PALABRAS, PALABRAS | COMUNICACIÓN

Los nuevos tiempos (que son exactamente estos y los por venir), definen flamantes escenarios y plantean inéditos desafíos. Los aspectos centrales de un ideario ideológico suelen mantenerse inconmovibles, pero algo diferente es el modo en que se formulan. Se trata de comprender –¡de manera urgente!– los cambios vertiginosos de un mundo aprisionado por un neoliberalismo feroz.

No constituye novedad apuntar el descrédito de la política y el desprestigio de las dirigencias. Las frustradas esperanzas depositadas por la ciudadanía en cada gobierno surgido en democracia, y la sensación de desencanto posterior, van liquidando las reservas emocionales y aleja a los menos comprometidos. La filiación partidaria, la adhesión a símbolos y el culto a las figuras fundacionales, se va reduciendo impiadosamente con el paso de los tiempos. El tipo común, el anónimo atleta del salario, destina sus mejores energías en diseñar cómo llega a fin de mes, no a enroscarse en interminables discusiones políticas. Descreído de discursos, defraudado cuando votó, le envuelve el nihilismo electoral en un nada inocente «son todos iguales», y la sensación se fortalece cuando elabora que desde 1983 hasta aquí ha visto desfilar variopintos presidentes que no han podido plasmar aún el credo alfonsiniano que depositaba en la democracia la respuesta a las exigencias cotidianas.

Las derechas extremas se relamen ante ese fracaso y se animan a exhibir su peor rostro, ya de por sí feo, amparados en la falta de méritos a enumerar por parte de los defensores de lo poco que queda. Los fascistas se recrean en un horizonte de desesperanza. Desdibujadas las ideologías, el votante cansado, desinteresado, distante, no quiere ni acercarse a la realidad mortificante que exhiben los medios. Casi cuatro de cada diez personas prefieren no leer ni escuchar noticias relacionadas con la pandemia, la guerra, la inflación o la inseguridad; es decir, nada que tenga que ver con la actualidad. Campo fértil para la fascistización de lo social, porque se escucha música en lugar de noticias, se aprueba lo pasatista antes que lo trascendente, lo adormecedor reemplaza lo inquietante, y es lógico que así sea. ¡Cómo no comprenderlo! Las ansias comunicacionales se dirigen a las redes, donde el individuo, y la individua, se sienten libres de escoger, de comunicar y de recibir la información que creen les conviene, pretendiendo preservarse dándole la espalda a las noticias. 

Las redes –mal llamadas– sociales (nos hemos prometido proponer algún día pasemos a consignarlas como «redes digitales») adquieren un papel decisivo en la comunicación política. Aceptado esto, se requiere readecuar el mensaje y acceder al manejo de los instrumentos propios de la era de la posverdad. No es difícil encontrar aquí falencias que siendo evidentes en la República Argentina no son patrimonio exclusivo ya que algo similar enfrentan la mayoría de los países sobre los que podemos informarnos. Es destacado el poder de fuego de la derecha mediática, al establecer el terreno del combate fundamental que pasa por la comunicación, entendiéndola como la forma de llegar a la mayor cantidad posible de destinatarios, con argumentos sencillos, frases cortas y fáciles de digerir.

Se impone tomar conciencia de lo que significa ese campo para encarar con visión estratégica las batallas que vienen, en defensa de la supervivencia de los valores intrínsecos del pensamiento nacional y popular, tan fuertemente amenazados por los avances de la derecha prepotente y brutal.

Rody Piraccini

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