MAR DE ZOZOBRAS

Aprender a vivir, de eso se trata un poco todo, me parece ¿o no? Y ahora más que nunca, creo… Ya que todo está así como está, temblando, tiritando, tan frágil, y nosotros formamos parte de ese todo. Somos ese mismo todo.

Cómo hacer para seguir, entonces, cómo para continuar, de qué o a qué aferrarnos cuando todo se reformula, pareciera, cada vez más para morir al toque, o muy cerca; al instante, casi. Que difícil continuidad alguna así. ¿Vale la pena la esperanza? Me pregunto angustiado, asustado…. Y desde el fondo de mi mismo, quiero creer que sí -una voz me lo dice a gritos o lo intenta, por lo menos- sino para qué, para qué todo… Tengo un hijo, y ese sólo hecho, por él, y por todos los menores que vienen detrás nuestro me obliga un poco, a creer a que sí, a que todo vale la pena. Una vez más. Pese a todo. Aunque perezca todo, y todo el tiempo, qué tiene que ver eso. Si de todas formas nosotros también somos lo mismo; somos todos perentorios, lo sabemos. Quizá esta maldita cuestión del Covid vino para decírnoslo, para refrescarnos que todo vale nada, porque se va a morir igual, ya, pronto; es así. Todo va a desaparecer, de un modo u otro. Aún hasta lo más hermoso. Pero tenemos hijos, y amamos o queremos amar y nos resistimos, como podemos, a la muerte, o a lo queda tras ella, tras su presencia… Es nuestra obligación, supongo, entonces, la de tratar de reponernos, y ser felices, o lo que se pueda, de la mejor forma que se pueda, para tratar de estar bien, de la mejor forma posible, ante todos estos embates, en los cuales nos ha tocado ser, y estar, en estos tiempos. Entonces por más que suenen tan adversos todos estos vientos que asolan, de muerte, de enfermedad, de contagio y de desilusión reinantes, escucho a que sí, que vale la pena el intentarlo, por lo menos… Porque nada vale todo. Tan simple como eso. Y no es un simple juego de palabras, no. La nada es un todo en si mismo. Y a la inversa es igual. ¿Enrollado, no? Pero qué no lo es en esta vida, me pregunto… Cómo si las cosas fueran bellas en apenas un abrir y cerrar de ojos. Quizás, ahí este el secreto, el misterio -pienso- en la dificultad, en lo complejo sino que fácil sería todo; que gracia tendría, cuál sería el premio, si es que cabe pensarlo así… Quizá, lo insólito y lo indómito mismo de la belleza resida en que hay que seguir, pese a todo, intentándolo de todas las formas posibles; porque estamos despiertos, porque amanecemos, porque nuestros hijos crecen, y porque la risa pura, fresca y sana no debería nunca dejar de ser nuestro anhelo.

Pero no son tiempos fáciles estos. Que novedad. Nunca los hubo, es cierto… ¿Pero así, cómo ahora? -me pregunto- ¿Tan así? ¿Tanto? No sé, si ya los hubieron o yo no los recuerdo…

Hay algo como de agonía permanente, de un modo u otro, en el aire, en todas partes, por momentos, siento… Y es esto lo del Covid, intuyo, lo que nos lleva a reformularnos, lo que no está nada mal, al contrario, pienso… El tema es ir despojándonos de todo aquello que nos impide, nos invalida, con valentía y confianza, aunque temblemos, aunque nos cueste tanto todo esto. Sacar lo que no nos sirve. Lo que llevamos como armaduras, y nos está hundiendo… Nada es como antes. Y por ende uno tampoco. Cada vez menos. La sensación de zozobra, entonces, para algunos más, para otros menos, nos va inquietando fuerte, profundamente… No sabemos qué hacer, ni como…

Esto me pasa un poco a mí, creo. Y probablemente, de una manera u otra, a todos… O sino a varios, que cargamos, como podemos, con estos aires tan funestos.

Como vivir con esta zozobra a cuestas, como proyectar, abrazar -que ya ni se puede-, creer, respirar, andar, cuando el mundo, y con él la vida, en general, se nos ha puesto así, patas para arriba; mal. Hay que bancarse la zozobra, parece; y continuar… Y quizás, sí, esté bien, por momentos, dejarse tumbar para caernos en la cama y llorar… Llorarnos todo. Por todo. Por uno mismo. Por este estado espantoso de las cosas, de todas las cosas… Dejarnos tumbar. De carne, somos, al fin y al cabo… Tenemos ese derecho, que tanto, de estar tristes también. Y desorientaos, como el tango mismo… Un pensamiento triste que se baila, como decía Sábato…. Estas desorientao y no sabes que bondi hay que tomar para seguir, y en ese desencuentro con la fe queres cruzar el mar y no podes…. (Desencuentro – Aníbal Troilo/Cátulo Castillo)

Creo que un poco nos está pasando esto que dice el tango.  No estábamos preparados para tanto desbarajuste, desarreglo, así…. Las cosas antes, claro, tampoco venían nada bien que digamos, lo sabemos. Pero, al menos, había una ilusión fatua. Ahora ya ni eso. Ni tiempo para ilusiones, casi, tenemos; que vachaché. Y vuelvo al tango, que me hiciste mal y sin embargo te quiero: el mundo fue, y será una porquería, ya lo sé… (Cambalache – Enrique Santos Discepolo)

Que novedad. Pero uno quiere creer, necesita afirmarse en algo, y quizás no haya nada más que el sólo hecho de aceptar que todo sobre lo que pisamos pende de un hilo; absolutamente. Asumirlo. Y confiarnos; entregarnos a nosotros mismos, así como estamos, rotos, asustados, descreídos, enojados. Pero hacerlo… No lo sé. Quizá, la única certeza, si es que puedo hablar de ellas en estos tiempos tan perentorios en extremos, es que sólo nos cabe la posibilidad de aferrarnos a lo único que tenemos de verdad, por lo que estamos presentes y concretos, aquí, en estos momentos; a aquello que siempre nos va a acompañar, bien o mal, y eso somos: nosotros mismos. De todas formas, uno siempre añora la posibilidad del cobijo, del beso, del encuentro, del abrazo… Puede estar, o no, eso. Si está, si lo tenes disfrútalo. Sino a apechugar y aceptar que sos vos, ser vos, tu unicidad es tu gran única fortaleza… Al fin y al cabo, somos Uno. El número que da comienzo a todo. El único que abre las puertas al juego, a la conjunción de ilusiones y creación con el Universo completo…

Y guarda con esto que estoy diciendo no estoy queriendo desestimar, lo positivo del hecho plural, del conjunto, anteponiendo la individualidad como lema, nada que ver; que no se me malinterprete, por favor… Sé, y muy bien, que la salvación, siempre está con el otro. Que es un hecho plural; que lo mejor siempre es el encuentro. No ser canutos. Como bien se dice por ahí nadie se salva solo. Vayamos a un todo, por todo, con todos. Pero sólo digo que, más allá de esto positivo del encuentro, no perder de vista, que siempre soy yo ese único ser que, bien o mal, me acompañará hasta el final de mis días. O me/te aferras bien a él, o estamos al horno.

En suma, llevarnos bien, de la mejor forma posible, con uno mismo. Aunque cueste, a veces, un montón. Parece chiste pero no lo es. Bien sirve entonces, en esto de la propia convivencia consigo mismo, en este mar de zozobras, enojarse, pelearse y hasta ponerse en tela de juicio, y más de una vez… La convivencia no es fácil. Y con uno mismo es hasta peor. Quizá, debamos aprender a reconocernos en todo esto tan poco grato por lo que estamos pasando para, pese a todo, tratar de reformularnos y ver si así podemos pasar por acá, por este plano, de la forma más satisfactoria posible… Y vuelvo a mi acervo musical, acordándome de los Rolling StonesI can´t get now satisfaction… El tango y el rock, siempre honestos, nos lo dijeron siempre. Aunque en los pagos criollos, el pogo más grande del mundo nos rememore aquello de: vivir sólo cuesta vida. Y quizás sólo de eso mismo se trate, aunque nos duela… Siempre se puede sacar una sonrisa… Mañana, quizá salga el sol y el amor vuelva a contagiarnos…

Y sino, en fin, siempre nos quedará Netflix, para estos tiempos de Covid, zozobra y desencanto malevos…

Marcelo Saltal

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