GARDEL

Carlitos, El Mudo, el Mago, el Morocho del Abasto, el Troesma, el que cada día canta mejor, el hombre con una lágrima en la garganta, el bronce que sonríe, el Zorzal criollo, el Alma que canta. Cuando sos Inmortal ningún elogio es desmedido, y así nace el mito eterno de un genio inigualable. ¿Sobran calificativos? Puede ser, tal vez lo único que hay que hacer es Silencio y escucharlo, todo, siempre.

Ya de chico me asomé, sin querer, a sus canciones. Tal vez la curiosidad de niño que aún conservo, ese querer saber el porqué de tanta gloria que abrazaba al Cantor de cantores. El tango en general era la música de fondo de mi infancia, más que el folklore, más que cualquier otra cosa. La radio sonaba siempre con lo mejor y lo peor de un género vastísimo. De tanto escuchar, a veces, uno aprende.

La radio del Tío Negro lo tenía de visitante ilustre, la foto de Carlitos vestido de gaucho en las cocinas, las estampitas en los altares populares junto a Evita y la Madre María, los discos gastados de tanto hacerlo cantar. Una presencia mítica y cotidiana. Y cada nuevo tango, una sorpresa y una renovada emoción al descubrir las infinitas artimañas del Mago, esa lágrima melodiosa y sensible hecha voz. La amargura en su gola prodigiosa encierra todo el dolor del mundo. La esperanza, aún en el desgarro, hace bella la vida. Cuando el Alma que canta dice que no existirá el dolor, nos hace sentir que así será. Y un nuevo amanecer es la más pura promesa de felicidad.

El mejor de todos, pero de todos. Desde Caruso hasta Chaplin lo confesaron. Pasando por Piazzola y Troilo, hasta Pugliese y Salgán. El elogio unánime lo visita siempre. En su boca, en su gola inmaculada, hasta los tangos más horribles, se convierten en obras de arte. Un adiós en la modulación del Zorzal, es más adiós, hasta el desgarro. Y la palabra Amor llena el mundo de quien la escucha.

Como decía Marechal en Adán Buenosayres acerca del Joven taciturno «peinado hasta la locura». Así era Carlos, ese pibito de Toulouse nacido en la pobreza, como aquel joven de película. Ese pelo engominado contrastando con el blanquísimo piano de sus dientes, que al asomar prometen una celebración única. Una armonía de delicias.

Su pasión por los «burros» colaboró con la imposibilidad de gran fortuna y si algún amigo le preguntaba al respecto, el Morocho de la sonrisa eterna le respondía, sabés qué pasa hermano, siempre me gustaron las mujeres ligeras y los caballos lentos…

Si jugás bien a algo, sos Gardel. Si sos rápido para los números, sos Gardel. Si escribís bien, sos Gardel. Si tenés alguna destreza física o artística, sos Gardel. Pero, si cantás bien, pasa algo extraordinario, y esto lo saben todos, podes ser Sinatra, el Polaco Goyeneche, Tony Bennett o Jacques Brel, pero jamás ser Gardel. Hasta los más grandes lo admitieron con resignación y admirada certeza. Carlitos era único, lo seguirá siendo por los siglos de los siglos.

Cada vez que, en cualquier tango, el Maestro dice «boca», el término se corporiza y adquiere vida propia, y besa todo lo que toca, todo oído que la escucha y así funda el tango, con un arte único. Una forma de decir insuperable. Y refunda el lenguaje, el idioma del sentir. El más universal de los criollos.

La muerte prematura llevó hasta el delirio los alcances de su magia, de lo que pudo haber sido y el dolor de ya no ser. El peregrinaje inaudito de sus despojos hasta llegar a su Buenos Aires querido, da cuenta de la magnitud del personaje. Los mil relatos de sus hazañas vocales y de las otras, todos sus gestos de generosidad con propios y extraños. Las innumerables aventuras amorosas, las que fueron y las que no, hasta convertirse en una pasión Argentina.

Carlos, vos sí que sos Gardel.

Fabián Del Core

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