EN LA ERA DE LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL | ¿HACIA DÓNDE VA EL TRABAJO HUMANO?

La pandemia mostró a los ojos del mundo las profundas consecuencias negativas que el injusto sistema económico de apropiación y destrucción vienen causando a la humanidad y al planeta.

El aumento de la desigualdad, el desempleo, la pobreza, el hambre, las enfermedades biológicas y mentales, y el deterioro ecológico agudizan la gravedad de una crisis de perspectivas devastadoras.

Crisis ahora recargada, por el desatado conflicto bélico entre Rusia y Ucrania cuya escalada geopolítica y dimensión global resulta impredecible a la luz de la concentración corporativa de la producción y comercialización de alimentos y energía.

En ese marco las corporaciones financieras y de negocios de alta tecnología intentan imponer un consenso ideológico de reseteo y preservación del capitalismo, haciendo foco en la cuarta revolución industrial basada en la innovación ilimitada del mundo digitalizado, la inteligencia artificial, las criptofinanzas, el emprendedurismo meritocrático, y el solucionismo tecnológico como nuevo paradigma de un nuevo orden económico-laboral.

Con millones de casos de informalidad, precarización y explotación, el nuevo contexto histórico nos obliga a resignificar tradicionales conceptos cristalizados en el tiempo como norma, como lo normal, como la aspiración consagrada en nuestra constitución nacional, en el artículo 14 bis.

¿A qué se llamará trabajo decente, con ingresos dignos, y con garantía de derechos para el trabajador en las nuevas realidades laborales que formatea el sistema para los próximos años?

¿Qué valor e importancia representará el trabajo en la identidad de las personas, en la expresión de sus capacidades, en su vida cotidiana, en sus necesidades y proyectos de crecimiento personal y familiar, sus relaciones sociales, y en el desarrollo armónico de las comunidades a las que pertenecen?

La Banquina entrevistó para este suplemento especial, a Carlos Custer, uno de los dirigentes sindicales más comprometidos en la lucha de los derechos de los trabajadores del estado en ATE y la CTA y de gran desempeño en la Confederación Latinoamericana de Trabajadores Estatales, y en la Central Latinoamericana de Trabajadores. Fue secretario general de la Confederación Mundial del Trabajo con sede en Bélgica en 1989, y representante en el Foro Consultivo Económico Social del Mercosur entre 1998 y 2013. Fue embajador en el Vaticano, designado por el expresidente Néstor Kirchner en 2003.

LB: ¿Que significa el trabajo hoy?

CC: El trabajo es inclusión. Es una cuestión esencial. Juan Pablo II decía: “Es la clave de la cuestión social”. El trabajo es un derecho y un deber. Aumenta la ciudadanía, la responsabilidad, la participación, la formación de una familia. Organiza la vida y ordena la sociedad.

LB: ¿Estos valores están presentes en la actual orientación económica global?

CC: La actual economía no está fundada en valores humanos, en valores esenciales como el trabajo. El Papa Francisco escribió: «Cuando el dinero es el que manda el hombre y el trabajo están devaluados». Vivimos en sociedades donde el lucro es el fin último de todo y no se considera que el trabajo es un elemento fundamental para estructurar una sociedad y un país basado en el desarrollo.

LB: ¿Cuáles son los grandes problemas actuales del mundo del trabajo?

CC: La primera es la concentración de la riqueza. Luego le sigue la robótica y la informática como tecnología reemplazante del trabajador y la tercera es la poca capacidad de los gobiernos para programar una economía que incluya al trabajo en una dimensión ética, social y ecológica-ambiental. Para ello hay que promover como dice la OIT el dialogo social tripartito en donde trabajadores, empresarios y estado establezcan salarios justos, igual salario para las mujeres que son discriminadas. El trabajo no es ni debiera ser una mercancía, no es un objeto de cambio. El trabajo es un valor superior. Nuestra constitución nacional es sabia en el artículo 14 bis que, asegura los derechos del trabajador. Pero deben darse condiciones económicas diferentes a una sola concepción capitalista. No nos oponemos al progreso tecnológico de la humanidad, pero hoy un robot, una máquina reemplaza a miles de trabajadores y hay que prepararse y pensar cambios sin excluir a la gente. La informática crea algunos trabajos o nuevos sistemas laborales, pero nunca va a alcanzar a reemplazar las cantidades de puestos de la era industrial convencional.

LB: ¿Entonces cómo va a ser el futuro del trabajo humano?

CC: Una cuestión principal es que la inversión privada no satisface la necesidad de trabajo. Hay mucha más demanda que lo que ofrece la nueva estructura tecnológica y económica. Ahí el Estado directa o indirectamente debe jugar un rol fundamental con la economía social o nueva economía para cubrir actividades que no contrata la empresa privada.

LB: ¿Qué hacer con la informalidad y la nueva economía popular que surge de los planes de asistencia estatal?

CC: Los planes cumplieron y cumplen a lo largo de las últimas crisis un papel de sostén en la emergencia, un subsidio que es un gran auxilio social. Pero estas ayudas deben tener una contraprestación con trabajo o actividad específica. Hay que transferirlo a trabajo organizado. Podrían formalizarse en cooperativas serias, contratadas por municipios o estados provinciales, y reconvertir desocupación en trabajo.

LB: ¿La idea de representación de la identidad trabajadora está contenida en la idea de pertenecer a un sindicato?

CC: Hoy esa identidad hay que ampliarla. No todos están sindicalizados. Hay muchas personas cuentapropistas, empresas recuperadas, cooperativas de servicio. Más que un movimiento sindical hay que hablar de nuevas organizaciones de un movimiento de trabajadores. El sindicalismo tradicional contiene a los trabajadores formales, bajo relación de dependencia que negocian en paritarias salarios y condiciones laborales. Pero hay millones de desocupados o trabajadores informales que hoy son representados por movimientos sociales que actúan en realidades territoriales y barriales de la economía social.

LB: ¿Cuál debiera ser el ámbito de negociación que incluya a las múltiples representaciones?

CC: Creo que es una cuestión social, económica y política. La economía necesita consumidores que muevan la rueda de la producción. No veo una sociedad democrática con cinco millones de desocupados, o informales rayanos con la miseria… La economía y la democracia necesitan aplicar medidas que favorezcan el trabajo humano para todos. Un intento institucional puede ser el Consejo Económico Social, donde democráticamente puedan encontrarse consensos y medidas en ese sentido.

LB: Desde el empresariado y sectores políticos se insiste siempre en la presión impositiva laboral, la rigidez de los convenios y la necesidad de flexibilización y reformas laborales. ¿Qué opina?

CC: Es verdad que hay propuestas distintas. Cuando los industriales se quejan por la pesada carga impositiva, yo miro otros países desarrollados y comparo. En la Argentina la carga tributaria laboral es la mitad de esos países. Por ejemplo, Bélgica es casi el doble que Argentina. Entiendo y se podrían analizar algunas situaciones sectoriales como pymes, pero las cargas laborales no son tan excesivas para considerar que un trabajador es caro en la Argentina. Si fuera así no se juntarían 380 mil millones de dólares sin declarar para enviar al exterior. Eso sale de empresas y se produce con trabajo argentino.

Gustavo Pérez Ruíz

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