HACIA EL FIN DE LA TARDE

Para el viejo Cullen el trabajo diario se componía de una sucesión de rituales que realizaba con escrupulosidad de relojería. La repetición invariable de acciones rutinarias a lo largo de los años hubiera alienado a cualquier otra persona. No parecía ser su caso. Había logrado cierto arte en la ejecución de las tareas y no dejaba que tal arte se anquilosara. Jamás dejaba de formularse preguntas, aunque fueran un tanto absurdas, respecto de sus quehaceres cotidianos.

Con esas dotes uno se animaría a conjeturar que Cullen bien podría ser lenguaraz, ebanista, o quizás orfebre. Lejos estaba de cualquiera de estas posibilidades. No era docto más que para las embrutecedoras faenas que realizaba cada día. Apenas si podía escribir su nombre, acaso llegara a deletrear algún cartel.

El viejo era dueño de una parcela en la que cultivaba maíz y verduras, además de criar unas vacas lecheras y algunos chanchos. Realizaba solo cada uno de los trabajos, desde carpir la tierra, sembrar y cosechar, hasta ordeñar; desde cambiar las maderas podridas de la techumbre, hasta desagotar la letrina o lavar su ropa. Vivía en una barraca que hacía las veces de vivienda, granero y, en ocasiones, de establo. Llevaba una existencia frugal. No se había casado ni amancebado. Sus incursiones sociales eran mayormente para vender parte de lo producido en la granja y comprar provisiones.

Algunos domingos o en días festivos solía acercarse hasta el pueblo. Para esas ocasiones se higienizaba. Calentaba agua en una olla y luego la vertía en una tina de zinc, la misma que usaba para lavar la ropa, en la que apenas si podía sumergir sus pies. Empleaba un trapo para jabonarse todo el cuerpo que enjuagaba vertiendo agua tibia con un jarro.

Se vestía con unas bombachas azules con guardas a los lados. Sobre el torso, una camisa, alguna vez blanca, percudida y frisada. Alpargatas de lona en los pies, pañuelo anudado a su cuello. Un instante antes de salir, se abrigaba con una chaquetilla bastante raída y cubría con la boina su cabeza.

Engalanaba su criollo lobuno con una cabezada con detalles en plata, el único artículo de su propiedad que alguien podría catalogar como lujoso. Desandaba los quince kilómetros que separaban la granja del pueblo al trotecito para instalarse en el boliche del vasco Aguirre. Ahí gastaba el tiempo acodado en el mostrador, mientras entretenía las barajas en solitarios y vaciaba paciente la botella de caña. Hablaba poco y nada. Ningún parroquiano se metía con él y él no se metía con nadie. Algunas veces también se apersonaba por la iglesia con su moderada fe y aprovechaba para relojear tímidamente a las muchachas.

Cullen no era en realidad tan viejo, rondaba los cincuenta años. Algunos lo veían como un anciano tal vez por su piel curtida, y porque llevaba los cabellos y la barba totalmente encanecidos. Quedó huérfano siendo un mocito y de un día para otro debió hacerse cargo de la granja en la que, de todos modos, trabajaba desde niño, cuando llevar las vacas a pastar le resultaba casi un juego.

Tuvo un abuelo, que no llegó a conocer, del que heredó un sable y un fusil de chispa que acumulaban orines en algún rincón. Cierta vez su padre le contó algo sobre su abuelo y le mostró una estampa en la que se lo veía con uniforme, de pecho henchido, con dos gruesos mostachos que le otorgaban a su cara una gravedad ampulosa. Nada más recordaba del padre de su padre. Si en aquel momento lo recobró del olvido fue por impulso de las circunstancias.

Aquella tarde, después de la acostumbrada siesta, el viejo Cullen puso la pava sobre el brasero. La ceremonia del mate constituía uno de los rituales de cada jornada. Cada uno de los pasos para lograr la infusión le resultaba igualmente importante, era meticuloso también en eso. Ponía especial cuidado en la preparación de la calabaza. Esa vez le agregó unas hojitas de poleo a la yerba. Cuando el agua estuvo lista, cebó un mate espumoso. El primer sorbo lo deleitó. Con la pava en una mano y la calabaza en la otra, se encaminó hacia la sombra del tala. Ahí tenía un tocón de madera que le servía de asiento. Mateó sosegado hasta acabar el contenido de la pava. Después volvió a la barraca para dejar las cosas en la mesa.

Salió al rato, hacha en mano, resuelto a leñar unas trozas que había puesto a secar en el verano. Ese otoño en particular parecía no tener prisa para desembocar en el invierno. Una sucesión de días soleados con agradable temperatura lo demostraban. Cullen caminó despacio hacia los troncos apilados en cruz. Deslizó la palma de su mano sobre el más cercano del montón para notar la rugosidad de la corteza con una especie de caricia. Era su forma de relacionarse con las cosas.

Una vez que tuvo una buena pila de leña, clavó el hacha en un tronco. Se secó la transpiración de su frente con la manga y tendió su cuerpo sobre el pasto para descansar. Se quedó mirando el cielo. Sintió que aquella cúpula abismal lo atrapaba. Permaneció absorto en esa posición unos cuantos minutos. Observó el vuelo de los pájaros. Oyó el susurro de la brisa, el murmullo distante del arroyo, el zumbar de los insectos, los gorjeos de los pájaros, y hasta rumores indescifrables, lejanos. Percibió los aromas de las distintas hierbas a su alrededor algo invadidos por las vaharadas que provenían de la pocilga.

Pensó en el arroyo, detrás del ceibal. Para el viejo, el arroyo era un hilo de aguas pardas que corrían morosas, donde llevaba a beber las vacas, o pescaba mojarras y bagres. Jamás se le hubiera ocurrido pensar que para otra gente era un límite, una frontera que separaba territorios. Por ahí lo intuía, pero no le daba mayor importancia. Tampoco le parecía que las personas que vivían del otro lado fueran distintas, hacían tareas semejantes, tenían las mismas costumbres, compartían el clima y el paisaje. Solía cruzar alguna que otra palabra con los arrieros que vadeaban, como él, el cauce para pasar la tropa de una ribera a otra. Sus animales bebían la misma agua del mismo arroyo.

El viejo carecía de entendimiento para esas cosas de la geografía, la sociedad y la política. Tampoco le interesaban. Le costó entender aquello que le escuchó decir a un parroquiano de uniforme la última vez que estuvo en el boliche del vasco Aguirre. En realidad, no llegó a saber muy bien de qué se trataba todo eso. La gente del pueblo era de alterarse con facilidad y primero no le prestó demasiada atención. Con el pasar de las jornadas la cuestión fue cambiando. Lo podía percibir hasta en el aire mismo, por más que quisiera desentenderse. El día anterior, mientras arreaba las vacas, había visto a lo lejos, por el antiguo Camino Real, la marcha de una hilera de soldados.

Se incorporó hasta quedar sentado. Algunas tareas lo esperaban, aunque esa vez no tenía ganas de otra cosa que no fuera estar allí, quieto, tranquilo. Comenzaba a caer la tarde. Cerró por un instante los párpados. Sintió en su rostro la tibieza final del sol, también el frescor de una brisa fragante. Llegó a creer que era moderadamente feliz.

Un retumbo le hizo abrir los ojos. Le siguió otro retumbo, y luego otro más. Pudo ver una tímida columna de humo a lo lejos, hacia el lado del pueblo.

Se puso de pie y desdeñoso encaminó los pasos hacia la barraca.

Abandonado en algún rincón, el fusil de su abuelo lo esperaba con la constancia que tienen las cosas que resisten la muerte.

Miguel Fanchovich

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