GOLPEAN LA PUERTA

Yo habitaba sombríos rincones, tenía rota la ilusión, mi amor estaba deshabitado. Era una tarde, un recuerdo pendular, que iba entre la nada y el olvido. Veía desde mi ventana las últimas ortigas lastimando el patio, los pájaros quietos, ninguna señal, ningún destello. Los días nacían gastados, iguales, pero envejecidos. Hoy el tiempo desenvuelve los mismos detalles que ayer. Y mañana será igual, pensaba, en el preciso instante que golpearon la puerta. Lo primero que hice fue mirarme en el espejo, mi aspecto no tenía arreglo. Hace mucho que nadie viene. Los vendedores, los que piden, los testigos de Jehová golpean las manos desde afuera, no atraviesan el jardín hasta mi puerta. Fue un sobresalto que no esperaba. Podía ser Roberto, que cada dos o tres meses pasaba. Apenas le abría, sin saludar entraba con un tema generalmente ya empezado en su cabeza durante las cinco cuadras que separan su casa de la mía. Pero golpearon de nuevo, si fuera él, hubiera pegado un grito, seguro: ¡Negrooou! No era Roberto.

Pucho antes de venir me llama, aunque ya no tengo teléfono, además golpea siempre haciendo ritmos musicales o chistes sonoros. Estos golpeteos eran bastante serios. Descarté a Pucho. Tampoco eran delicados golpes femeninos, que podrían darme una expectativa romántica. Probablemente fuera una carta documento reclamando deudas atrasadas. La última golpeada ya fue demasiado fuerte para la debilidad de mis nervios. Yo permanecí quieto, casi sin respirar para que no me escucharan desde afuera. Apoyé mi espalda en la pared y me fui deslizando sigiloso hasta sentarme en el piso, porque las sillas crujen. Así estuve expectante hasta que por fin los ruidos cesaron. Volví a lo mío.

Por la ventana la tarde seguía constante, quieta, como una foto vieja.

Fernando Crespi

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