EVITA

…Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo, metiste a las mujeres en la historia de prepo, arrebatando los micrófonos, repartiendo venganzas y limosnas. Bruta como un diamante en un chiquero ¿Quién va a tirarte la última piedra? Quizás un día nos juntemos para invocar tu insólito coraje…”

Eva (Fragmento) - María Elena Walsh

Cuando tantos nombres, nombran, hay mucho para decir de alguien, desde los términos más amorosos y sagrados, hasta los insultos más agraviantes, la signaron: Santa Evita, Jefa Espiritual de la Nación, Abanderada de los Humildes, Madrecita de los Pobres, La Perona, La Yegua, La Puta, La Resentida, Esa Mujer… Pero fue Eva, es simplemente Evita. La que dejó jirones de su vida por los otros y las otras.

Nacida en Los Toldos, tierra india y pampa, como niña pobre y despreciada, como hija no reconocida y humillada, como joven adolescente sin destino, como una actriz marginal y bastardeada… tuvo dos caminos: la locura o la lucha.

La hermosa y única, histórica abanderada de los humildes, eligió el combate. Una ardua batalla desde los barriales, pudo haber sido cualquiera, pero fue Ella.

Y por primera vez la Patria de los olvidados y las olvidadas, tuvo quien se desangrara hasta la muerte por ellos y ellas. Por vez primera el dolor de los pobres se convirtió en un asunto de Estado. Y fue el doble corazón de Perón. El General pacifista, autoproclamado «león herbívoro»…Y ya nada fue igual. Nacida del fuego para siempre.

Vino desde aquellos suburbios a subvertir el suelo de la Patria. Amó, hasta la locura, a los que nunca habían sido amados. Puteó con vehemencia a la oligarquía y fabricó aquel odio rancio y duradero, un odio brutal que llegó al punto de vivar su dolor y suplicar su muerte. Se metió para siempre en el alma del Pueblo, en los ojos de los jamás mirados y en los altares populares, se la venera, con la dulce esperanza, con la humilde certeza… que sentencia, que ruega, que grita por el milagro de que un día, así como quien no quiere la cosa, vuelva para siempre. Porque la esperanza es un paraíso perdido, para quienes ya nada esperan.

Siendo un niño, desde su máquina de coser y con unos ojos de novela, mi mamá me habló tiernamente de ella por primera vez, una heroína real, una mujer como ellas, que habló por ellas por primera vez. De cuando con sus cuerpos casi de niñas se antepusieron a las garras de los gorilas que intentaban derribar su busto, las chicas del taller de costura, como tantas a lo largo de la Patria defendiendo con sus vidas el entero orgullo de quien gritó por ellas.

Desde las cocinas y los humildes altares populares se convirtió en bandera de lucha y resistencia, en silencio obligatorio, porque hasta nombrarla llegó a estar prohibido en el país de los machos fusiladores.

Hay varias circunstancias que contribuyeron al forjar, al decir de John William Cooke, “El hecho maldito del país burgués”, elijo mencionar uno de ellos: a La Fundación llegaban miles de cartas con pedidos, necesidades de millones y La Duarte y sus compañeras las respondían, con palabras y objetos. Desde máquinas de coser, hasta colchones; desde pelotas y muñecas hasta sillas de rueda. Necesidades concretas, respuestas concretas. Mientras tanto, decenas de políticas de Estado acudían a la instauración institucional de Derechos jamás visitados, millones de excluidos accedían por primera vez en la historia Argentina, a salario digno, salud gratuita, educación, vivienda, deporte y vacaciones. ¿Cómo el Pueblo Trabajador podría olvidar semejante avalancha de Justicia Social? ¿Cómo iban a obviar los desheredados de la tierra la irrupción del principio del fin de tantas desigualdades?

Convertida en Santa desde el insólito martirio de su cuerpo, es el corazón de nuestro pueblo y el alma de las olvidadas, es millones en los ojos de cada niño y de cada niña que se abren en un mundo injusto. 
Es el amor incesante.
Inmortal.
Nuestra.
Siempre te invocaremos por todos los dolientes.

Fabián Del Core

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