ESCENAS DE VERANEO | 4

Bajo el aro de luz del farol de la esquina, revolotean una infinidad de insectos maravillosos. En el pavimento aún caliente de la intersección, la noche se puebla de bichitos. Más allá, donde los cordones de las veredas se comban y pierden su exagerada rectitud, un manojo de pibes examinan el centro de la calle, mientras hablan de bueyes perdidos.

Cuando la esquina se tupe de insectos de todas layas, los pibes se arriman a elegir las langostas que serán sus representantes en las peleas. El método de elección es aleatorio y se podría suponer que los motivos que justifican tales elecciones se deben a extrañas y secretas motivaciones. De seguro no es el tamaño de la langosta lo que asegura su elección; o un triunfo, la fuerza, la sed de arrancarle la cabeza a la contrincante.

Cada noche, hay campeonato de peleas de langostas. Cada pelea termina cuando uno de estos bichitos le corta la cabeza a su contrincante. La vencedora, avanza a combatir con otra. Si arranca todas las cabezas, se termina el campeonato. Las peleas son de todas contra todas, cada una contra cada una.

Alguna vez, uno de los pibes encontró una langosta de mediano porte, peso medio, con coloraturas que combinaban el verde característico con manchones marrones en el lomo. Hermoso ejemplar y atípico en la zona. E invencible en la noche y con una voracidad de muerte entre sus manitos pegajosas, que espantaba. Le generó tal fe al pibe, que esa noche aceptó una doble ronda de peleas. Y las ganó todas. El niño se fue contento hacia su casa y en las sombras de la noche, buscó en su patio algún frasco donde guardar a su ejemplar. Encontró uno de mermelada y la colocó allí dentro. Luego le puso unas hojas de higuerilla para que coma y para que el alimento le durara hasta el otro día, a la mañana, cuando fuera a verla. La supuso exhausta y hambrienta también de otros bichitos, por lo que fue hasta la luz tenue de la galería del patio y buscó unas cotorritas que aún estaban posadas en la ramita de paraíso que su padre había puesto para que allí se detengan y no bajen a la mesa a la hora de la cena.

Cerró el frasco y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, dio un salto de la cama y fue a revisar a su insecto apenas se despertó. Lo encontró tieso. Agitaba brevemente el frasquito y el bicho rebotaba con un ruido seco entre los vidrios. Se había olvidado de hacerle unos huecos a la tapa, como para que respirara.

Eso le quedó lejos en el tiempo. Piensa hoy que aquello, aquellas noches llenas de bichos en las esquinas o en los vidrios de los parabrisas, sucedían antes del glifosato. Y que todo eso sobrevive tan solo en su memoria.

Lirio Rocha

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