LA GRAN BELLEZA

“Mis ojos son pocos para mirar a tantas partes”
Cacique Juan Calfucurá, 1859.

La vieja dialéctica entre Naturaleza y Cultura renace cada vez. Lo dado y lo adquirido. El impresionante mundo natural y el maravilloso mundo artificial, por donde andamos a los tumbos, en torpe equilibrio. Hermosxs elefantes y elefantas en el bazar del universo. La vida haciéndose.

Era una fría mañana de enero, casi inverosímil, y al atravesar los metros de bosque que me separaban del lago me fue creciendo la ansiedad y la expectativa. Al llegar a aquel lugar por primera vez en mi vida, quedé extasiado ante un paisaje natural semejante, una emoción súbita me creció desde el fondo de las entrañas. La garganta se me cerró en un santiamén. Y lloré como un niño ante el verde inaudito de esas aguas maravillosas. Y el cielo. Aquel cielo merecía un Dios piadoso y sensible que lo habite. Un Dios humano, demasiado humano. Un Dios que fuera mujer. Una sola razón se imponía, unas palabras que me dije a mi mismo derrotando el vacío del profundo silencio, cómo no pude ver esto antes, dónde estaba, por dónde anduve tan perdido… Un espejo de hielo verdoso.

Siempre la cultura me atrajo más que la naturaleza, salvo honrosas excepciones. La vorágine constante de los trabajos y los días, la incidencia continua de los dispositivos sociales, la alienación imperceptible de las múltiples tareas humanas e inhumanas van deformando la percepción, nos van conduciendo a los mortales hacia laberintos rutinarios donde siempre se termina en la misma pérdida. Y es así como la vista se va domesticando tanto como la pasión. Y el gris reina en el país de las tinieblas, como en los años de plomo, cuando todo era ausencia y dolor.

En los ojos de la niñez, las miradas nuevas se cultivan de sorpresa en sorpresa. La opresión de lo obligatorio, la secuencia impuesta de tareas y mandatos va ordenando la vida, estructurando el deseo, amaestrando los cuerpos, encarcelando las almas. En el brutal reino de la desigualdad.

Pero llega un momento en el que hay que romper, voluntaria o involuntariamente con aquellas cadenas que apresan los sentidos.

Tal vez el secreto sea volver a la naturaleza, a lo grandioso de lo pequeño, a las múltiples posibilidades de un atardecer de fuego, que cada vez rompe hábitos y rutinas con la delicadeza de un ala traslúcida, del insecto más pequeño. Un cristal con vida.

A veces la naturaleza imita al arte, otras, lo enriquece hasta la locura.

Los lagos del Sur Argentino, los bosques y senderos, los caminos casi inexplorados, los cerros y montañas, los pájaros y las flores. Los árboles milenarios, los arroyos con aguas del Paraíso. Qué manera de quemar los ojos. La infinita gama de verdes y azules. Y el rojizo del cielo, esos cielos de novela. Y las estrellas rompiendo la noche y dejando sin aliento y sin habla a quien se atreve. Recónditos suburbios del mundo. Porque luego del desierto profundo, de aquella nada terrible e interminable, de pronto emerge un edén fulgurante. Aquella tierra mil veces despojada a sus dueños originarios, pero invicta en toda su preciosa gracia.

Tal vez uno de los secretos sea la combinación, muchas veces exquisita, de naturaleza, deseo y cultura. Un amanecer, una mirada dorada y una música increíble. Esos pianitos entre maderas que huelen a siglos. Cuando sobran todas las palabras nace una inmejorable melodía polifónica, ruiditos de la vida multiplicándose.

Ayúdame a mirar, como decía el poeta, porque es demasiada hermosura para tan pocos ojos. Como decía el Cacique abrumado de dolores y de paisajes bañados en sus sangres, Únicas joyas como la mirada de les hijes, o ciertas miradas del amor. Y entonces esos instantes de percepción intensa justifican todos los padeceres de este mundo. Las penas se sumergen en el olvido, hasta que ante el mínimo descuido irrumpe la persistente cola del diablo.

Detenerse en la contemplación de lo ínfimo, ya que la fragilidad de los cuerpos, la fragilidad de todo, nos obliga. Porque Todo pende de un hilo de coser, todo, como esas preciosas alas de mariposas que no resisten el mínimo contacto, el menor roce las pulveriza. Y otra vez el imperio de la nada.

Mirar hasta sentir un instante de eternidad. Aperire animan. Abrir el alma. Y ser extenso.

Fabián Del Core

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