EL UNIÓN Y LOS CAMINOS

Íbamos por ese camino de tierra, lentamente, apenas al paso.

– ¡Unión DKW del cuarenta y nueve, pibe! -dijo el Toto, orgulloso. Mientras conducía su furgón borravino hacia nuestro próximo baile, trabó el acelerador con un taco de madera y dijo con voz entusiasmada:

– ¡Felicidad, pibe! – cuando decía pibe se refería a todos y a ninguno en particular y felicidad servía para saludo de bienvenida, despedida o permanencia.

Walter iba leyendo una revista Dartagnan, yo no podía leer en movimiento, me mareaba. Adelante viajaba el Chiqui, cebándole mate exclusivamente al Toto y sintonizando ruidos en la radio. El Toto quería siempre mantener de buen ánimo a la tropa.

–¿¡Cómo venimos?!– nos pregunta él con una sonrisa engominada, mientras maneja despreocupadamente.

Blancos de tierra venimos. Yo iba, tratando de pensar positivamente, haciendo un racconto de nuestras últimas actuaciones, una conquista amorosa por aquí, unos pesos bien ganados por allá… No me podía quejar. Hacía frío, cada tanto se nublaba, tomaba Legui para calentarme.

–Más adelante mejora el camino, pibe ¡Nos agarró el mal de San Vito! –dijo el Toto mientras transitábamos un serrucho que nos sacudía y nos hacía hablar con las palabras temblorosas. Después de tres horas de traqueteo paramos.

–¡Para las urgencias fisiológicas, pibe!– gritó el Toto contemplando al campo tendido y luego a sus pies salpicados –Lo que es mear,– filosofaba –¡Vamos que nuestro público nos espera!– a veces su optimismo no tenía adeptos. Hubo que empujar cuesta arriba para que arranque el furgón y luego de respingos y contra explosiones salimos disparados, propiamente como escupida de músico, rumbo a Paraje Arroyo Luna.

El sol, se ponía a nuestra derecha, entre grandes nubarrones negros, formando ventanales de fuego, detrás de un monte de eucaliptus. Solo pensé en esos contrastes del negro y rojo, pero Chiqui le dice al Toto algo que no alcanzo a escuchar, algo sobre la tormenta.

–No pibe, la tormenta va para allá, dijo señalando el monte que se sacudía alocado como haciendo señas,– mientras que un sonoro trueno remataba la frase del Toto, haciendo vibrar el redoblante con un rulo suspensivo.

Me gustaban las tormentas, me acurruqué y dormí con pesadez, cada tanto, un trueno hacía que recuperara algún sentido y en una de esas me pareció escuchar que llovían gotas tintineantes sobre la chapa del furgón, otro trueno, un sacudón, me despierto, ya era de noche y efectivamente llovía. El Toto iba asomado por la ventanilla, mojándose, claro, a través del parabrisas no se veía nada más que agua. Walter me vio despierto y me puso al tanto de la situación. Parece que el limpia parabrisas cuando llueve no funciona, se le mojan los cables. Nos reímos, aunque algo tensos. No sé cuánto tiempo viajamos así, pero se me hacía eterno, el barro cada vez más pegajoso, para los costados no se veía ni la noche. La lluvia venía de frente, de modo que el Toto a veinte iba, adivinando el camino, todo barro el camino. Subiendo una loma patina el Unión se sale de la huella y se va de trompa contra el alambrado, que terminó abruptamente con nuestro viaje. El motor tuvo un estremecimiento y se detuvo en medio del campo. Estábamos propiamente en la loma del culo.

–No se hagan problemas, el baile se habrá suspendido– dijo el Toto, mientras bajaba, ¿a ver qué? pensaba yo. A mí, ni me importaba ya el baile. Cómo saldríamos de ahí era lo que yo me preguntaba. El Chiqui también bajó.

–Chau, no salimos más.– vaticinó Walter con sagacidad.

–¿Y dónde estaríamos? – pregunté por preguntar, cualquier referencia que me diera era para mí un mundo desconocido.

–No sé cabeza, en la loma del culo estamos.– cosa que yo ya sabía.

Volvieron los otros –¡Estamos encajados hasta la manija!– esto también ya lo sabía. El Chiqui parecía entusiasmado con las circunstancias dadas. Toto le daba arranque y nada y le daba arranque y nada. –Siempre que llovió, paró, pibe. El optimismo del Toto no tenía límites, ya me molestaba un poco. Cuatro tipos encerrados en un furgón, sin comida, cagados de frío, en plena oscuridad y campo adentro. Yo me preguntaba, ¿por qué a mí?…

–Si parara de llover podríamos salir a estirar las piernas.– El Toto hacía planes de esparcimiento.

–Yo me voy a buscar un tractor en cuanto pare,–  se ofreció valiente el Chiqui.

En la conversación se fueron desgranando todas las vicisitudes posibles de sucederse, mientras caía granizo y había que gritar para sobreponerse al barullo ensordecedor de la piedra contra la chapa.

–Pobre gente,– el Toto miraba sin ver para el lado del campo, –estos cascotes les van a estropear el cultivo. El granizo duró tres minutos, después lluvia a baldes y la luminosidad de los rayos que picaban cerca. Los asientos de atrás tenían los respaldares rectos, duros como una tabla. Me dolía desde el cuello hasta los talones y cada tanto me volaba en pensamientos que me ponían a resguardo. Por eso es por lo que no supe cómo la conversación derivó hacia el tema mujeres. El Chiqui, parece que tenía una relación y el Toto era su confesor.

–Esta chica es muy simpática.– el Toto valoraba la alegría.

–Las mujeres que ríen son hermosas,– dijo el Chiqui haciéndose el tierno.

–Y las que lloran también, pibe, las mujeres son lindas en general.

Yo casi digo las mujeres que ríen son… risueñas, pero solo lo pensé, no manejábamos el mismo lenguaje. Yo a Walter no lo veía, porque no se veía nada, pero cada cosa que decían los de adelante me tocaba y se sacudía como riéndose. Walter y yo teníamos menos de veinte, el maestro y el Chiqui más de cuarenta, yo sacaba esas cuentas mientras la charla subía por los escotes. El chiqui cada tanto prendía la linterna para ver la hora en su reloj, Walter le preguntaba cada vez, las veintidós veinte, las veintidós treinta y cinco, van a ser las veintitrés…

–“Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando
Por lo que más tú quieras hasta cuando, hasta cuando” …

 El Toto todavía tenía ganas de cantar. Llovía. Nunca más vi llover tanto.

–“Y la lluvia caerá, luego vendrá el sereno

Y la lluvia caerá, luego vendrá el sereno” …

Toto cantaba, dentro del Unión había una buena acústica.

Fernando Crespi

Compartir en: