TIEMPOS INTERESANTES

«Ojalá te toque vivir tiempos interesantes» dice una antigua maldición china. Como por estas regiones solemos respetar religiosamente las maldiciones, casi no conocemos otros tiempos que no sean de los interesantes.

Ahora bien, aquello que torna de interés una época -entendiendo interés como algo que resulta de importancia entre un grupo de personas y las afecta beneficiosa o prejudicialmente- puede resultar de un evento de factor no humano, como terremotos, pandemias o aerolitos fatales; pero también puede ser generado por agentes humanos, como aquellos muchachos, por tomar un ejemplo, que abordaron en noviembre de 1956 el yate Granma, para despertar, desde entonces hasta hoy, los intereses más variados.

Quien alguna vez haya leído o curioseado esta columna en los números anteriores sabe que se centra en la narrativa de ficción, particularmente en la literatura. Vincular esta cuestión de la notabilidad de una época vista como una maldición, algo tan del mundo real, con relatos ficcionales pareciera a priori como algo, paradójicamente, poco interesante, incluso absurdo, carente de sentido. Quien alguna vez haya leído o curioseado esta columna en los números anteriores debiera saber que por eso mismo es que lo haremos. Vamos a rastrear en algunas narrativas tiempos ficticios, o no tanto, que se hayan vuelto una maldición china para sus personajes.

Elijo tres historias. Las tres de autores argentinos, las tres tienen como marco nuestro país. Son tres historias distintas, pero inquietantemente hermanadas. Veamos:

1.

Sábado por la noche. Chalecito de clase media en Vicente López. Cuatro amigos juegan al truco. En la radio suena Louis Armstrong. Alguien canta envido. Se suceden el envido-envido, el real envido y la falta envido. La música cesa para dar lugar a un boletín de último momento: «formidable explosión atómica en el Pacífico». La partida de truco continúa. Llegan ruidos desde la calle: un choque, un grito. Juan pretende levantarse para ir a curiosear por la ventana. Favalli, que es su compañero en el juego, se lo impide, no quiere interrumpir el juego, además ve a Juan algo disperso. De pronto se corta la luz. Y no solo eso, los característicos ruidos de la ciudad dan paso al silencio. Ahora sí la partida se interrumpe. Juan Salvo, el dueño de casa; Favalli; Lucas Herbert y Polsky se levantan y corren hacia la ventana. Lo que ven los conmociona: autos chocados, gente muerta en la vereda. Lucas advierte que hay algo en el aire. Empieza a caer una nevada fosforescente. Todavía no lo saben, pero esa nevada mortal es la primera manifestación de la invasión alienígena que cambiará sus vidas.

Más o menos así comienza El eternauta, de Germán Oesterheld, seguramente el más importante relato de ciencia ficción en Argentina, ilustrado originalmente por Francisco Solano López (edición de Hora cero, entre 1957 y 1959) y luego por Alberto Breccia (revista Gente, 1969).

2.

María recuerda. En el silencio de la biblioteca de una ciudad europea, que ha crecido de forma irregular entre catedrales y castillos, rememora su vida pasada y su ciudad ahora inexistente:

María es secretaria en la compañía de inversiones Suárez & Baitos. Vive con su padre en Becar Varela, pero deben mudarse a un pequeño departamento, herencia de la abuela Rose, en Barrio Norte, casi en la esquina de Peña y Agüero.

El día de su cumpleaños veintitrés María ha quedado en encontrarse con su novio Alejandro a las seis de la tarde en un bar en Cerrito y Sarmiento. Los empleados de Suárez & Baitos salen antes del horario establecido porque, según le avisa una compañera, «parece que hay quilombo». María se encuentra con la calle tapizada de volantes. «La intemperie que el gobierno no quiere ver», dicen. Alejandro antes la ha anoticiado del avance de la intemperie. Las casas del cinturón del conurbano se están desmoronando y las ciudades se van convirtiendo nuevamente en campo. En los noticieros han hablado del «Plan de Estabilización de la Vivienda Familiar». De camino al bar del encuentro, se cruza con hombres armando barricadas, con tipos y chicas corriendo. Escucha tiros y explosiones. Intenta refugiarse de un camión hidrante, que de todos modos la moja. Cascotes y pedazos de baldosas se estrellan contra los vidrios. Ve pasar una camioneta de la policía con un muerto. Un vidrio se desploma a sus espaldas. Se acuerda de que no lleva el documento, entonces anota en un papelito que guarda entre sus ropas: «Soy María Valdés Neylan».

La novela El año del desierto (2015), de Pedro Mairal, nos cuenta de un país que comienza a retroceder inexorablemente hacia el pasado hasta convertirse en un páramo.

3.

El hombre se niega a vivir entre asesinos y violentos. Decide partir, abandonar su Yala natal y dejar todo lo que ama, lo que es suyo. Sabe que es un acto irreparable y vergonzante como una fuga. Así asume la partida, como una huida: «En realidad todas mis partidas fueron fugas. Creo que es la única forma de irse», escribe. En el derrotero del éxodo quiere recorrer, quizás por última vez, los paisajes y su gente: «para no contar ya mi vida en años sino en montañas, en gestos, en infinitos rostros; nunca en cifras sino en ternuras, en furores, en penas y alegrías».

Espera el tren que lo llevará hacia Humahuaca. El andén está casi desierto. En una de las paredes un cartel con la inscripción «denúncielos» sobre los colores de la bandera.

En tren, en al camión de una mina, sobre el lomo de una mula y finalmente a pie hasta llegar a la frontera, el hombre va despidiéndose con morosidad de su tierra mientras traza el rumbo del exilio. El último refugio es una escuela rural, en medio de los cerros. Cumple con su afán de que no quedara, antes de salir del país, «un palmo de esta tierra» sin grabarse en su memoria: «La tierra como el cuerpo de la mujer amada, cada piedra o sendero, cada pequeño caserío, una columna de humo efímero y eterno; un sauce como una pacífica y hermosa obstinación entre el páramo y una ladera a cuyos pies los hombres de aquí siembran y cosechan», escribe.

La casa y el viento (1984), de Héctor Tizón, es a mi entender una de las más bellas y conmovedoras historias de la narrativa argentina. De una prosa exquisita, es el testimonio novelado de la salida del país de Tizón rumbo al exilio, en 1976.

«Ojalá te toque vivir tiempos interesantes» reza la maldición desiderativa y a los protagonistas de las tres historias se les otorga ese deseo ancestral y anónimo. Como no somos ajenos al marco locativo de los tres relatos, tierra de la abundancia en cuanto este tipo de sucesos, podemos considerarnos invitados a seguir viviendo tiempos interesantes.

Miguel Fanchovich

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