ANTE LA FUGAZ ORFANDAD

Entre el aroma de los azahares recién paridos y el atrevimiento de las primeras magnolias púrpuras, el disparo no salió. En una ráfaga de minutos la poderosa orfandad se hizo presente, pero en un instinto de supervivencia, desesperado y agónico, corrí para no ser devorada por el hedor del aliento derechoso. Cuando las imágenes a repetición confirmaban lo que uno nunca imaginó ver, las náuseas intempestivas arremetieron con la propia humanidad y sin dar crédito al relato periodístico me senté frente al televisor con el irónico deseo de confirmar una nueva fake news.

En el mientras tanto la memoria emocional se apropió de las circunstancias y recorrí sin mediar palabras las historias que me constituyen: el llanto en fila, bajo la lluvia, en el ´52; la frialdad del mármol en el lavadero del hospital de Vallegrande, mostrando un cuerpo que nunca morirá; el choque cardíaco en octubre del 2010 y el irreverente viernes cubano del 2016. Tragué varias veces saliva y seguí perdida, confinada una vez más entre las sombras del laberinto.

La madrugada cayó con la pesadez del estupor y el cuerpo abatido por lo que pudo ser y no fue. El sueño no fue reparador, la mañana del día después se presentó desolada como la costa cuando se retira la marea. Vestigios de incredulidad como colgajos colgaban de los rostros conocidos, se desparramaban entre las palabras de las crónicas, precipitándose en un declarado feriado nacional que necesitaba ver el sol.

Y entonces, nos amuchamos, en la única trinchera que conocemos: la plaza. La de todos y todas, el espacio público que nos ha visto renacer una y otra vez. En cadena compartimos mensajes de lugar y horario, organizados por el amor, para defender la alegría popular por sobre el egoísmo selecto, los derechos por sobre el avasallamiento de la codicia, la memoria por sobre el negacionismo, la democracia por sobre las dictaduras cívico-militar-eclesiástica, la empatía por sobre el individualismo, lo colectivo por sobre lo particular, el compromiso por sobre la tibieza, la libertad por sobre la represión, la palabra por sobre la tortura, el amor por sobre el odio.

El cielo diáfano cobijó a las familias con sus hijes, a les pibes con sus amigues, a la vieja con la nueva militancia. Compartimos mates, charlas, miradas, abrazos, entre aquellos que nos une la convicción de sabernos parte de un mismo lado de la vida. La canción no supo de injurias y dio paso al sentimiento genuino porque una vez más: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».

María Cobarrubia

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