; mis primeros ídolos y lo agradezco, porque no supe de la “grieta” cultural que se generó intelectualmente entre actores de entretenimiento y actores de “obras serias”; cuando estaba casi vedado ver a Darío Vittori por televisión a los que habíamos elegido el arte teatral como camino de vida. Siempre deambule por todo lo que me interesaba, sin importarme el origen y así fui un amante de las comedias de Osvaldo Pacheco, otras telecomedias populares (hoy llamadas “sitcom” por el colonialismo de las palabras), la fastuosa revista porteña y los grandes cómicos que venían del circo, lo que me dio una mirada mucho más amplia de lo que iba a hacer con lo creativo y enriqueció mis recursos artísticos.

Pero volvamos al antes de la televisión… y el radioteatro.

Épocas en que caída la tardecita, en pleno verano, nos sentábamos en la puerta de la casa junto a nuestros padres y abuelos con los que, en invierno, y ya bajo techo, disfrutábamos la radio, bebiendo un licorcito o un anís “8 Hermanos”, el clásico de los velorios, en copas pequeñas que ahora llaman “chupito”.

Al mediodía llegaba Héctor Miranda a Radio Porteña.  El radioteatro del mediodía era el mejor momento de la jornada.  Los títulos eran, visto a la distancia, casi graciosos: “Arreando amores y penas, allá va el Tape Lucena”, “Moreira, el salvaje”; lo presentaban diciendo “La injusticia me hizo macho, la pampa me dio el coraje y grito a los cuatro vientos… Yo soy Moreira el salvaje”. Otros títulos de Bates-Miranda: “Genoveva de Bravante”, “María de los Dolores”, “La pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, “Montescos y Capuletos”, “Santa Lucía”, “El casamiento del diablo”, “La loca del conventillo”, “Perdonar es divino”, “Soy del 900”, “Después de Dios, mi madre”, “La Galleguita y el Porteño”, “Mate Cosido, el romántico bandolero”, “Santos Vega no ha muerto” y tantos mas.

Estaba Audòn López que conocíamos como “El Negro Faustino” por un personaje que hacía en el programa “Juventud”, dirigido por Adalberto Campos.

Algunos títulos que Audòn López protagonizo junto a Héctor Bates, Héctor Miranda y Omar Aladio fueron “Una rosa de sangre sobre la arena”; “Marinella, la novia del río”; “La pasión de Juan Moreira” y “El facón de Pastor Luna”.

Por supuesto que no podemos dejar de nombrar a Juan Carlos Chiappe y sus consagrados “Nazareno Cruz y el lobo” y “Por las calles de Pompeya, llora el tango y la Mireya”.

Los personajes estaban siempre bien marcados: La madre, el muy bueno y el muy malo, habitualmente hermanos, que obviamente no sabían de su parentesco. En la década del 60, Radio Porteña tenía en Argentina la mayor cantidad de radioteatros y la mayor audiencia en ese sentido. Todas las compañías hacían gira teatral y llegaban a los pueblos (dispense Pergamino por pensarlo “pueblo”) y muchas veces venia la gran desilusión, ya que lo que uno escuchaba de sus voces e imaginaba no era lo que se encontraba después con los actores, físicamente.

Recuerdo una compañía que vino a la Unión Ferroviaria (hoy Teatro Unión) que me llevo a ver mi papa y la decepción fue tremenda: la dama joven no era tan linda como la imagine y el pequeñín de la historia era un flaco alto y ya entrado en edad. Algo similar a lo que sucedió con el pase de la radio a la televisión; muchos actores no pudieron superarlo y sus carreras terminaron allí; no tenían el pysique du role indicado que sus voces sí les daban desde la radio.

Eran tiempos de voces y sueños y ya mi madre me acompañaba en mi admiración por esos artistas que fueron la base de mi presente. Eso sí, mi vieja, me hacía escuchar con ella, en su cama, los martes de “Las dos caratulas” (LRA Radio Nacional) y ahí conocí “Fuenteovejuna” de Lope de Vega y actores como Alfredo Alcon, Lydia Lamaison, Cipe Lincovsky, Iris Marga, Luis Medina Castro, Alberto de Mendoza, Dora Prince y tantos grandes que hacían clásicos de la literatura universal.

La vieja sabía que en la mágica mezcla de lo popular con lo purista estaba el toque final para que el menú fuera perfecto.

Tiempos en que la vieja me llevo de la mano al increíble e inesperado mundo en el que uno, sin dejar de ser uno mismo, comenzaba a transitar la vida en miles de roles, de los que van quedando pequeñísimas astillas que conforman la personalidad final del actor; ese que se estaba gestando…

(Continuará)

Jorge Sharry

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