RAMIRO BRESSAN | CUENTOS

El camino hacia la finitud, ese tema fundamental que desvela la existencia, el conflicto eterno, el amoroso ritual de encontrarse en el otro desde la ausencia. «Pedirle al menos silencio a las voces que no callan los recuerdos fatales…». Bressan se mueve con gran desenvoltura en un cuento plagado de imágenes que subliman los sentidos.

Y las otras voces, las aterradoras, las que entran por una hendija, las que solo puede silenciar la memoria… «Y el canto reinició sus alaridos como una invención moreliana…». Un gran hallazgo acudir a Bioy para describir la furia de estos personajes cuasi fantásticos «…esas almas afligidas…» que acusará la historia, algún día.

Carmen Rolandelli

RAMIRO BRESSAN | CUENTOS

ALGO QUE OCURRIÓ UN 15 DE OCTUBRE DE 2015

Un olor de rancias articulaciones se metió por alguna hendija de mi casa. No pude darme cuenta a tiempo, avanzó como el sargazo indecoroso de las playas o como el capricho persistente de los niños acomodados. Pero el olor no iba solo, voces ahogadas con discreta pronunciación lo acompañaban. Ambos se agolpaban en las paredes y me salpicaban con susurros hiperbólicos. No entendía con exactitud (ni con precaria aproximación) lo que estaba ocurriendo, mis ojos no eran capaces de reconocer más que la quietud. Recordé un pasaje de aquel cuento: «¡Que profundo es el misterio de lo invisible!». Entonces intenté distraerme con un libro. Pero no conformes con mi incivil resolución, un canto repetitivo, como de plegaria o de rito macabro, ingresó también burlando todas mis precauciones.  El terror comenzaba a invadirme como una fiebre desconocida al igual que al personaje del cuento, pero no estaba dispuesto a incendiar mi casa (no en ese momento) ni a darle lugar a su delirio con tanta facilidad. Y el canto reinició sus alaridos como en una invención moreliana, reemplazando las primeras voces por masivos gritos discordantes. Ya ni los libros me socorrían. Intenté en vano tapar las filtraciones. Era tarde. Ya estaban dentro. Parecían bailotear frenéticamente encima de la mesa; hundirse en un lamento lóbrego en los rincones del techo; mis libros deseaban deshacerse como sus propios encantos; y la ventana se abrió golpeando la pared. No quería huir como el señor Nuttel, ni menos entrar en un juego adolescente, pero mi casa había sido invadida por abominables lamentos que pretendían imponer sus condiciones. Agobiado por el discurso sofocante tuve que salir a respirar. Bajé la escalera no sin antes conservar silenciosamente el encendedor. Al salir me encontré con un día frío, un desconsuelo absoluto. El olor, las voces anacrónicas y el canto repetitivo no eran otra cosa que la manifestación de almas afligidas. Y quién era yo, entonces, para oponerme a la desesperación de los muertos. La comprensión se apoderó de mí y cierto tufillo lastimero también. Así que volví a entrar, subí la escalera ya sin miedo. Abrí todas las ventanas para que algún viento los acompañes en su despedida. Después de todo, los duelos deben ser respetados a su modo.

LUZCOTOMÍA

La luz enreda de tal manera la habitación que dan ganas de abrir aún más la ventana. Y al verla, sobre todo, envuelta en sábanas y frazadas, en esa imperfección del caos, hace que el deseo de vivir se concentre en un solo lugar. Qué hermoso es acariciar la luz por primera vez, en el despertar del día, como todos los días, por primera vez. Y acariciarla con la mano templada, entre su cuerpo tibio, ante el amparo de la estufa, del olor a alcanfor y de Santa Lucía de Siracusa dignificando aún más sus ojos desde arriba del modular. Después de tantos años supieron sus ojos apreciar el milagro de cada despertar. Y esto lo es todo: el ritual infinito dentro de la finitud de la vida, que comienza en el momento en que preferimos ir a dormir y caminamos del pasillo al baño como otro ritual caprichoso que la vejez conmemora y enfatiza, desde la profanación del sepulcro de pastillas hasta la obligación de orinar pausadamente. Y encender la estufa, correr las frazadas, pedirle al menos silencio a las voces que no callan los recuerdos fatales. Y acostarnos. Definitivamente acostarnos, buscarnos con los dedos como si fuera nuestro último momento. Y despertar. Definitivamente volver a despertar para verla otra vez enredada entre las sábanas y las frazadas como la primera vez que faltó y la luz imprudente ocupó la ventana y calentó mis manos arrugadas buscando el recuerdo de su cuerpo tibio.       

Ramiro Bressan

Carmen Rolandelli | La Meresunda

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