¿Y SI LE CAMBIAMOS EL NOMBRE A LA AVENIDA COLÓN DE PERGAMINO?

“…y el nombre de los lugares es para el historiador un documento histórico que debe aprender a leer.”

Alejandra Moreno

“…el dar nombre equivale a una toma de posesión.”

TzvetanTodorov

Considero de gran relevancia, cuando se intenta una búsqueda y recuperación de nuestras tradiciones históricas populares y nacionales y en el contexto de una intención emancipadora descolonial, el rescate de elementos de resistencia cultural en la disputa epistemológica, que incluye lo toponímico, lo antroponímico, e incluso lo gastronómico.

Si nos centramos en el estudio de los nombres de los lugares geográficos, de calles, parques, plazas, edificios públicos o dedicados al arte, e incluso personas o grupos humanos, podremos identificar que uno de los mecanismos utilizados, y que se han reservado casi con exclusividad las potencias y sus discursos imperiales, así como las elites oligárquicas para expresar su dominación, es el nombramiento de los lugares. Se han atribuido, y lo siguen haciendo, el derecho de nombrarlos, por lo que la toponimia se convierte en un escenario de disputa simbólica e ideológica y refleja asimismo el desplazamiento cultural que ocurre cuando un nuevo poder político-militar desplaza al anterior, e impone su lenguaje, valores y visiones. Esto ha ocurrido así a lo largo de la historia,  no obstante  la persistencia de los nombres de los pueblos que han sido avasallados, conquistados, y supuestamente “civilizados” y “evangelizados”. 

Planteado lo anterior cabe preguntarse acerca del porqué de la permanencia, en tiempos en que la información circula y se encuentra a disposición de casi todo el mundo, de nombres en arterias, barrios, localidades y templos de arte que, en cierta y gran medida, contradicen las intenciones e ideales de las mayorías que integran hoy nuestra sociedad. Ya que estamos en el mes de octubre, y sólo a título de ejemplos, teatro Colón, ciudad de Colón, en ámbitos fuera de Pergamino y, en lo local, barrio “12 de octubre”– como clara referencia a la llegada al continente del tristemente célebre almirante, de ninguna manera en homenaje a la diversidad cultural–  avenida Colón, entre otros que se podrían referenciar.

Por supuesto que las denominaciones “12 de octubre” o “Colón”, entre tantas que podríamos analizar, para los tiempos en que fueron colocadas, tenían una significancia distinta a la que hoy les podemos adjudicar. No para los nombrantes, propongo que ellos sabían muy bien de qué o quiénes se trataban y cuáles eran las intenciones subyacentes en ellos al colocar esos nombres. Sí para las mayorías, en tiempos en que la escuela pública, las iglesias y los escasos y concentrados medios de comunicación, modelaban los criterios de las masas casi sin resistencia alguna. Por algo, hoy, ya no se habla, en la mayoría de los casos, de “Día de la Raza”, sino de “Día de la Diversidad Cultural”, un concepto más integrador y cercano a la realidad étnica de un país que debiera ser pensado y desarrollado como plurinacional. Sin embargo, la fecha, “12 de octubre”, sigue siendo cabal referencia a la llegada de Colón a tierras americanas y es ese acontecimiento lo que queda mayoritariamente en la memoria colectiva por acción directa y constante de instituciones del sistema educativo, principalmente. Ni que hablar que, a partir de allí, se dio inicio a uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad.

Es decir, el nombre “12 de octubre”, insoslayablemente, hace referencia a Colón y a su llegada a este continente.

Pero ¿quién fue Colón?, o más bien, ¿qué acciones realizó una vez instalado en territorio americano?

Bartolomé De las Casas, en su Historia de Indias, entre tantos espantos que describe y documenta de las acciones genocidas de los europeos contra los aborígenes, nos habla del “Reino del terror de Colón”. Comenta que el consagrado, admirado e idolatrado almirante, supervisaba la venta de niñas nativas a la esclavitud sexual. Las niñas de 9 y 10 años eran las más deseadas por los hombres que formaban parte de sus diversas tripulaciones (recordemos que Colón hizo cuatro viajes a América). En el año 1500, Colón escribió sobre ello en su diario. Dijo: «Cien castillos son tan fáciles de conseguir para una mujer como para una granja, y esto es muy general y hay muchos traficantes que buscan niñas; las de nueve a diez años están ahora en demanda.»

Entre otras “maravillas”, obligó a los pacíficos nativos a trabajar en sus minas de oro hasta que murieron de agotamiento. Si un trabajador «indio» no entregaba toda su cuota de polvo de oro antes de la fecha límite que El establecía, sus soldados le cortaban las manos y se las ataban al cuello para enviar un mensaje.

La esclavitud era tan intolerable para esta gente de la isla que en un momento cien de ellos se suicidaron en masa.

La ley católica prohibía la esclavitud de los cristianos, pero Colón resolvió este problema. Simplemente se negó a bautizar a los nativos de La Española.

En su segundo viaje al Nuevo Mundo, Colón trajo cañones y perros de ataque.

Si un nativo se resistía a la esclavitud, le cortaba la nariz o una oreja. Si los esclavos trataban de escapar, Colón los hacía quemar vivos.

En otras ocasiones, enviaba perros de ataque para cazarlos y los perros arrancaban los brazos y las piernas de los nativos que gritaban mientras aún estaban vivos. Si los españoles se quedaban sin carne para alimentar a los perros, utilizaban a los bebés arahuacos como alimento.

Los actos de crueldad de Colón fueron tan nefandos y legendarios –incluso en su época– que el gobernador Francisco De Bobadilla arrestó a Colón y a sus dos hermanos, los ató con cadenas y los envió a España para que respondieran por sus crímenes contra los arahuacos. Pero el rey y la reina de España, con su tesoro lleno de oro, perdonaron a Colón y lo liberaron.

Bartolomé De Las Casas, quien describe en su libro todas estas atrocidades contra los nativos, dejó de trabajar para Colón y se convirtió en un sacerdote católico. Describió cómo los españoles bajo el mando de Colón cortaban las piernas de los niños que huían de ellos para probar el filo de sus cuchillas. Según De Las Casas, los hombres hacían apuestas sobre quién, con un solo golpe de su espada, podía cortar a una persona por la mitad.

Dice que los hombres de Colón derramaron sobre esta gente, para castigo y diversión, ánforas llenas de jabón hirviendo.

En un solo día, De Las Casas fue testigo ocular cuando los soldados españoles desmembraron, decapitaron o violaron a 3000 nativos.

«Se cometieron tales inhumanidades y barbaridades ante mis ojos como ninguna edad puede ser paralela», escribió De Las Casas. «Mis ojos han visto estos actos tan extraños a la naturaleza humana que ahora tiemblo mientras escribo.»

De Las Casas pasó el resto de su vida tratando de proteger a los indefensos nativos.

Pero después de un tiempo, no quedaban nativos que proteger.

Los expertos coinciden en general que antes de 1492, la población de la isla de La Española probablemente superaba los 3 millones de habitantes. A los 20 años de la llegada de España, se redujo a sólo 60.000. En 50 años, no se pudo encontrar ni un solo habitante nativo original.

En 1516, el historiador español Pedro Mártir escribió:

«Un barco sin brújula, gráfico o guía, pero sólo siguiendo el rastro de los indios muertos que habían sido arrojados de los barcos donde podían encontrar su camino desde las Bahamas hasta La Española.»

Cristóbal Colón obtuvo la mayor parte de sus ingresos de la esclavitud, observó De Las Casas. De hecho, Colón fue el primer traficante de esclavos de las Américas. Cuando los esclavos nativos murieron, fueron reemplazados por esclavos negros. El hijo de Colón se convirtió en el primer comerciante de esclavos africanos en 1505.

Bien, consideramos que estos datos, a los que se podrían sumar muchísimos más y de igual especie, ponen en evidencia quién fue realmente el distinguido almirante y que su imagen o su nombre, para una comunidad que, mayoritariamente intenta ser pacífica e integradora, como ilusionamos pensar que es o tendría que ser Pergamino, no debiera coronar a una avenida tan importante de la ciudad ni la fecha de su llegada, a un barrio que, oh contradicción, cobija a tantos vecinos oriundos de zonas del interior, seguramente descendientes de distintas etnias aborígenes.

Pensamos, y desde ya lo proponemos, que se debieran cambiar esos nombres por otros con mayor vinculación a las circunstancias y anhelos actuales. De no hacerse, estaríamos extendiendo y consagrando a perpetuidad una simbología que nos ubica en una situación de aceptación sumisa de los designios y acciones de quienes se instalaron por la fuerza y lo siguen haciendo a través de sus inextinguibles herederos.

Profesor Miguel Benestante

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