APARICIÓN CON VIDA

Algunas reflexiones a 40 años de la emergencia de la consigna política más radical que ha dado el Movimiento de Derechos Humanos en Argentina.

A Enrique y Ximena

Una página en blanco, una primera nota para La Banquina que se hace esperar y tarda en concretizarse y entre ambas una adolescente que ya adulta vuelve “al pago” con sus dudas, sus valijas virtuales y sus temores. Regresar sí, asociarme a esta propuesta editorial, por supuesto, pero … ¿para qué? ¿Por dónde reiniciar el dialogo? ¿De qué podemos conversar ustedes y yo? ¿Qué conservamos en común? ¿Qué recordamos juntos? ¿Qué piezas tenemos para aportar al elusivo rompecabezas de nuestra memoria colectiva? Supongo, que comenzar por “el principio” es la mejor alternativa para ir encontrando algunas respuestas y abrir nuevas puertas. Permítanme entonces que, me hunda en mi propia memoria, que desde allí les escriba y los invite a que recordemos juntos.

Durante todos estos años, la noción de Derechos Humanos ha estado en el centro de mi cotidianeidad y sin embargo no recuerdo en que momento, cómo, ni con quién comencé a oír hablar de ella. Tengo, sí, algunas reminiscencias de la primera ocasión en la cual escuché hablar de la existencia de los “desaparecidos” pero, por sobre todo, no puedo olvidar el miedo y las voces apenas audibles de quienes conversaban en esa ocasión. Tampoco puedo borrar de mi memoria la oscuridad del lugar y el sentimiento de incomodidad de los “adultos” por mi presencia inoportuna. Más claras son las imágenes de cuando por primera vez me pregunté y pregunté si los desparecidos algún día iban a volver, iban a aparecer…  Fue a principios de 1984 y en nuestra ciudad, como en todo el país, comenzábamos a acostumbrarnos a las imágenes de las excavaciones de tumbas NN y poco a poco la Madres dejaban de ser “las locas de la Plaza de Mayo” para fortalecerse como símbolo de la resistencia. En esos días, ya se sabía que los ausentes, los desaparecidos, no estaban escondidos en ninguna parte ni capturados en una cárcel cualquiera del país, pero todavía se seguía afirmando que tal vez los habían matado sus propios compañeros guerrilleros, se habían ido con otra mujer o que estaban en otro país bajo otra identidad pasando “la gran vida”. Estas afirmaciones emanadas de las declaraciones de los miembros de las Juntas Militares y sus subordinados, dichas a la ligera y repetidas hasta el hartazgo pretendían justificar lo injustificable jugando con la credibilidad de aquellos que de “buena fe” se asumían en una tercera posición: la de la sociedad que quedo entrampada entre “dos demonios”. Si esto era cierto, mis desaparecidos y desaparecidas, los padres de mis amigos y amigas pergamineses, ¿dónde estaban?, ¿volverían alguna vez?  Para mí, como para tantos otros y otras, estas preguntas eran interrogantes vacíos que de alguna manera había que llenar. Así, un día cualquiera, a la vuelta del colegio Nacional, sin preámbulos ni precauciones le pregunté a mi madre “¿Vos que lo conociste a Luis, pensás que está vivo y escondido en algún lado?”. “No – me respondió sin hesitar un segundo-, si estuviera vivo de alguna forma se hubiera comunicado con su hijo”. Una mujer de clase media, sin compromisos políticos y sociales, de algún modo tenía la respuesta que me hacía falta. Una respuesta simple: los desaparecidos no eran crueles e inhumanos y no abandonarían sus familias dejándolas que se consuman en el dolor y la búsqueda. Si no volvían era porque no podían volver.

En este esquema de racionalidad en apariencia simple, ¿cuál era el interés para las Madres de la Plaza de Mayo de seguir pidiendo Aparición con vida de los detenidos desaparecidos? Y, ¿por qué esta consigna de lucha, a medida que más se sabía sobre el terrorismo de Estado, en lugar de ir apagándose cobraba cada vez más fuerza? Para tratar de encontrar una explicación, remontémonos al origen de esta consigna. Como muchos recordaran, en septiembre de 1979 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se instala por un corto periodo en Argentina y recaba denuncias de sobrevivientes y familiares. De esta visita in loco surgirá un informe que a principios de diciembre de ese año el organismo transmitirá al gobierno dictatorial argentino para que realice su descarga. Así lo hacen y el 8 de mayo de 1980 la prensa da a conocer la versión publicable de las 170 páginas de la contestación militar al organismo. En su respuesta justifican su accionar como parte del ejercicio de la política de autodefensa del Estado afirmando al mismo tiempo que las fuerzas armadas no aceptan ninguna revisión de las acciones llevadas adelante en el marco de la “guerra contra el terrorismo”. Con estas y otras expresiones similares el Estado trató de minimizar el impacto del informe de la CIDH pero se confrontaron a la situación de que este no dejaba lugar a dudas sobre los crímenes que se estaban cometiendo desde distintos órganos del Estado.  Claramente la comisión señala que los hechos denunciados deben “presumirse ciertos”[1].El plan sistemático de exterminación de los opositores políticos y la metodología de la desaparición son puestas en evidencia con una fuerza innegable y la repercusión de este texto fortalecerá la lucha de sobrevivientes y afectados directos. Ahora bien, también es cierto que algunos aspectos del informe resultarán contradictorios y de ellos se va a servir el gobierno de facto para fortalecer una nueva estrategia con respecto a los desaparecidos y desparecidas. En primer lugar, el informe excluye de sus páginas el listado de todos los militares mencionados por las víctimas como responsables de violaciones a los derechos humanos. La ausencia de los nombres de los desaparecedores no solo los beneficia directamente, sino que consolida el accionar clandestino y la impunidad de los criminales.  En segundo lugar, la CIDH consigna en su texto que “(…) preocupa especialmente a la Comisión la situación de miles de detenidos desaparecidos, que por las razones expuestas en el Informe se puede presumir fundamentalmente que han muerto”. De esta presunción los militares van a servirse nacional e internacionalmente puesto que para cerrar el tema de los desaparecidos y resolver el problema, la mejor opción para el gobierno ilegitimo e ilegal era reconocer sus muertes. Para los dictadores, los desaparecidos no eran tales. Eran caídos en una guerra que ellos, los subversivos, habían provocado y perdido. Esta posición ya era parte de la línea de ataque político de los militares desde mediados de 1979, período en el cual promulgaron dos leyes -la Ley de Fallecimiento Presunto por Desaparición y la Ley de Beneficios Provisionales en caso de ausencia de la persona-, tratando de forzar a los familiares a que ellos mismos consideraran sus seres queridos como muertos dando de esta forma un golpe psicológico contra quienes reclamaban por las desapariciones.

Para la misma época, desde el universo de los partidos políticos, el discurso que asocia los desaparecidos a la muerte comienza a ser empleado con frecuencia e intensidad y en esto mucho tienen que ver las palabras del dirigente radical Ricardo Balbín quien, entrevistado en España, afirma haber dialogado con el Ministro del Interior Albano Harguindeguy y compartir el punto de vista de que “en la Argentina no hay desaparecidos sino muertos”[2]. A esto se adjuntan los testimonios de sobrevivientes exiliados que, desde París y Londres, narran el sufrimiento vivido al interior de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminación dejando a entender claramente que los llamados “traslados” eran un viaje sin retorno. Estas declaraciones de las víctimas no eran nuevas para las Madres, lo nuevo era la utilización política que se comenzaba a hacer de ellas en los espacios de poder llegando a distorsionar el objetivo inicial de los testimonios. 1980 será entonces un año en el cual los familiares se verán obligados a responder a este giro estratégico. Tendrán que ir más allá de la pregunta ¿Dónde están? y de esta manera correrse del lugar de la emoción para confirmar y manifestar el sentido político de sus demandas. En este contexto se inscribe la consigna “Aparición con vida de todos los detenidos desaparecidos” enunciada en un comunicado por la primera vez el 5 de diciembre de 1980 en Estocolmo en ocasión de la entrega del Premio Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel[3]. ¿Qué significaba esta consigna? Que no serían ellas, las Madres, quienes decretarían la muerte de sus hijos: “Jamás asumiremos esas muertes, si es que se produjeron, mientras no se nos diga quien las ordenó, quien ordenó los secuestros, las torturas, los asesinatos, y mientras esos responsables de crímenes de lesa humanidad no sean castigados”[4]. Por eso, fue esta consigna, junto a “Cárcel a los genocidas”, la predominante en las campañas contra el Punto Final y la Obediencia debida.

¿Qué es lo que queda de esta consigna 40 años después? ¿Tiene vigencia aún? Podría decirse que con la etapa judicial que se abre con la nulidad de las leyes de impunidad el tema ha quedado saldado. Sin embargo, esto no es tan simple.  A la fecha, 254 causas tienen sentencia y ya son 1025 los represores condenados en primera instancia, pero otras 278 causas se encuentran recién en instrucción, 73 han sido elevadas a juicio, 21 están en curso y muy pocas tienen sentencia definitiva. 29 imputados están prófugos, 715 fallecieron antes de tener sentencia y de los 859 condenados a la privación de la libertad 636 están en arresto domiciliario[5]. En este sentido el “juicio y castigo” avanza, pero no lo suficientemente rápido como para contrarrestar las leyes biológicas. Por otra parte, y esto es lo más importante, los condenados no han dado información alguna sobre el destino de los desaparecidos y desaparecidas ni asumido sus responsabilidades. Por el contrario, se reivindican “prisioneros políticos a causa de juicios de venganza”.

En una sociedad que vuelve a pedir Aparición con vida en cada ocasión en la cual el Estado surge como responsable de la desaparición de una persona, la aparición de un cuerpo, no puede conducir al cierre del problema y al olvido. Si nos situamos en sus orígenes, la vigencia de esta consigna es manifiesta y ofrece además una clave de lectura de las políticas de memoria. En todo caso, es desde ese lugar que me parece central reconstruir nuestras memorias locales, regionales y nacionales. En nuestra ciudad, mucho se ha hecho y se está haciendo en ese sentido. Mi propuesta es que en este dialogo virtual que comenzamos en este primer número de La Banquina, ustedes y yo contribuyamos a este trabajo memorial colectivo y vayamos recuperando y compartiendo historias de nuestra vida cotidiana en los años de plomo.  ¿Cuáles son sus recuerdos? ¿Quiénes eran para ustedes los desaparecidos? ¿Cuándo los empezaron a denominar así? Les dejo algunas preguntas y me despido hasta la próxima.

……….

[1] Para quienes estén interesados, la versión completa del informe final de Amnistía Internacional de 1980 puede leerse en Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ultima consulta abril de 2021.

[2] Ver: “El Gobierno argentino considera zanjado el problema de los desaparecidos”, El País, Madrid, 8 mayo de 1980.

[3] El texto del comunicado decía: “(…) Nuestro principal impulso es la búsqueda de los detenidos desaparecidos y, tras cuatro años, continuamos luchando por su aparición con vida. (…) Las Madres de Plaza de Mayo no aceptamos que ningún sector político argentino pretenda echar un manto de olvido sobre la suerte de los miles de detenidos-desaparecidos y pedimos, como acto de humana solidaridad, de ética y de justicia, que se lleve esta causa hasta su esclarecimiento definitivo”. Citado por Ulises Gorini en La rebelión de las Madres, Buenos Aires, Edulp, 2017, pág. 360.

[4] Nuestras consignas, Madres de Plaza de Mayo, 1985, volante (archivo personal).

[5] Cifras de la Procuraduría de Crímenes de Lesa Humanidad de la Nación del 23/03/2021

Por Myrna Insua

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Comentarios:

Nombre: Oscar
Asunto: Agradecimiento
Mensaje: Hola Myrna, gracias por tu escrito, creo que es siempre oportuno que alguien sacuda el avispero cuando los pensamientos están estancados, ya nos acostumbramos a esta realidad actual, y muchas veces olvidamos a quienes nos precedieron, y por qué se tomaron ciertas decisiones y posturas. Tenemos una sociedad muy maleable, presa de las manipulaciones, y me pareció muy bueno tu texto y la forma….. gracias nuevamente, y ¡¡felicitaciones!!

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