CARLOS WALTER DOS SANTOS Y EL FESTIVAL DE BLUES DE PERGAMINO

El ocho de septiembre… en un modesto hospital del gran Buenos Aires… en Lomas, murió Carlos Walter Dos Santos. Custodiado de afectos y enfermeras… pastores, compañeros, practicantes… viejos televisores, papagayos. Jirafa, alcohol en gel y en un costado… para que no moleste… por las dudas… un estuche de guitarra.

Cristian Luna y Old Blues me aseguraron que fue una muerte digna… si es posible…

No fue en el Misisipi, ni en Nueva Orleans. Ni en Luisiana que fue de los franceses hasta que Napoleón vendió esas tierras –la colonia– a la hirsuta “nación americana” por cuatro céntimos el acre. Ni entre negros de Menphis o Mineápolis. Ni entre esclavos o el campo algodonero que alguna vez un fraile domínico –Bartolomé de las Casas­­– para aliviar la pena del nativo, pobló de desdichados africanos…

Fue el hospital Gandulfo… nada menos. Un centro sanitario en la Argentina. Lejos de esa nación: Montevideo, donde empezó la música, el exilio. Lejos de esa nación de payadores que es todo el Uruguay de Zitarrosa que alguna vez cantó:

La luz volverá, no importa
la larga noche, vendrá
como un canto de xabiá
y la espera será corta;
el fuego que más conforta,
el de los libres e iguales,
la larga noche de males
cambiará en luz meridiana,
tierra purpúrea, mañana,
serás de los orientales.

Escapar del control… mi buen Big Walter. Pequeños, diminutos alzamientos. Modestas, sigilosas libertades. Tanta cancelación como caminos por recorrer a ciegas… lazarillo dolor, siempre la música…

Fue tan cerca su muerte y tan distante. Los brazos de Internet no son tan amplios como para omitir que en estas tierras, en nuestro humilde arroyo narcisista, en la humedad pampeana de la soja … esta obscena tragedia cotidiana apenas celebró el triste obituario de los participantes –compungidos– del festival de Blues de Pergamino… mi queridísima ciudad…

EL FESTIVAL DE BLUES DE PERGAMINO.

Un espectáculo anual, sin precedentes. Organizado de modo independiente por el Moncho Ortigosa y Gabriel Selva entre tantos amigos que invirtieron su juventud, retiro y pertenencia, en el más federal de los eventos de una urbe unitaria y agrotóxica… que se mide el ombligo en el Belgrano y condena a Atahualpa a una jaulita rodeada de hortelanos y bisuta.

Fue en esa humilde gala de pasiones, en ese inaugural desasosiego, donde la mayoría de nosotros tuvo la oportunidad de conocer a Walter, como parte de un público pequeño, insistente, ferviente y respetuoso; siempre quinientos, mil en el partido; los que tiene que estar –me dijo el oso– los que tienen que estar… ni mas ni menos…

El primer festival, tal ves el segundo, en la escuela numero uno, sobre calle Merced… a tres cuadras de la Municipalidad, el centro comercial, la iglesia principal y otras Necrópolis.

Su cuerpo recostado en la guitarra gracioso, melancólico se arqueaba con el lenguaje humilde de los pueblos de toda nuestra América morena y era en el mismo sitio, en esa escuela que alguna ves cursé por unos meses y otras fiscalicé… –cuando aún soñaba–. En esa misma escuela cariñosa que albergó a mis hermanos, mis amigos en nocturnas revanchas pedagógicas… En esa misma escuela donde el viento y la lluvia azotó toda la noche como si se tratase de otros deltas, del salvaje Missouri; el Petersburgo que imaginó Mark Twain en la ribera, con su vegetación de cocodrilos y protestantes… En esa misma escuela trasnochada donde por vez primera y para siempre pude admirar a Walter desde lejos… con un vaso de cerveza en la mano.

Se trata del control, mi buen Big Walter… de escapar del control… querido amigo… de bracear la tormenta de los años y el hambre: con trompas de algodón y gasolina…

Su voz ronca… asistido por el whisky caminador, sorteó las distracciones del telón uniforme, el piano, el blanco penitencial de un aula de recreo con la modesta pena de esa música que usamos de escalera al ser humano, al hombre tras las pobres bambalinas del hogar, la indecencia de un partido; al hombre en el desierto de los años y la historia que hamaca y centrifuga las más triviales formas de entusiasmo… toda la caridad… todo el espanto; al hombre en al antesala a un infinito que el gospel, el soul, el blues toda esa noche allanaron de mágicas, siniestras, apoteósicas luchas de excelencia… y piedad… sobre campos poblados de cabezas y vasitos de plástico con hielo… entre campos de pop…  de ricoteros, hemos, flowers, estones y algún roquero que otro, entre infinitos, perdidos tangonautas desahuciados, dispuestos a llorar toda la noche detrás del ventanal del patio externo… dispuestos a soñar todas las razas, los colores, los ranchos la indefensa, salvaje pertenencia del silencio… desde el lago de Ytasca al golfo, a México… desde Perú, Arequipa, hasta el Atlántico o el Paraná que agota en la Argentina el llanto vegetal de Sud América… toneladas de fango, de cultura, de ensortijadas ramas y canciones… sembrando el humedal de la esperanza… y el caos…

Se trata del control, mi buen Big Walter… de escapar del control… con la Katrina: ya sea un mural del negro San Martino… de Rivera, o nada más ni menos, que un vulgar huracán tragando barro…

Ese fue uno de los tantos festivales.

Después vinieron otros… se conoce, cada uno con su particularidad, su invitados. Se fueron consiguiendo salones más grandes, más cómodos, con mejor acústica. Y a pesar del poco interés de municipio… a través de los años y gracias a una gestión brillante de todos los todos los participantes de LAVAQUE se han logrado decretar el festival de blues de la ciudad de Pergamino de interés Provincial por el mismísimo gobernador. Como te quedó el ojo Rosario…

Muchos de nosotros hemos participado subrepticiamente en el desarrollo antojadizo de este singular evento. Pienso en el Oso Rodriguez que alguna vez fue el nexo entre Dos Santos y Gabriel. En el Bocha, en el Pepo… en la Peruana y las noches de pisco y contrabando. En el Lelo, en el Lalo; Alucinarte… En tantos que pusimos un quiosquito solo para fundirnos de alegría. En el triste de streaming y este último que se hizo, por razones de pandemia en el teatrito Unión… donde hice de patovica. Siempre fui un negro resentido… solo me faltaba un traje. Lamentablemente, en esa oportunidad, me habían convocado nada más que para recibir los boletos… reminiscencia cruel del tren fantasma.

Escapar del control mi buen Big Walter… escapar del control como se pueda… en un barco, a caballo, en colectivo… en un bajo, una armónica, un acorde… que un huracán de música nos borre los huesos y las ramas, la leyenda; el buen día, el “cogió bien?” el buenas tardes; los boleros, las dietas, los condones; los estudios de avaros sonidistas; los cepillos de dientes extraviados… siempre del mismo modo: en el exilio. En estos pocos cien, tal ves quinientos, años de soledad… querido Walter…

Dijo Ray Charles; El blues y el rhythm and blues son una manera de vivir más que un estilo musical.

Pienso en el festival, pensando en Walter. A veces las imágenes funcionan perdiéndose entre puntos semejantes con otras. De esta punción sexual –si me permiten– procede la metáfora… en mi mundo…

Después de casi veinte años de lucha, de cantinas pobladas de cerveza, de tablones, recibos, talonarios, torres de iluminación de incalculables kilómetros de cables plugs plugs, platos. Púa y palillo. Chori y lentejuela. Después de casi dos lustros de puertas que se abren y se cierran caprichosas; de mujeres que engordan, tienen hijos; de vicios que se empiezan, se abandonan hasta esta habitación “la primavera” donde todo comienza, reverdece; después  de la traición y otras perezas… del comercio y acopio de la anécdota… de estropear la campera en la parrilla; después de esa ilusión que es la alegría o las desilusiones del fracaso no menos contundente y vanidoso: quedan departamentos herrumbrosos, salones de alquiler, clubes de barrio… personajes que nunca fueron hombres y por la condición del espectáculo ni siquiera figuran en padrones, con la fantasmagórica estructuras de sus bandas de nombres rimbombantes… y son la maravilla de esta fábula, que discute la carne y la memoria. “Body and Soul” criaturitas que perduran en las suaves riberas del olvido… como suele pasar después del sueño… antes de amanecer sobre otros tantos colectivos, camiones, automóviles. Huckleberry en “El padre de las aguas” Jim… domando en su balsa a el Misisipi… y escapar. Escapar del control por más que rece el dicho popular que al mismo tiempo de ser un as de Blues fuiste operario de fábrica, tal vez padre y esposo, nacido en un Uruguay en los cincuenta.

Lo siento.

No conozco esa figura borrosa que presume del artista a quien dirijo toda esta memoria, la de mis compañeros perseguidos, cansados, resentidos, mal pagados; filósofos, borrachos, curadores, faquires, jugadores de barajas; brujas, madres cantando en la tribuna con nuestros cachorritos de la mano; ladrones, escritores y viciosos que aprenden a trabar con pie las puertas de los baños de todos los festejos; artesanos felices de haber sido, arte y sanos… al menos por un tiempo; cantores, columnistas, mercenarios y todos los que asalten este pueblo de siluetas fantásticas, penumbras; que la Katrina arroba y exonera entre Cristos de espina en la garganta; melodías que se escapan en la noche –toda tu eternidad querido amigo– para aplacar la pena de las bestias, la inquietud de los pájaros y el agua: como las venas abiertas de Galeano… un cinturón de paz sobre esta tierra…  en esta larga noche de los pueblos… en esta larga noche de sartenes redondas pobres tibias y morenas…

Sebastián Bernal

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