ESCENAS DE VERANEO | 3

El viejo, sentado en su sillón de cintas de cara hacia la calle, hace foco achinando los ojos y apunta a las moscas que tiene a su alrededor, para matarlas con su paleta de plástico de amarillo descolorido. Entra a la casa en sombras y más fresca que la calle, y camina como examinando cada superficie, con los brazos cruzados a su espalda. En una de las manos lleva, por supuesto, la paleta matamoscas. En gestos súbitos, acecha mesas, sillas y rincones, yendo detrás de insectos que solo él ve y mascullando una puteada entre los labios.

En la vereda, al otro lado de la puerta ha quedado su mujer. Obesa, todas las tardes moja sus pies en la intimidad de su patio interno, en una palangana de un plástico tan viejo, grasiento y descolorido como el mango de la paleta matamoscas. Suda envuelta en sus ropas de raso y busca calmar, en salmuera, el dolor de sus tobillos hinchados. Aquí, en la puerta, intenta cada tanto e infructuosamente, cortar las uñas de sus pies. Con gestos repetidos y desacompasados, baja su cabeza en una frágil elongación, reparte el peso de su cuerpo en sus isquiones y vuelve a intentar una nueva conexión de sus extremidades. Con desazón, suspira agitada y vuelve a intentarlo. Sus glúteos sobrepasan y se traban entre los intersticios, envolviendo los caños del sillón.

En la puerta, un sauce mitad llorón y mitad eléctrico, da una sombra costosa y robusta, proyectada por la copa sobre la cual conviven el ansioso otoño que se anticipa en su amarillo por las hojas del llorón y el risueño verano en el verde fulgurante del eléctrico.

Y todo pasa en el enero de los calores soporíferos.

La mujer obesa se apantalla con un abanico artesanal paraguayo, confeccionado con hojas de palmeras que se entrecruzan formando una trama precisa, rígida y hermosa.

En tanto avanza la noche afuera, la supuesta oscuridad de la casa denota que no era tal. Adentro, unas luces se mueven de manera caótica y también, desacompasada. Proyectan luminiscencias a veces más largas, a veces más cortas, más tenues o más intensas, sin un patrón uniforme. Es la luz del televisor prendido, sin volumen, que rebota y que dibuja los contornos de los muebles de la casa y los hace aparecer y desaparecer como si fuesen una fantasmagoría.

El piso de la vereda es un reguero de moscas muertas y de hojas amarillas.

Lirio Rocha

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