EL POZO

En torno al trabajo realizado por el Equipo de Investigación por la Memoria Político Cultural dirigido por la Lic. Silvia Bianchi U.N.R.

Sabía que estaba allí. Entre la resignación gris de la higuera y las cañas que dibujaban monstruos con sus raíces tortuosas. Más allá del gallinero y de la confiable semblanza del aljibe. Era un «no lugar» cimentado en la espesura. Una amenaza que poblaba las pesadillas de mi infancia y colmaba de adrenalina las tardes en las que me arriesgaba hasta sus umbrales como se transitan los arrabales peligrosos. No sé quién me lo había señalado primero. Ese señalamiento protector se pierde, ahora, en el tiempo y la distancia. Pero tengo la sensación de que siempre acompañó mi vida como una sombra conspicua. No faltaban las historias que lo adornaban de terror y misterio, los niños desaparecidos en sus fauces, los animales tragados por una tierra engañosa que no daba tregua a su voracidad. Era un «pozo ciego» y en las representaciones de mi imaginación temprana tenía vida propia. Por las noches, seguramente, se cambiaba de sitio para atrapar a sus víctimas por sorpresa.

En realidad, nunca pude llegar hasta sus bordes. Un sudor helado trazaba serpientes en mi espalda cuando aún estaba a metros de la zona de restricción. Ni siquiera supe si esos bordes existían. Más de una vez soñé con que la tierra se abría a mis pies y sentí el vértigo brutal de la caída a su universo oscuro. Era, sin dudas, una prefiguración de lo siniestro, «… aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás» (Freud, 1919, pág. 2484) que volvería a hacerse, lamentablemente, vigente muchos años después remitiendo siempre a los mismos temores infantiles. Constituido en la metonimia de lo subterráneo, lo oculto y lo tenebroso, quedaba muy lejos de la curiosidad de Alicia y no anticipaba, por cierto, ningún país de maravillas.

De la misma manera en que se susurraba su peligro, me llegaron, luego, otros pavores. En mi adolescencia, a puertas cerradas y con las persianas trabadas, volví a escuchar otras historias de personas desaparecidas «como si se las hubiera tragado la tierra».

Este término letal se erigió, entonces, en una incógnita fundamental que, de algún modo, condensaba las formas más solapadas de la violencia política.

La figura del «desaparecido» generaba una ambigüedad intencionada ya que su predicación aludía a la ausencia, pero eludía la especificación del rol semántico (agente o paciente) del sujeto del enunciado. Esta es la forma lingüística que adoptó la última dictadura cívico militar para no asumir responsabilidad sobre los secuestros seguidos de muerte. Fue por primera vez en Venezuela (Caracas, 1977) que los militares argentinos reconocieron la existencia (paradójica) de los «desaparecidos». Ante la insistencia de la prensa internacional el Dictador Jorge Rafael Videla dijo: «Carecería de sentido ético que yo quisiera ocultar, a través de esta pregunta que usted me hace y a través de las manifestaciones en Argentina, que en nuestro país han desaparecido personas. Esa es una tristísima realidad, pero que, objetivamente, debemos reconocer. Tal vez lo difícil sea explicar el porqué y por vía de quién esas personas han desaparecido». En esa oportunidad sugirió, entre otras alternativas, que habrían «pasado a la clandestinidad».

La definición más siniestra del término «desaparecido» fue proclamada, también, por Videla cuando sostuvo que «Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial. Es una incógnita. Es un desaparecido. No tiene entidad. No está ni vivo ni muerto. Está desaparecido».

Así la asociación de los «desaparecidos» y el pozo que tanto me había perseguido minó no sólo mi mente sino el imaginario colectivo sembrando el espanto como arma de dominación.

Ya no era la amenazada de aquel pozo ciego perdido en el fondo del patio sino cientos de pozos que se abrían en los lugares más inesperados.

Como señala María Seoane («El Golpe del 76» en Memoria en Construcción: el debate sobre la ESMA) se implementó, en nuestro país, «…el terror de Estado» y se montaron «…a lo largo y ancho de la Argentina unos 520 campos clandestinos de detención, muchos más que los necesitados por el nazismo, bajo control militar, donde se hacía desaparecer, se torturaba y se asesinaba a los opositores…». «Datos oficiales calculan en 14.000 los desaparecidos o muertos; los organismos de derechos humanos calculan unos 30.000. Hubo unos 10.000 presos políticos y cerca de 300.000 exilados. Hubo unos 300 adolescentes desaparecidos y unos 500 niños fueron secuestrados junto con sus padres y robados por los militares después de nacer en los centros clandestinos de detención».

Recibieron, precisamente, el nombre de POZO los centros clandestinos de detención que estaban instalados en los subsuelos de algunas instituciones no menos truculentas. Por esos «chupaderos» (Pozo de Bánfield, Pozo de Quilmes, etc.) pasaron miles de «desaparecidos» que fueron torturados y hasta asesinados. Sus paredes saben de la desesperación y atesoran las pruebas de tanta ignominia.

De este modo, el Estado genocida ilegalizando el uso «legal» de la violencia que lo fundamenta, convierte el terrorismo «oficial» en la más aberrante manifestación de la violencia política y en la forma más despiadada y brutal de violar los derechos humanos.

Las dos referencias más importantes que tuve sobre «El Pozo» de Rosario, situado en la esquina de San Lorenzo y Dorrego, se vinculan de algún, modo con mi labor académica.

En 1985 era ayudante alumno de una cátedra de la Carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes. Como era el único ayudante hombre me habían asignado «lidiar» con la comisión de la noche a la que asistían los más «conflictivos» y «revoltosos». Era un grupo muy heterogéneo de alumnos (mucho de ellos mayores que yo) que retornaban a la Universidad con la democracia. Como en mi infancia, alguien (de cuyo nombre no voy a olvidarme) extendió su dedo inquisidor para advertirme de que «ése trabaja en el puerto», «aquél es un activista», «el otro cuestiona todo», «ésa estuvo desaparecida» …

De todos los estigmas sembrados con tanta ligereza e impunidad, el que más me conmovió fue el constituido por el enunciado: estar-desaparecida. Si la sintaxis de esta frase resultaba perturbadora, mucho más lo era aún la presencia de alguien que básicamente se definía por la ausencia. Alguien que había sido «tragada por la tierra» y vuelta a la superficie para testimoniar los infortunios del submundo. Yo era, por entonces, muy joven y esta «desaparecida», una persona poco mayor que yo, delgada y vivaz con un pelo corto y desafiante, que no estaba dispuesta a pasar inadvertida. Sin que ella lo supiera, la miraba con mucha angustia y algo de admiración. La condena del dedo delator que había pretendido prevenirme de algún daño posible, lejos de alejarme me acercaba. Algo me aunaba con esa joven que no sólo había sido víctima de la dictadura, sino que era, por entonces, víctimas de las miradas condenatorias de la sociedad.  Ella había estado en El Pozo, había sido sometida a vejaciones, violaciones y torturas, y había podido retornar para evitar el olvido. Me dolía pensar en su dolor. No sólo en el vivido en el pasado sino el presente. Entendí, como dijo Sartre que «el infierno es la mirada de los otros», de esos otros que pensaban que «algo habrá hecho para caer» y/o que «a alguien habrá delatado para sobrevivir». Y entendí, como cuando imaginaba lo desconocido extasiado en el aljibe, que no hay escapatoria a lo siniestro.

La joven de ojos enormes y actitud indeclinable dejó luego la carrera y nos vimos esporádicamente en alguna marcha, en algún emprendimiento social… Ella nunca supo lo importante que fue para mi formación y yo nunca supe, hasta que leí su testimonio, el horror que había transitado.

Muchos años después El Pozo volvió a alcanzarme. Estaba en mi casa pasando canales con el control remoto hasta que me pareció ver a mis alumnos de antropología en un programa de Gastón Pauls. Eran, efectivamente ellos, descendían por una escalera angosta. Estaban con Silvia Bianchi realizando una de las experiencias de investigación más importante que recuerdo en mis años de docencia. Me emocionó ver esas caras conocidas e inocentes reconstruyendo un pasado que me avergonzaba. Y me sentí orgulloso de ellos. Debo confesar que envidié la posibilidad que, como alumnos, tenían de participar de ese proyecto. Llamé a Silvia, la felicité por su labor y le pedí que contara conmigo para lo que necesitara porque en el, a veces estéril, mundo universitario, los caminos son muy difíciles y ciertas compañías se celebran.  

Supe así de otros sobrevivientes y de la necesidad de escuchar sus relatos para llenar de sentidos el vacío no sólo de El Pozo sino el que generaba la sociedad toda.

Siguiendo a Horacio González («Las sombras del edificio: construcción y anticonstrucción» en Memoria en Construcción: el debate sobre la ESMA) podemos decir que «De alguna manera, el vacío supondría –estábamos por escribir representaría- la posibilidad de señalar la ausencia de aquello que fue arrebatado por el horror.

El horror mismo se pondría en términos de lo inefable o de lo indescriptible, en la medida en que para producirse debe afectar radicalmente los pilares de la narración y el conocimiento. Entonces, lo vacío, lo ausente, serían figuras necesarias de lo inconmensurable, de lo privado de palabras e imposibilitado de montar relatos comunicables. El horror es lo incomunicable y lo lleno de sentido al punto de la extenuación. Al liquidar las bases de su propia comprensión y de la comprensión ajena, sólo puede ser evocado a través de la naturaleza del vacío o del vacío de la naturaleza».

Será, por lo tanto, a partir de cargar de palabras este vacío impronunciable que tendrá lugar el reconocimiento del pasado. La ausencia (de cuerpos y registros) se constituye en el germen de la búsqueda incansable de justicia y en la consolidación de un interrogante central: ¿cómo nombrar el horror en el proceso de construcción de la memoria?

La modificación de estos lugares de detención y muerte ha generado numerosas polémicas. A nivel nacional, la pregunta acerca de qué hacer en y con estos espacios promovió muchas y variadas respuestas. Los organismos de derechos humanos, las instituciones oficiales y los sobrevivientes han realizado diferentes propuestas. La Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos pidió, por ejemplo, respecto del destino de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) «Que no se produzca ningún cambio al tejido histórico de valor cultural» (Memoria en Construcción: el debate sobre la ESMA).

La investigación que este libro, resultado de la investigación a la que nos referimos, resulta una buena respuesta a la pregunta acerca de qué se hace con los escombros del dolor. Los testimonios que aquí se registran rompen con la impunidad de los pactos de silencio, inventan una nueva arqueología y evidencian la necesidad de consolidar la memoria histórica a partir de un debate serio.

«Sobre el horror sembremos vida» dicen muchos y proponen convertir los campos de concentración y exterminio en centros de exposiciones, estadios para conciertos de rock, ámbitos de recreación o plazas cívicas. De este modo, a la luz de las «mejores intenciones» se transforman los espacios, se borran las pruebas, se clausura la posibilidad de nuevas investigaciones y reconocimientos. El olvido se agazapa en la memoria esquiva y puede jugarnos, como siempre, una mala pasada.

El libro EL POZO transita otro camino. Es un hilo de Ariadna que nos permite descender para superarnos, conocer para crecer. Nos enseña cómo llegar a buen puerto sin necesidad de «mirar para otro lado» ni de «cambiar de vereda» para evitar el horror. Es, de algún modo, un cuaderno de bitácora de un viaje hacia nosotros mismo. Una «bajada» al pasado que no por reprimido deja de imponerse. Nos posiciona en «la vereda de la historia», de esa historia que sólo puede contarse con las mismas voces que fueron silenciadas. De aquí la importancia de los relatos testimoniales ya que sólo estas formas de «decirnos» permitirán tejer la trama de nuestra identidad y nuestra historia, identidad que se afirma en el respeto e historia que se construye por un entrecruzamiento de voces que luchan por ser reconocidas en un acto permanente de narración. Si la historia es «una novela verdadera» (Veyne, P., 1972 y White, H., 1987) y el hecho histórico se construye de diferentes maneras según la óptica, los intereses, las experiencias de cada «cronista» que va delimitando los acontecimientos sociales a partir de sus estrategias discursivas y políticas, el gran hallazgo de este libro es dejar que los testimonios hablen por sí. De este modo, no es un único narrador el «dueño» de la verdad, sino que el relato verosímil que llamamos historia es el fruto de la pluralidad de voces. Como dice una canción muy popular en Argentina «…si a la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia…» y más aún, no hay «otra historia» sino otras historias que, como las que se manifiestan a través de este libro, intentan romper con lo inenarrable del «genocidio simbólico». Así, las historias de vida se constituyen en documentos fundamentales para una recuperación intersubjetiva del pasado reciente, y la figura del «sobreviviente» permite entablar el diálogo truncado por la conceptualización misma del «desaparecido». El sobreviviente, con toda su humanidad e ideología, es el interlocutor que las nuevas generaciones necesitan para hablar el pasado. Y el espacio conjuntamente transitado de El pozo, el desencadenante de una memoria corporal que permite reconstruirlo.  

Recorrer sus páginas exige mucha valentía. Como en un laberinto sinuoso las sensaciones más conmovedoras nos esperan en el filo de cada palabra. Es un camino doloroso, pero necesario, que, por suerte, no transitaremos solos.

Rodolfo Raúl Hachén

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