DE FAROS Y APARICIONES

Los relatos de aventuras suelen ubicarse en el casillero correspondiente a la llamada «literatura infantojuvenil», según una categorización por edades. Como la mayoría de las clasificaciones, no está exenta de cierto capricho (pueden comprobarlo al leer «El idioma analítico de John Wilkins» de un tal Jorge Luis Borges), aunque ligar la aventura con esa edad en que se termina la infancia y se inicia la juventud resulta bastante atinado si nos remitimos al viaje del héroe que propone Joseph Campbell. La «llamada a la aventura» y «el cruce del primer umbral» del héroe del relato mítico o de aventuras también son constitutivas de la juventud temprana con la salida de la casa primero y del barrio después. De todos modos, más allá de las discutibles taxonomías, este tipo de relatos puede disfrutarse a cualquier edad.

Las aventuras están ligadas a las exploraciones, a los descubrimientos, por añadidura se emparentan también con las crónicas de viajes. Sus protagonistas recorren miles de kilómetros, o millas, o leguas. Se adentran en territorios desconocidos, acaso vírgenes. Al menos para ellos (generalmente hombres occidentales) porque, salvo algunos lugares muy extremos (La Pirámide de Ball, por ejemplo),  casi siempre «descubren» (al modo del afamado adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras) sitios ya habitados o visitados más o menos esporádicamente por personas de otros pueblos (lo hacían los yámanas al aventurarse en sus pequeñas canoas a cruzar hasta Chuanisín, nombre que le daban a la hoy llamada Isla de los Estados y que significa «tierra de la abundancia»). En estos territorios extraños (extraños para los «recién venidos», en tanto extranjeros), los protagonistas tienen encuentros cargados de novedades que alteran sus apreciaciones sobre aquello que constituye la normalidad, pues de eso se tratan en parte las aventuras.

Si hablamos de viajes y exploraciones, el mar fue la vía por excelencia. Si nos adentramos en mares con costas peligrosas, aparecen los faros. Los antiguos faros estaban a cargo de los llamados «torreros». Muchos de estos faros se hallaban en pequeñas islas desoladas, con una geografía y un clima que las volvía inhóspitas, rodeadas de un mar generalmente furibundo al que pocos se le animaban. Historias en este contexto hay de las más variadas en la literatura, comenzando por la popular novela El faro del fin del mundo, de Julio Verne, que toma como emplazamiento la Isla de los Estados, donde funcionó, entre 1884 y 1902, el histórico faro San Juan de Salvamento. En este artículo repasaremos relatos en los que, como lo adelanta el título, la vida rutinaria del torrero es perturbada por lo extraño.

1.

Transcurre el año 1932, se aproxima el invierno. Donovan es el torrero del faro en el Cabo de Hornos. Su perro, única compañía, ha muerto. Ha quedado solo en aquella última isla antes del extenso pasaje a la Antártida. La voz del operador de guardia en la base del norte es la mínima comunicación que comparte, por radio y entre descargas, con otro ser humano. Sin el perro, se siente más solitario que nunca. El asibilar del viento lo turba, lo siente cargado de malignidad. «Todo debe estar bajo control» se repite una y otra vez. Si mira hacia afuera, el extenso y brumoso el paisaje se agiganta o se empequeñece, según la ocasión. Algunas noches oye un sonido lejano de ladridos y violines. Sabe que nada de eso es real, que se trata de «una ebriedad de los sentidos, un engaño de los elementos que se vuelven contra él reduciéndolo a un miedo miserable».

El día está gris, pero en calma. Ni siquiera el vuelo de los pájaros rompe la quietud. Va a nevar. Se siente un poco mejor, decide ir en el bote hacia el otro lado de la isla para proporcionarse algunos huevos de cormorán. Trepa el acantilado con la canasta en bandolera buscando los nidos. Comienza a nevar lentamente. Recoge algunos huevos, también unos moluscos, y vuelve al bote. Es entonces cuando ve el témpano, «navega a una lentitud hipnótica, directo hacia él». En la transparencia azulada de uno de los lados percibe «una mancha oscura, arriba, en el corazón del iceberg». Azorado se da cuenta del hallazgo: «Un hombre con el pelo pegado al cráneo y los ojos abiertos en una cara de una lividez apenas más densa que el hielo». Por una inscripción en los jirones de sus ropas, sabe que el muerto en la tumba de hielo es un tripulante del naufragado Marigold, perteneciente a la flota de Francis Drake.

«El faro», cuento de Sylvia Iparraguirre, perteneciente al libro El país del viento.

2.

La novela se inicia con una sentencia que la lectora o el lector no debería olvidar mientras va desmadejando la historia: «Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos».

El protagonista es un joven ya cerca de la edad adulta y un ex miembro del Ejército Republicano Irlandés que recala en una diminuta isla en medio del Atlántico Sur para ocupar el puesto de oficial atmosférico. En la isla hay dos construcciones, la casa del oficial atmosférico y un faro. Desembarca junto al capitán del barco y algunos marineros. Les extraña que el antecesor no haya salido a recibirlos, entendiendo que la llegada de su relevo, luego de un año de vivir en ese lugar remoto y desolado, debiera ponerlo feliz. La segunda sorpresa la tienen al ingresar a la vivienda, por el estado de abandono del lugar. Mientras los marineros descargan los baúles del irlandés, el capitán le sugiere a éste ir hacia el faro, conectado con la casa por un estrecho vallecito, para buscar al oficial ausente.

El faro parece una fortaleza, la torre se eleva sobre un pedestal al que el mar circunda por tres de sus lados. Extrañamente, del balcón circular sobresalen palos y estacas puntiagudas. El capitán llama a viva voz. Nadie responde. Abren la pesadísima puerta de hierro reforzado con remaches de plomo. Suben la escalerilla caracol. En la cama, cubierto por tres mantas gruesas encuentran al torrero durmiendo. Le preguntan por el oficial atmosférico. Esgrime que no puede darles ninguna respuesta. El capitán se altera, le ordena que se levante. El corpulento torrero lo hace, está desnudo. Insiste con que no puede contestar sobre el paradero de su vecino. Dice llamarse Batís Cafó. Sin más respuestas vuelven a la casa. A pesar de las dudas y las advertencias del capitán, el joven irlandés decide quedarse en la isla. El capitán y los marineros vuelven al barco y zarpan.

Durante la primera noche sobreviene el encuentro. El nuevo oficial atmosférico escucha un sonido semejante al de la lluvia, sin embargo afuera una luna llena ilumina el mar y la isla. Antes ha creído escuchar el trote de un rebaño de cabras en la lejanía. Se desentiende de aquellos sonidos y vuelve a su asiento. En ese momento ve aquello que lo espanta: por un hueco en la parte inferior de la puerta alcanza a ver el brazo, «un brazo entero, desnudo, larguísimo»…. «no era un brazo humano»… «ni un gramo de grasa, musculatura pura, piel de tiburón»… «los dedos estaban unidos por una membrana que casi llegaba hasta las uñas».

A partir de esa noche, comienza para el irlandés una lucha por la supervivencia en la que, Batís Cafó, el torrero es inicialmente otro enemigo. Luego llegan las verdaderas revelaciones.

La piel fría, novela de Albert Sánchez Piñol.

3.

Johnny es un joven recién ingresado al servicio en el faro en Bahía Solitaria. El torrero es el experimentado Mc Dunn.

Ha llegado la noche y con ella la infaltable niebla. Por eso, además de la luz, el faro emite una sirena a intervalos de quince segundos. Mc Dunn le pide a Johnny que lo acompañe a la cima de la torre. Quiere mostrarle algo especial. No ha querido contarle antes, pues quiere que lo vea con sus propios ojos. Una vez arriba, el torrero apaga las luces para que sus reflejos no entorpezcan la visión. La sirena sigue llamando con su voz desolada. De pronto, de las frías aguas comienza a surgir “una cabeza, una gran cabeza, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego -no un cuerpo- sino más y más cuello. La cabeza se eleva unos doce metros por encima del nivel del agua”. Johnny azorado calcula que el monstruo mide entre veinticinco a treinta metros de la cola a la cabeza. La sirena llama y el animal responde con el mismo sonido. El monstruo emite un grito tan angustiado que se estremece dentro del cuerpo y la cabeza del joven.

Dice Mc Dunn: «A lo largo del año, Johnny, ese pobre monstruo ha yacido lejos, mil kilómetros mar adentro, y quizás treinta kilómetros bajo el agua, esperando el momento oportuno; quizás esta criatura única tenga un millón de años de edad. Piénsalo, esperar un millón de años, ¿podrías esperar tanto tiempo? Quizás fuere el último de su especie».

«La sirena», cuento de Ray Bradbury, perteneciente al libro Las doradas manzanas del sol.

Una yapa: El faro y la guerra

El Tuco Soria quiere enlistarse como voluntario para combatir en la guerra de Malvinas. Ha hecho la colimba en Tucumán, de donde es oriundo, pero ahora vive en Comodoro Rivadavia. Trabaja en los pozos de petróleo. Como sus compañeros en el pozo se han enlistado, él no quiere dejarlos. No ha sido un soldado ejemplar. En la entrevista previa un oficial hace un repaso de sus faltas: Se le ha rebelado a un cabo, al que insultó y golpeó. En un combate al pie del monte en Tucumán se ha negado a transportar «a una prisionera subversiva, aduciendo que está embarazada y hace falta un helicóptero para transportarla». Además, tienen fotos del Tucu y de su tío en reuniones sindicales. Sin embargo, el coronel que debe tomar la decisión considera que, a pesar de no tener un pasado ejemplar, Soria tiene algo interesante para un soldado: que haya resistido tanto tiempo en el calabozo de castigo.

Al Tucu lo envían a Malvinas para una misión especial. Integrará una patrulla de cuatro soldados al mando de un teniente. Deben defender un faro. «Van a estar a kilómetros del resto de la tropa, como en el pozo donde usted trabaja», le dice el coronel. Esas son las órdenes, aunque el Tucu prefiera combatir junto a los muchachos del pozo: «yo siento que mis amigos son como la Patria, pero en chiquito».

Miguel Fanchovich

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