ANTEPASADOS

Vengo de todos lados y de ninguna parte, sin brújula por los caminos, siguiendo a los Astros de un tal Copérnico. Mis antepasados, caballeros andantes de los cuatro vientos. Dos por tres pasa algún antepasado volando, créanme. A veces solían perderse en alguna encrucijada, pero hoy estamos aquí, mañana allá, pasado quien sabe. Soy bichozno nieto de juglares, saltimbanquis, que no precisamente saltaban bancos; algunos saltaban toros, ustedes han visto lo que son los cuernos del toro. Mimos, volatineros, farsantes, cómicos, equilibristas, titiriteros, adiestradores de osos, monos, peces y langostas. Mi abuelo Tiburcio tenía un mono que fumaba, hacía malabares y se tiraba pedos. Cada vez que nombraban al alcalde hacía la gracia. Muy inteligente el mono, pero carísimo, kilos de banana frita comía. La banana frita era para lograr su gracia. Pero el espectáculo central que todos querían ver era la historia local. Ellos llegaban al nuevo pueblo y de inmediato se empapaban de sucesos del lugar, porque el repertorio se construía con chismes y hechos reales que habían sucedido o estaban por suceder en el pueblo. La mayoría eran cuentos de alcobas, enredos de camas. La intriga, el deseo, la vida y la muerte misma comparten el mismo lecho, decían en la presentación del espectáculo.

Como lo que me contó mi abuelo, de lo sucedido en Chacabuco al joven obrero de la curtiembre Jacinto Giménez allá por el año 1937… Que estuvo dos largas y definitivas horas viviendo debajo de los elásticos de la cama de doña María Delia Arredo de Vilich, su amante. Resulta que don Elvio Vilich, el más próspero comerciante del pueblo volvió de una cacería, enfermo, antes de lo previsto. Donde minutos antes Jacinto había sido protagonista de suspiros y gemidos, ahora se oían las toses y maldiciones de don Elvio.

Jacinto tuvo la peor de las sensaciones cuando vio a su lado la escupidera enlozada. María Delia cada dos minutos entraba y salía nerviosa, el joven veía sus pantorrillas blancas y suaves que justificaban los sinsabores de la ocasión. Mas tarde cuando don Elvio estiró su mano por debajo de la cama, Jacinto le dio un empujoncito a la taza de noche para facilitarle el asunto en cuestión. Luego, la acción misma y la taza que vuelve torpemente hasta sus narices, no sin alguna que otra salpicadura. Jacinto, desnudo, abrazado a sus pertenencias había salido airoso de este trance delicado. María Delia que le insiste a su marido de ir al médico.

–¡Que venga él! ¡Con lo que cobra, que se la gane!– bramó don Elvio. La mujer salió diciendo que llamaría al doctor.

La cama de bronce se destacaba por su pretenciosa cabecera adornada con motivos de guirnaldas, flores y lazos de latón. El elástico se hundía peligrosamente en cada movimiento de Vilich, llegando en ocasiones a rozar el cuerpo del ya arrepentido Jacinto. Cuando parecía, al fin, que el vecino de arriba se había dormido, el amante intentó salirse, pero golpearon, era el médico.

–Hace como dos horas que estoy en cama, ya ni me aguanto, doctor– se quejó el comerciante.  

–Entonces ¿qué queda para mí?– Se oyó decir a la voz de Jacinto desde abajo de la cama. Ni el médico pudo evitar que de un salto don Elvio tomara del cajón de su mesa de luz un trabuco y le disparara a Jacinto que ya había llegado hasta la puerta.

Fernando Crespi

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