RUDY FERREYRA Y SU TECLADO MAGICO

Si Che. Creo que esa fue la última vez que estuve con Rudy Ferreyra.

En Hernández.

Compartiendo, algunos amargos en el humilde comedor de esa casa bajita y cortinada… garabateada de anécdotas y afiches… instrumentos, cajones, carpetas e improvisadas partituras, seleccionadas con un entusiasmo adolescente que apenas pude festejar.

En ese entonces -yo apenas me había separado- se podía, todavía, convidar el mate y el Covid era una insistente amenaza que aunque se había sabido cargar una buena porción del oriente asiático, no justificaba menesteres tan grotescos como los ya, con pena, acostumbrados. Dos mates, dos bombillas y esas cosas.

El Maestro

La casa del Maestro. Donde tantos pasamos y mi viejo ocupó algunas ves, secularmente, en otras tantas noches despreciadas.

Lentes gruesos, cabello largo y barba hundiéndose… estirándose en pitazos… peleando con las teclas de un pianito que, en más de una ocasión, según lo dicho, desarmó y reparó, y era posible que ya no sirva más… cuanto lo siento.

Alto, encorvado y gris como el tabaco… rodeado de aparatos inservibles, atril, jirafa, discman, caseteras, acordeones, paquetes de acordeones… fotografías de un tiempo mobiliario donde reconocí su rostro joven debajo del hollín y el cigarrillo.

El ranchito -sobre una de esas calles de los perros y la piedra… en dirección hacia un arroyo filtrado de canales subterráneos, lámparas… despiadados paraísos; colgándose a los cables de alumbrado como otros tantos actos de justicia -el ranchito se abrió como un consuelo y un abrazo fraterno en la incipiente noche de mis primeras soledades… y en esa primavera de la angustia la sangre de ese pueblo de cantores me supo socorrer con aguas mansas que llenaron mis ojos de recuerdos.

Calles de tierra y perro y de trasnoches… como tantas famosas que inspiraron a otras generaciones de rumiantes caracoles, filósofos y truhanes… esa constelación de hombres de mundo cargados de batanes por la agreste soledad de las pampas argentinas.

Calles de kioscos, machos… de cerveza. Modelos de automóviles, de fósiles, arrumbados al frente de las casas… bajo otras distracciones del olvido… y el óxido…

Cuando nos reunimos esa tarde, después de haberme aconsejado un par de temas musicales… me propuso iniciar una serie de ensayos con el fin de reunir una pequeña agrupación para cantar en bodas, despedidas, cumpleaños etc..

Me parece que me confundió un poco con mi viejo, “un repertorio sencillo” me dijo sin saber, sin importarle, que hacía más de diez años no hacía nada parecido. Que entonces la erosión de los cuidados de un muchacho moderno y peronista había dilapidado la aventura… que no supe cuidar en el invierno de la madurez…

Quien sabe…

Aun así, ocupamos gran parte de ese encuentro, soñando promociones venideras, conciliando pronósticos, tarifas, camaradas, pueblitos aledaños… como si de algún modo ese entusiasmo supliera la verdad incuestionable… de que el mundo cambió y… no soy mi viejo… que la orquesta operaba desde un ángulo más cercano a la prensa y a los medios que a la virtud y toda trayectoria. Que la gente no paga. Que le cuesta. Que el karaoke imponente y despiadado con su gracioso acento de fascista ha colmado las plazas, las reuniones… sepultado guitarras, payadores, niños virtuosos, viejos borrachones que no pueden, no saben, no comprenden que hay que seguir el salto de la bola, los colores… nociones necesarias y verdaderamente exasperantes… y que sin embargo… funcionan.

Y ahí estaba el Maestro encanecido… con la misma ilusión de las cantinas frente al portarretrato de mi padre abrazado con otros… de camisa mangas cortas y rosa… lentejuelas… todo lo que requiere el espectáculo. Hasta Felipe… un negro consiguieron, en esa temporada de la costa.

Niños grandes, porfiados, caprichosos. Como enormes violentos dromedarios que el nuevo bolichero desconoce… que el municipio niega… y que cultura no se anima a citar… de culo roto… no más… de culo roto.

Niños grandes cargados de instrumentos. De menús, de barajas de chapitas… de circo y parque y peña y de quermeses y carrera embolsada y de rey momo paseándose en las calles de este pueblo de la concesionaria y glifosato.

Mi hermanito mayor, me dijo Lito. Mi hermanito mayor y aun esa tarde de irregular afecto, inteligencia de complacencia y mutuo desconcierto… pudimos compartir ese inminente lazo de honestidad de los afanes.

Antes del choripazo… el cumbanchero, pasamos un verano en San Clemente… con mamá y mis hermanos y mi viejo que se animó a llevarnos a una gira… un depto que al final no era tan grande… ni tan acogedor… ni tan seguro. Pero frente a la playa… por supuesto.

Tito y Pelusa andaban por la peato y a mí se me encargo cantar apenas algún que otro tanguito en Don Pipone donde Julián se armaba de propinas copiando a Luis Miguel… flequillo en mano, Facu y Ceci bailaban chamameses aportando un color… litoraleño… que ninguna acuñó desde la cuna… y el Nahuel con su idioma descompuesto rebautizaba todo de alegría… el último retoño de los viejos que brillaban de dicha y de belleza como ninguna vez más pudimos verlos…

Una familia humilde en vacaciones.

Una familia pobre en vacaciones.

Una familia fuerte como un puño.

Un puño que se cierra y que se abre.

Y el Maestro tocaba “Para Elisa”.

Y el maestro tocaba “Candilejas” bajo otras candilejas impotentes, silenciosas, secretas, misceláneas puestas a iluminar mundos inciertos, futuros sin hogar, sin paraderos… danzando en singular concupiscencia con las desproporciones del deseo, la libertad, las cuentas, las rutinas, las herramientas pobres de una casa que se cierra y que se abre como un puño… y los sueños.

Trabajadores.

Hombres del espectáculo y del genio… en la más despiadadas de las selvas… el progreso.

Y el Maestro tocaba “Candilejas”.

Y el Maestro, que alguna vez fue el tío… y otras tantas, la junta de tu padre… tocaba “Candilejas” esa noche para todas las noches de mi infancia. Para mama radiante como un lirio envuelto entre los brazos de mi padre… Para de vez en vez juntar la sangre y por encima de otros insensibles momentos de la historia y de la sangre recordar ese hogar que… no perdemos… apretando los puños como locos frente a la inmensidad de la esperanza “como el mar de la playa a las arenas…”.

Y el Maestro tocando “Candilejas”.

Hoy que no están –mi viejo, se conoce y el Rudy Che… me entero por el Facebook– la cosa esta tan clara… es tan sencilla.

Tan singular, patética, inocente que dan ganas de andar toda la noche silbando “Candilejas” en el Belgrano.

Después de esa entrevista… de esa tarde, no lo vi más.

Tal vez pude volver y no haberlo hecho, es algo que discutiré en la muerte, cuando haya que tallar de nuevo el mazo y en otra evocación se haga justicia, que es también el perdón… y es el olvido.

El Maestro y su piano mágico.

El Maestro de los dedos mágicos y un corazón partido en cuartetazos que acunaron mis pasos primitivos y a más de una incipiente serenata en esa larga noche de mi infancia que es todo San Clemente… también se fue de gira… con los tantos disidentes del gusto, de la cita, las charlas del café del comerciante… del protocolo…. disidentes del viento; los consejos, los cuidados que nunca comprendieron… pobrecitos los locos… pobrecitos… mientras el nuevo mundo iluminado por el favor del éxito recuesta su porte capital hacia un futuro menos desaliñado y penitente.

Mi pequeño recuerdo… de mi sangre. Todo nuestro respeto… ese cariño que es haber padecido el mismo hambre… y fe… perdura en este… nuestro único homenaje… el de toda la familia Bernal.

Viajando por las rutas provincianas con la luz de la música y la risa.

Cuando estacione el barco… compañero… cuando descanse el cuerpo en otro barrio… cuando por fin la noche se haga clara y el mar devore el viento de las dunas “por una noche oscura de sartenes redondas, pobres, tristes y morenas”, un último recado en esta cita, desde ésta… la otra oriya del exilio… un abrazo a los viejos… y a mi viejo.

Guillermo Aguilar, Rudy Ferreyra y Petit de la Jazz Band.

Dedicado a Aguilera… el Dani y Carlos. Al Tuerto. A Juan Digiacomo y al Tomi. Juan Devita, Payero, Pichoncito. El Laucha Méndez, Neme. A El Muerto. A Griva.

Al boliche de Polo y Carnevale. Al gordo May, Moran y Carancini. A Cañita. A Baeza. A Drovandi. A Caruso -los dos-, Rodolfo Pico. A la Poli y a Tito. A Mari y Rulo. A Dandrea. A Aguilar, Petti, Berrondo, A Nency, A la Lijoy, A Tere, A Ghiotti, Rudy Chalón, Palmera… el negro Giles. A Don Pipone. A Tito y a Pelusa. A Mamá y a Papá… y a mis hermanos…

Y para todo el público presente.

*Rudy Ferreyra, eximio músico, protagonista de las décadas de los 60 y 70, en que las grandes orquestas locales eran protagonistas de bailes y encuentros, murió el 3 de enero a los 80 años.

Sebastián Bernal

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