BERNARDO BONACALZA | CUENTOS

Una enfermedad autoinmune que se manifiesta en la piel y devela heridas anteriores. En «Pénfigo vulgar crónico», el autor utiliza un ritmo (recurso) que deja al lector sin aliento. Imposible detenerse. Cada ampolla ulcerosa es una historia, una marca imposible de olvidar. Las llagas cubren otras llagas, ¿las de los fracasos, las de los desencuentros, las de la vergüenza? No hay máscaras, no hay «Angel face» que pueda cubrirlas.

¿El amor que no puede poseerse? (In the crest of the ol) Intrincarse en el deseo y la angustia que provoca esa certeza. Un narrador que sale de escena para ser espectador de su cruenta fantasía.

Bonacalza nos lleva, sin tapujos, por estos estados. Y lo hace con sutileza, precisión y oficio.

Carmen Rolandelli

BERNARDO BONALALZA

PÉNFIGO VULGAR CRÓNICO

Falta una hora para que llegue y estoy desnudo en el baño. Sesenta minutos. Si sumo cinco minutos que es la espera aceptada para que el dueño de casa no piense que la visita está desesperada, faltan sesenta y cinco minutos. Me gusta mucho por haberla visto sólo una vez en la milonga y haber charlado no más de una hora. Entonces sesenta y cinco minutos pueden parecer bastante. Ese no sería el problema: el verdadero y único problema es que mi cerebro está ramificando pensamientos a una velocidad que hace que dejen de ser pensamientos. Es decir, sesenta y cinco minutos son para mí una eternidad. En sesenta y cinco minutos entra la Historia de mi Eternidad. Pénfigo Vulgar Crónico, dijo mi dermatólogo. No se preocupe. A lo que yo traduje: estás hasta las manos. Es una enfermedad autoinmune no muy común pero perfectamente controlable con medicación. Mi traducción: sos un loco de remate que se autoflagela porque no puede superar su pasado. Vamos a probar con esta medicación durante un mes. De inmediato mi cerebro interpretó lo siguiente: es muy posible que esta pastillita no te haga un carajo pero, tengo que dártela para empezar a descartar ya que existen miles de otras pastillitas que pueden hacerte efecto, mientras buscate un nuevo nombre, como por ejemplo el «Increíble Hulk pero más feo» o el «Yeti con pus en todo el cuerpo». Pénfigo Vulgar Crónico, eso tengo. Qué buen nombre para una banda punk. Está noche en la Cresta Rock, presenta su último trabajo la legendaria banda PVC, Pénfigo Vulgar Crónico. Trato de ponerme una gasa en la espalda en una de las heridas más grandes que me salieron después de haberme rascado las ampollas mediante las cuales se manifiesta la enfermedad. A las otras lesiones las taparé con curitas y con un poco de Angel Face que me prestó mi hermana. Si ella me toca la espalda no sé qué voy a decirle. Transpiro por los movimientos de contorsionista que hago con los brazos para llegar a distintos puntos de mi cuerpo con la gasa y la cinta color piel. Temo que si sigo transpirando tenga que bañarme de nuevo y hacer todo esto otra vez, aunque más rápido. Enciendo el aire. Lo pongo a veintiuno. No hace tanto calor. Me miro una ampolla enorme en el muslo derecho y recuerdo que después de la separación de mis viejos perdí el amor propio y me transformé en un puercoespín al que le arrancaron todas sus espinas. La tapo con tres curitas. Debajo de mi tetilla tengo como otra tetilla, me pica muchísimo. Es esa vez que el loco me dijo que yo era un cagón, que no me pegaba porque era tan cagón que no valía la pena y me escupió en la cara. Le pongo un poco de Angel Face. No sé qué mierda tiene el Angel Face porque me pica el doble y además me arde pero, ya no se ve. Vuelvo a tener una sola tetilla izquierda. En la ingle estoy lleno de lastimaduras. Dormido me rasco un montón. La más grande debe ser de aquella oportunidad en que no corrí el colectivo por miedo a que la gente pensara que era un tarado que corría el colectivo, llegué cuarenta minutos tarde al examen y pude responder nada más que dos preguntas. A esa le pongo gasa. Desaparece. La gasa es suave y fresca. Es una caricia a mi cuerpo herido y caliente. Quisiera que ella llegue ya mismo con sus labios pintados de rojo, deje su cartera en el sillón sin sacarme la vista de encima, bese cada una de mis heridas y me diga con voz de Virginia Luque: Pequeño hermoso Hulk, no me importa tu pasado, no soy quién para juzgarte porque anduve a los sopapos con la vida yo también. Hace unos cuantos años me pasó algo que no quiero decir por más que lo tenga fijo en mi cabeza porque estoy seguro de que si lo digo me va a costar el doble hacer que desaparezca esa imagen obsesiva. Mucho Angel Face y lo tapo. Además, hay un motivo para quererte y cuidarte, me gustaría que continuase ella, se adivina con mirarte que no te han querido bien, y que me abrace y apoye sus dos manos heladas en mi espalda lastimada y yo hundiría mi cabeza de costado en su escote y lloraría y le besaría la cara, los labios y también le besaría el cabello, y ella me diría shhhhhhh como se le dice a los bebés para dormirlos y después me diría tranquiiilo, tranquiiiilo. Una vez que mi cuerpo logre un poco de paz, deseo que ella me envuelva en gasas. Envolvéme hasta que parezca una momia. Que ninguna parte de mi cuerpo quede en contacto con el afuera. Protección del mundo. Eso necesito. Que mis ojos, oscuros y violentos no vean nada. Así estarán mejor. Quiero solo sentirte. Y cuando esté listo, retirá las gasas de mi entrepierna. Entonces, hermosa dama. Hágame el amor. Treinta y cinco minutos para que llegue. Me siento en el sillón. Las dos manos en la cara. Las arrastro y llegan hasta mi nuca produciendo un leve escalofrío cuando pasan por mi pelo. Tranquilo, me dice una voz extraña que a su vez puedo juzgar como cercana ¿Tranquilo? ¿Qué es estar tranquilo? Necesito que el mundo se detenga por no sé cuánto tiempo para lograr tranquilidad y así y todo no estoy seguro de llegar a estar tranquilo. Lo mejor sería que esa palabra no existiese. Tranquilo. Una señorita, muy bonita ella, interesante e inteligente quizás esté maquillándose en este preciso instante con un poco de Angel Face para venir al encuentro de un hombre que en este preciso instante necesita un balde lleno de Angel Face. Me paro frente al espejo, si el amor fuese mirarse y hablarse desde un metro en un ambiente con poca luz no habría problema. Quizás si no prendo la luz de mi pieza y le digo que no me toque mucho. Tranquilo. Voy a la cocina, agarro las velas y unos platitos. Las prendo una a una, dejo caer la cera líquida, pego las velas, las distribuyo por toda la casa y apago las luces. Una gota de transpiración cae al piso. No, qué estoy haciendo. Esto parece la sala de una secta religiosa. Se va a pensar que soy un demente. Prendo las luces. Quince minutos. Me pongo de espaldas frente al Split. El aire frío me da de lleno. Cierro los ojos. Cuando se revientan las ampollas aparecen llagas con forma de una letra C que se agrandan con los días. C de caca. C de cagón. C de cómo mierda puedo estar tan podrido. C de carne. C de cuánto mal habré hecho yo también. C… de cantame al oído y haceme mucho bien. Tranquilo. Es imposible. Por lo menos ocho cosas, todas juntas y al mismo tiempo se amontonan en mi cabeza. No tiene sentido. No paran. Tenés que parar de pensar, eso tenés que hacer. Relajate. Ella lo va a entender. Ya somos grandes, todos tenemos nuestra cruz. No viene a encontrarse con un niño puro y sin pecados. Pecados. Acá están mis pecados, miralos, esta es mi cruz. Soy transparente. Pénfigo se llaman. Pénfigo Vulgar Crónico. No, no los toques, me da cosa. Sí, así de sincero y espontáneo. Eso. Le va a gustar ¿Y tú cruz? ¿Cuál es tu cruz? Contame. Yo voy a quererte como sos. Ya somos grandes ¿Tus padres? ¿No tenés padres? No importa, yo puedo darte el amor de hombre, de padre y de madre. Sí, te lo juro. Tengo todo el amor a punto de estallar. No te quedes ahí parada. Sentémonos en el sillón ¿Querés? ¿Que no me acerque? ¿Cómo que soy intocable? Pero yo pensé que quizás, nosotros dos… ¡No, no te vayas, se me va a ir, el doctor me dijo que se me va a ir! ¡Pará, trastornado, pará un poquito! ¿Quién te pensás que sos? Calmate o lo vas a arruinar todo. Inhalo profundo por la nariz y exhalo. De repente, me acuerdo de que tengo una lastimadura espantosa sin tapar en mi pantorrilla derecha. Ahí puede ir gasa. Cualquier cosa te quemaste con el caño de escape de una moto. Cinco minutos. Si no fuese por el Pénfigo. Me pongo el jean y la camisa con mucha delicadeza para no correr el maquillaje. Soy un monstruo con una linda camisa y un jean de buen calce. Perfume. Con mucho cuidado. Estoy listo. Un minuto. Me pica absolutamente todo el cuerpo. Ya no hay nada más que pueda hacer. Timbre. Quedo inmovilizado. En la pared, el reloj: diez y cinco de la noche. Dos timbrazos más. Miro la puerta y miro el baño. Camino hacia el baño, aunque no camino. Es el baño que me atrae como el reflujo de la marea y me lleva casi arrastrado. Agarro las gazas, la cinta, las curitas y el Angel Face. Estoy frente al equipo de música. Otro timbrazo. Un mensaje entra en mi celular. Doy play, subo el volumen y cierro los ojos. La furia del timbre tapa el sonido de los parlantes. Abro los ojos. Conecto los auriculares al equipo, me los pongo y apago el celular. Mis párpados caen. Todo se mueve. La música se mueve lento en mis oídos. Mis heridas se mueven y algún día sanarán. Mi cabeza se mueve entre mi memoria y la melodía. Yo solo quiero la melodía porque es ella la que me sostiene de pie. No voy a abrir los ojos otra vez, quiero seguir así. Así, hasta que mis manos hayan cubierto todo mi cuerpo con maquillaje.

IN THE CREST OF THE OL

Cuando empezamos a salir, algunos me felicitaron, otros disimularon la envidia detrás de la indiferencia; todos comprendieron que aquello terminaría muy mal. Yo cerré los ojos, imaginé que todo era bueno hasta que una piña en la nariz me hizo abrirlos de nuevo.

̶ Estás aburrido hoy dijiste ¿Por qué no me llamaste en estos días? ̶  y seguramente habías calculado cada una de esas palabras.

Porque no tenía ganas, tuve que haberte dicho. Pero vos y yo sabemos que eso en aquel momento era imposible y por lo tanto me limité a decir lo posible:

̶ Porque me gustás.

̶ Ay, qué mentiroso, relajate.

̶ ¿No me escuchaste? Me gustas y con las milongueras no se jode  ̶ me oí decir, como si declararse derrotado fuese el único en esta vida.

  ̶ ¿Porro o whisky?

̶ Porro.

̶ Te quiero relajado, tontito.

̶ Estoy tranquilo así.

El sexo fue memorable, aunque desparejo. Vos gozaste, Celeste. No me preguntes si lo recuerdo, aún lo siento. En cambio, yo no gocé, te admiré o te endiosé y no dormí en toda la noche. No conté ovejas, conté tus frases y mis estúpidas repuestas. Vos roncaste como se ronca después de tres whiskies dobles y tu gata no paró de mirarme en toda la noche. El desvelo me expulsó de la cama. Fui al baño. Revisé el mueble. Tenías una cantidad inimaginable de cosas. Vi un perfume de hombre y me fui. En el living, desde la ventana, miré por largo rato la calle. De tanto que miré, vi o imaginé a un hombre metiendo una valija en el baúl de su auto, cerrando el baúl, subiendo al auto y te vi a vos Celeste, te vi a vos en el asiento del acompañante y me sonreíste y me tiraste un beso. El hombre puso primera y se fueron. Caminé hasta tu habitación. Dormías profundo. Vaya uno a saber cuál fue el mecanismo mental que hizo que en mi cerebro apareciera la idea de despertarte con besos en la entrepierna. Solo recuerdo que no lo hice. Fui a la cocina, con los brazos estirados me apoyé en la mesada, cerré los ojos y torcí la cabeza hacia atrás. Fueron unos segundos. Levanté los párpados y mi campo visual alcanzó a detectar nuestras dos copas. Me moví hasta quedar enfrentado a ellas y se adueñó de mí tu imagen tomando el Malbec de la forma que vos tenías de hacerlo: ponías las puntas de los dedos en la parte de abajo del cáliz de la copa, la llevabas a tu boca y en el contacto con el cristal tus labios se hinchaban y el vino pasaba despacio. Me excité y tu gata me miraba, como las copas, como la ventana, como toda tu casa, Celeste. Apenas si había dormido una hora cuando sonó el despertador. 

̶ ¿Siempre dejas todo inconcluso?

̶ Son las ocho y veinte, Celeste. Tengo que pasar por casa antes de ir al laburo.

̶ Siempre dejás todo inconcluso.

̶ No Celeste, es que…

̶ Shhhh, vení, dame un besito.

Pasaron dos días y fuiste a mi casa. No quisiste sentarte en el sillón, nos tiramos al piso como lo hacíamos en tu departamento. Que no sé qué querés vos de mí, que me confundís, que sos raro; ya te dije que me gustás y que me cuido; qué cómo voy a gustarte si no me conocés; pobre de mí cuando te conozca; ay no digas boludeces, vamos a tu pieza. Los dos acabamos rapídisimo.

̶ ¿Qué es lo que peor te sale?

̶ Ehhh no sé ¿Por qué me preguntas eso, Celeste? ¿Y a vos, qué es lo que peor te sale?

̶ No podés responderme con la misma pregunta, Lautaro.

̶ No sé, qué sé yo. Tendría que pensarlo, Celeste.

̶ ¡Ay qué aburrido! Tenés tan poquitas palabras, pero tan poquitas.

La verdad es que en mi departamento no podía quedarme un minuto más junto a vos sin sentirme un trapo. Por eso insistí en ir a la Milonga. Ahí éramos habitués. La gente y el vino se te acercaban. En el fondo del pasillo estaba El Zorzal, mi amigo cantor y trotskista ¿Te acordás de él?

─Zorzal, me quedo callado, boludo.

─¿Cómo que te quedás callado?

─Mudo, me quedo mudo, Zorzal. Me desencaja siempre. El otro día estábamos entrando en calor, de repente paró de besarme y me pregunta: ¿A que no sabés qué quiero ahora? Yo le respondí que quería que la besase más abajo ¿Y qué me respondió? Vos no me entendés. Y no, no la entiendo, Zorzal.

─Hacé una cosa: cuando te salga con alguna de esas, vos mirás para adelante a un punto fijo y empezás a hablar en alguno de los idiomas raros que sabés, como si estuvieras poseído. Vamos a ver quién no entiende a quién.

─Zorzal, adelante de ella me quedo mudo en todos los idiomas.

De espaldas al balcón que daba a la calle, mi amigo cantaba Balada para mi muerte. Sentados en el piso, alejados de la gente, te dije algo al oído. Me callaste en seco y te dije chúpamela. Cuando quieras, dijiste inclinándote hacia mí, sin mirarme. Era viernes, al otro día no laburaba ninguno de los dos. En tu casa puteaste cuando revisaste la alacena y te diste cuenta de que te habías olvidado de reponer el whisky y el porro. ¡Hay que ser pelotuda! dijiste. Abriste una puerta, arrebataste un pisco y fuiste hacia mí. De un bolsillo sacaste una pastilla y me la pasaste. Yo miré la palma de mi mano y te miré. Le diste un trago al pisco, arqueaste las cejas, levantaste el pulgar de la mano con la que sostenías la botella y dijiste: mitad para cada uno. Era obligatorio, como esas casas de gente obsesiva con la limpieza en las cuales tenés que sacarte el calzado para entrar sí o sí, en la tuya era al revés: uno tenía que ensuciarse, retroceder a un estado salvaje para poder permanecer. Quería hablar, la lengua se me trababa, la única forma de comunicarte algo era cerrando los ojos. Si los cerraba todo me daba vueltas, pero por sobre todo tenía miedo de no ver qué hacías con tu cara.

─Si sabes besar, no necesitas hacer fuerza, la mujer va sola─ dijiste.

No llegué ni a procesar tus palabras, ni siquiera sé si entendí algo.

─¿Vos me escuchás cuando yo te hablo, Lautaro?

̶ No sé, Celeste ̶ dije haciendo un esfuerzo descomunal.

̶ ¡Nunca sabés nada, pendejo! A ver ¿Qué hacés si en este momento mi gata te ataca?

̶ Tu gata.

̶ ¡Sí! ¡Mi gata!

̶ ¿Qué le pasó a tu gata? Está ahí tu gata, me mira, como siempre.

̶ ¿¡Le das una patada para que aprenda o no!?

̶ No creo Celeste, no sé─ dije.

Tuvimos sexo totalmente drogados y borrachos.

─Ay me das risa, perdóname que te diga─dijiste.

─¿Y ahora qué pasa, Celeste?

─Volví del baño y tenés puesto el bóxer.

─¿Y qué tiene?

─Me da risa ¿Tenés vergüenza que te lo pusiste?

─¡Qué sé yo, Celeste! ¡No lo pensé, me lo puse y listo!

Revoleaste los ojos, respiraste hondo, largaste el aire por tu boca como un búfalo, me diste la espalda y te pusiste a guardar ropa en el placard.

─¡Me lo puse porque me gusta que me lo saques!

─Ahí está, me hubieses dicho eso y no “qué sé yo, Celeste” ¿Y cuándo me vas a despertar sin pedir permiso?

─¿Qué?

─Que no pidas permiso, siempre que venís pedís permiso acá, permiso allá. Permisito te voy a decir.

Esa noche, otra vez insomnio y otra vez tu gata sobre la punta de la cama. Cada tanto yo la miraba de reojo ¿Qué le dijiste? ¿Qué carajo le hiciste a ese peludo para qué me controlara como lo hacía, Celeste? No me moví de la cama en toda la noche. El sol del sábado empezaba a asomar y la gata, como quien termina su turno de guardia, se puso en cuatro patas, giró sobre sí, paró la cola con gesto elegante y se fue. Yo me incorporé, me desplacé en extremo silencio para que mis pies en el roce con el piso quisieran absorber el más mínimo ruido.

─Ch, ch ¿Qué hacés?─ dijiste, con tono suave y asesino.

─Iba a levantar un poco la persiana─ dije.

Entonces, pasó lo que pasó. Te abriste de piernas, esas piernas blancas. No tenías bombacha y dijiste:

─¿Para qué querés luz?

─Ya es de día, Celeste.

Con un un movimiento armónico las abriste un poco más, me preguntaste si ahora sí veía la luz y me dijiste, envolviendo tu mano y dejando estirado tu dedo índice en dirección a tu entrepierna, que siguiese esa luz agachadito, así dijiste, agachadito y gateando. Yo me puse en cuatro patas, me arrastré callado y subí a la cama gateando. Te miré, tenías los ojos cerrados y al igual que el hombre que busca calor en la última estrella que brilla tibia en el cielo, me tiré de cabeza adentro de tu luz.

─¿Qué hacés mañana?─dije en un intento desesperado por controlar la conversación

─Salgo con un compañerito de laburo a ver una banda─dijiste leyendo una revista y jugando con un rulo de tu pelo.

─Ahhh.

─¿Qué pasa? Te cambió la cara.

─No me pasa nada, Celeste.

─Mmmm chiquito, te enojaste. Es un pibito que hace un montón me invita a recitales, y bueno, esta banda me gusta y le dije que sí.

─Está todo bien Celeste, no me aclares nada.

─¡Aayyyy! ¡Es un chiste, Lautaro! No salgo con nadie ¡Cómo me gustaría que te enojes y me cojas bien enojado! 

 ̶ ¿Y? ¿te enojaste? ̶  dijo El Zorzal.

̶ No. Me di vuelta y me fui.

̶ Andate.

̶ Si te digo que me fui.

̶ No, no. Andate de ahí. Desaparecé. Terminá con eso.

̶ ¡Pero Zorzal! ¿¡No entendés que me gusta mucho!?

Lo que mi amigo dijo a continuación no lo entendí. Él dijo algo que era para este Lautaro, para el que escribe ahora, para que yo después de mucho tiempo pudiese ponerte un nombre, Celeste.

̶ Mirá hermano, algo funciona mal en la dialéctica de tu alma– dijo mi amigo  ̶ Vos sos un tipo muy pasional y semejante generosidad en el sentimiento tiene que tener su antítesis, la parte contraria que escatime el amor y que lo guarde para gastarlo en la hora y el lugar indicados. No podés andar así por la vida regalando tu corazón a quien no se lo merece. Vos estás in the crest of the ol ¿Se entiende?

̶ No me sermonees, Zorzal.

̶ ¿Ves esa pared? ─dijo y la señaló con el dedo.

̶ ¿Qué mierda tiene que ver esa pared con Celeste?

̶ Esos ladrillos, uno arriba del otro, entienden más que vos.

Un ladrillo arriba del otro, Celeste. Tu edificio era una muralla de ladrillos impenetrables. Yo, otra vez apreté el botón de tu departamento en el tablero.

─¿Qué te pasa, tontito?

̶ ¿Por qué?

̶ Te toco y no me tocás ¿Ya no te caliento más?

̶ Estoy cansado, Celeste.

̶ ¿De qué estás cansado? ¿Qué te pasa?

̶ Nada, Celeste.

̶ ¡Tocame entonces! ─ gritaste.

Sentado en la punta de tu cama, permanecí callado ¿Te acordás?

̶ ¿Sabés lo que te pasa a vos?

̶ ¿Qué me pasa?

En ese mismo momento, tu gata pasó por al lado mío o pegó un salto, me dejó un rasguñó imperceptible y siguió de largo. Todavía lo recuerdo. Puedo salir de la escena y ponerme de espectador. Lautaro, se encoge de hombros, da un pequeño, se toma el pecho con la mano y de su boca se escapa un suspiro instintivo, de miedo. Sí, lo que veo es patético. Una gata pasa, le deja una marquita en la piel a un hombre y este se asusta en vez de tirar un manotazo o putear al aire. La escena avanza. Lautaro te mira, vos lo mirás, te mordés el labio inferior y movés tu cabeza negativamente, incrédula ante lo que acabas de ver. Te das vuelta y te dormís. Ahora estamos despiertos tu gata y yo. En mi fantasía imagino que me paro, avanzo hacia ella, le doy una patada en el lomo que la estampa contra la pared y cae al piso medio grogui. La agarro del cogote, le aprieto los cachetes con mis dedos índice y gordo para que se le abra bien la boca, le encajo el pico de una de tus botellas y le lleno la panza de whisky. En su última agonía empiezo a hablarle ¿Sabés lo qué vamos a hacer ahora, linda gatita? Yo voy a sentarme en la cama, vos vas a venir corriendo y vas a rasguñarme sin parar ¿Te parece bien? Pero no responde ¿Ah, no te animás? ¿Sabés por qué no te animás? ¡Porque sos una gata de mierda! ¡Por eso no te animás! Una vez que no respira, la agarro por la cola, chorrea whisky, la llevo hasta tu balcón, la revoleo, la lanzo y la veo volar hasta que desaparece en el cielo negro. En la realidad no hago nada de eso. Lo que sí puedo hacer es erguirme, salir de la cama y pasar por al lado de tu gata. Camino hasta la cocina y de un cajón saco un cuchillo. En tu otra pieza abro el placard, lo clavo en la puerta y lo arrastro para abajo hasta dejarle una cicatriz a la madera. Retrocedo, mi espalda se sostiene contra la pared, mis piernas se flexionan y sentado me quedo dormido en medio de un llanto que se ahoga en el silencio de la noche.

Bernardo Bonacalza

Carmen Rolandelli

"La Meresunda"

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