LA CAÍDA DE LA BOLSA

La tarde se deslizaba por las orillas del día. En la cima de la barranca, mirando al rio, estaba el Montecarlo, con su cartel de Amargo Obrero. Al lado, la cancha de bochas y el resto todo monte y caminitos de tierra que se entreveran con caseríos allá en el pueblo. Desde la puerta del Montecarlo, el ruso veía pasar, entre los sauces, a un barco con bandera de Panamá rio abajo, mientras fumaba. Tres paisanos estaban frente al televisor, dos en el billar, un gaucho tomando caña de parado en el mostrador. Pero, se vino el aguacero y los que estaban en la cancha de bochas entraron a jugar al truco.

–Dios los cría y el clima los amontona–, dijo el bolichero.

Había un barullo de conversaciones. Las voces hablaban de anzuelos, del tiempo y de un ñato que murió. Como a las siete entró una gurisa que lo estaba buscando a don Roldán, que había llegado la visita y que dice la patrona lleve harina, aceite y azúcar. La radio en un rincón sintonizaba solo chamamé. Un perro flaco, que era puro esqueleto, se rascaba al ritmo, tocando el acordeón. Y afuera la lluvia no quería parar. Las cartas por el aire, una falta envido, un sapucai, un quiero treinta y tres. Y se cruzaban risas y silbidos, el repiqueteo del billar y el chamamé.

De pronto el noticiero anuncia la caída de la bolsa en Nueva york. Todo el bar contuvo la respiración.

–El don Yons– dijo el Mosquito.

–¿Qué número salió?– preguntó el gaucho, confundiendo la bolsa con la quiniela.

El Mosquito, que sabía de contabilidad, les iba leyendo y explicando los titulares:

–Los fondos de inversión sin liquidez– todos tenían caras de estar esperando lo peor  –Quebró Lehman Brothers– sentenció el Mosquito.

–En el pueblo cerró la mercería– dijo uno consternado.

–Un complejo caos matemático financiero– tiró el Mosquito mientras subía el volumen del televisor.

Con el título de: ¡Desplome, pánico en el mundo! Las imágenes eran de cientos de personas elegantemente trajeadas que andaban por las calles con grandes cajas donde llevaban sus pertenencias después de haber sido echadas de sus trabajos.

–Es notable como los yanquis tienen organizados los despidos. En cajas todas iguales, los tipos guardan las mismas fotos familiares y las boludeces que tienen arriba de los escritorios– analizaba el Mosquito y los demás asentían asustados por esta nueva realidad que los invadía. Se podía ver a estos hombres duros casi quebrados, igual que cuando sube el rio y se lleva todo. Ponían las mismas caras que los tipos de Wall Street.

Una mujer del barrio latino de Nueva York lloraba a cámara mientras con voz nasal repetía:

–¡Oh! ¡Dios mío! Después de pagar diez años la hipoteca de mi casa me he quedado en la calle, ya no puedo seguir, no hay manera– mientras la cámara mostraba el jardín de su ex casa con todos los muebles que otros vecinos miraban para comprar y así ayudar a la damnificada para que pueda seguir pagando las cuotas del auto, que es donde iría a vivir en un futuro.

–¡Oh, esto es muy injusto!– exclamaba la mujer a la vez que daba el vuelto a una señora que le estaba comprando una lámpara de pie. –Nunca volveré a tener esta lámpara– decía entre sollozos, pero la compradora la tomó de las manos y le dijo:

–Mira querida, a esta lámpara te la he comprado para obsequiártela a ti– tras lo cual se abrazaron emocionadas. El gaucho del mostrador lagrimeaba, el silencio había ganado el ambiente. Entre el humo, los humores, la humedad, los vapores del alcohol y la caída de la bolsa se había instalado una tristeza tan grande que no cabía en el Montecarlo, cuando el bolichero, dijo:

–¡Por mí que se vayan todos a la reputísima madre que los parió esos mangas de montañas de mierda! La casa invita una ronda para todos.–

Y otra vez el chamamé, el sonido del billar y las voces que reían.

El aire de afuera tenía olor a verde. Por el rio iba un barco, con la luna de remolque.

Fernando Crespi

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