ABELARDO CASTILLO

UN ASESINO DE PESADILLAS

Conocí a Abelardo siendo yo adolescente y él un autor consagrado de cuentos entrañables: EL MARICA, FERMIN, HERNÁN, LA MADRE DE ERNESTO, CONEJO… Estos relatos acompañaron mi formación literaria y personal.

Podríamos decir que abrevando en Borges y Poe y aposentado en el existencialismo, tenía todo para ser un escritor maldito. Un escritor que supo tempranamente que «el infierno es la mirada de los otros» y que «somos lo que hacemos con lo que hicieron con nosotros» (Sartre) Hizo de la crueldad un tema recurrente. Pero Abelardo fue más que un escritor despiadado. Fue un «asesino de pesadillas» a quien la ternura rescató de la crueldad.

«Hay una evidente crueldad en mi obra literaria; y, probablemente, la crueldad sea algo así como la inversión de una manera piadosa de ver el mundo».

Pero pese a esta «inversión», el mundo literario de Castillo reboza de piedad, no quizás en el argumento de sus textos, pero sí en su mirada. Siempre hay algo que juzga a la crueldad de una manera intrínseca, algo que no logra superar la culpa y que obliga a pedir perdón, aunque fuera tarde, de una manera reparadora. Siendo agnóstico, nunca dejó de intuir a Dios y de reflejarlo en su literatura a través del reconocimiento de sus mandamientos y de las citas bíblicas. Como su vida, su obra es tortuosa, pero esperanzadora. Luchó en ambas por salir de las sombras, por ahuyentar fantasmas y temores, por levantarse… Luchó contra lo impuesto, lo destinal e hizo de la literatura una ceremonia pública de exorcismo del pasado en una apuesta al futuro.

Me gusta releer «Las panteras y el templo» como una alegoría de su vida y su literatura. En esta obra Abelardo reconoce que: «La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original. Inútilmente, traté de reescribirla». Es, entonces, en esta reescritura inútil en la que el autor se debate entre la verdad y la ficción como si realmente fueran partes de una dicotomía posible desafiándose «a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia». Así, nos dirá, reflejando la escritura padeciente, que «Como si alguien me hubiese robado las palabras, era incapaz de narrar la sigilosa inmovilidad de la luna en la ventana…». La creación se instaura, entonces, como «una idea, súbita y deslumbrante como un relámpago de locura». Locura que se transita y se teme como lo siniestro mismo que se revela en el ámbito de lo familiar y cotidiano para saber que «la realidad comenzaba a ceder, que inexorablemente me deslizaba, como por una grieta, a una especie de universo paralelo».

Taxativamente afirma «yo nunca me resignaría a abandonar la infancia» y es en esa misma infancia en la que se acuna la ternura. Pero ávido de aventuras se lanza a la escritura reconociendo que «sólo quería (es ridículo que lo escriba) experimentar yo mismo las sensaciones (el odio, el terror, la angustia)» para tejer su propia tragedia.

Abelardo fue un gran experimentador. Tuvo sed y bebió de todos los licores. Cruzó el Aqueronte y sintió «…entonces todo el ciego espanto, todo el callado pavor que es capaz de soportar un hombre sin perder la razón, sin echarse a dar gritos en la oscuridad».

Como buen creador «organiza un universo» que se «arma contra él» y lo interpela. Honesto y brutal, no tiene concesiones consigo mismo, pero intenta justificar la(s) historia(s). Se busca en sus relatos y se encuentra incapaz de regodearse en la maldad, justiciero, agrietado, censurado, pero tenaz. Lo vi transitar esos laberintos, abatido a veces y recuperándose siempre. Amable y generoso me brindó la posibilidad del diálogo. Me dio clases de humildad.

Siempre fue genuino y original. Auténtico. Militante profundo de su verdad. Vivió y convivió con las voces de todos sus personajes. Y llegó hasta la muerte proclamando «Todavía soy yo, todavía me aferro a estas palabras que no pueden explicar nada…».

Rodolfo Raúl Hachén

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