UN SOL MÁS CÁLIDO

Saber escuchar. Creo que gran parte de este oficio que significa vivir, a veces, se reduce simplemente a eso… saber escuchar. Algo que pareciera tan sencillo como eso, no lo es. Todxs, quien más, quien menos, o la mayoría de las personas tratan de hacerse escuchar, siempre. De imponer sus «verdades», puntos de vista, etc., y no lo contrario. Como si alguien en este pandemónium en el que nos toca vivir tuviera la razón de algo. Nadie tiene la razón de nada, me parece. O mejor dicho, todxs la tienen. Porque la nada es el todo, y el todo es la nada; y esto que digo no es un simple juego de palabras. Siempre en una discusión, o intercambio de palabras, de pareceres todxs aquellxs que esgrimen sus puntos de vista tienen razón. Un poco, al menos. Y quizá totalmente desde el lugar en el que están parados para esgrimir aquello que dicen. Todo dependerá, en definitiva, desde que lugar unx habla…. Por eso es tan importante poder ponerse en el lugar de esx otrx; en sus zapatos. Para tratar no digo de entender –¿Por qué quien puede entender algo de esta vida? Posta. Yo no, al menos. Nada, les soy sincero– pero sí para poder comprender. Creo que si uno comprende de donde viene lo que viene suaviza un poco el intríngulis chíngulis de la comunicación, de la conexión. Resolver no resuelve nada. Dudo, desconfío de las recetas, todas, y mucho más aún de aquellas que se presuponen resolutivas de algo. Con que se desobture, y pueda el agua, como los tiempos correr… Que todo tenga su cauce natural basta. Al menos, a mí. Que la cosa, que las cosas fluyan. Incluso aquello que podemos creer que no, que no está fluyendo es un error, pienso, de nosotrxs por anquilosarnos en nuestra única mirada centrista, ombliguista, de no corrernos de nuestro punto de vista. Hay tantas verdades, y realidades, como personas latiendo… De allí a que unx pueda, quiera comulgar con ellas es otra cuestión.

Yo he sido, soy, incluso –a veces. No siempre. Con los años he ido aprendiendo el valor de saber callarme la boca– un gran conversador. Pero está bueno callar, y dejar que los otrxs hablen. Porque es tan importante, o quizás más –creo– saber leer que decir. Poder escuchar lo que te dice el otrx, el cual, de una forma u otra, nunca se queda calladx. Es así. Aún en el silencio hablamos. Incluso, cuando decimos otra cosa –consciente o inconscientemente– estamos hablando. El secreto –si es que lo hay– está en poder escuchar, leer, y relajarnos… Pero no relajarnos para que nos partan en cuatro –guarda. También hay mucha crueldad en el género humano. Podemos ser monstruosos– sino para saber, en esos momentos, en los que se intercepta tal comunicación, o no, conque bueyes andamos, o en que territorios, si son pantanosos, verdes o áridos….

Todxs somos unx. Es así, de una u otra forma. Por eso estamos siempre interrelacionadxs, nos guste, o no. Muchas veces se habla con el silencio. Con lo no dicho. Esto último, incluso, es más fuerte, y difícil de poder decodificarlo…. Quizás, aquí, varixs pueden pensar, pero cómo, vamos, es hasta más fácil poder leer, atravesar lo no dicho. Quizá, hasta me salgan, al respecto, con que para eso siempre es útil la intuición, que tenemos como humanos, pese a que estos siglos de «avance de la humanidad» le han hecho tanto daño. Digo, por la preponderancia de la ciencia de la razón, del pensamiento concreto y para nada volado, de la imposición de lo que se ve y no de lo que se siente, no de lo que te puede anticipar el corazón a través de ciertas señales, que podés aceptar o no. Ha ganado todo lo contrario más bien: el pensamiento cientificista, de la razón, el de las ciencias duras, del 2 más 2 son cuatro… Y así estamos.

En mi caso, lamento decir, que vaya a saber por qué, quizá ineptitud mía o que esté quemado, muy quemado; los años y, a veces, las personas –algunas, no todas por suerte– me han ido erosionando, y he perdido, por eso, en gran parte mi capacidad intuitiva. Se me ha atrofiado, mal que me pese. Algunas veces la tuve, pero siento que me han cascoteado tanto que se me ha arruinado la «antenita parabólica», digamos, que tenía para eso. Quizá, por eso ahora esté, ando, un poco a ciegas y a tientas. Y no tanto tampoco… Ya que prefiero quedarme encerrado, a no ser por mi hijo, mis padres, algunxs amigxs, y mis funciones y ensayos. Me solazo con eso, con ellxs. Son mi mundo. Y lo que hago –actuar, fundamentalmente– mi elemento. El oxígeno que necesito para vivir. Y callo.

Mientras tanto, cada vez más callado ando… Será mi mutismo el que hable, o lo que escriba, o lo que haga actuando, dirigiendo; ahí sí, hay gran parte de mí.

Callo, me siento en la notebook, en mi cuarto –como ahora– y escribo, y callo. Afuera el mundo, yo acá. Afuera y adentro, al mismo tiempo. El silencio es un decir –como les decía más arriba–…  y cerca, muy cerca, tengo siempre un bolso listo para la partida. Eso me pasó siempre, desde muy pibe. Digo con no decir, y observo y el bolsito cerca. La libertad de saber irse a tiempo. Siempre hay que hacerlo. Partir. Imposible no hacerlo, quedarse quieto… Hablar y callar, aunque siempre estamxs hablando; y el bolsito, la valija, la mochila, o lo que quieras, saber partir de todo, de todxs –de una u otra forma, la vida es un camino hacia eso. Más lento, sí… pero es eso– hasta que llegue alguna vez un sol, que torne todo un poco más cálido.

Marcelo Saltal

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