ESPEJO INTERIOR

“El silencio y el movimiento tienen en común que no mienten”. (María Fux)

Era invierno. Un invierno como pocos. No sólo lloviznaba y hacía mucho frío, sino que además transcurría el año 1976, año en que comenzaba una de las dictaduras más sangrientas de nuestro país. La sensación de que todo estaba perdido se expandía en las calles, en muchos hogares y en el corazón joven y esperanzado de tanta gente que trataba de proteger su vida pasando desapercibida, siendo obediente, condescendiente, escondiéndose o huyendo al exilio. Otras personas como yo, buscamos en las grietas algún resquicio, alguna especie de salvavida vital por donde resistir. Cerraron la Facultad de Psicología donde pensaba estudiar, así que encaminé mi deseo hacia otras dos pasiones, por un lado, la literatura, y por otro, la danza. Me inscribí en el Profesorado de Lengua y Literatura, y la otra pasión, la danza, no aceptada por mis padres, encontró su espacio en la Capital Federal, en el Estudio de Danzas de María Fux. Estaba rodeada de represión, en lo social y también en mi hogar. El estudio de María se transformó en ese espacio anhelado de lunes a viernes, hasta que por fin llegaba el sábado. A las seis de la mañana era mi cita con el tren que me llevaría hacia la danza. Abría la puerta del estudio con emoción renovada cada vez, y ahí estaba María con su sonrisa y su amor diciéndome: a pesar de todo, la vida es bella. El encuentro sucedía desde el cuerpo, como posibilidad de comunicación, y algo nuevo siempre aparecía. Hablábamos desde el movimiento y todo se transformaba. Aunque la palabra estaba prohibida como forma de expresión y de libertad, el arte de la danza venía a auxiliar a tanta gente rota por dentro, triste, excluida o sola. También ofrecía su grupo de continencia amorosa a sordas, hipoacúsicas que salían de su mundo de silencio para bailar su vida, sus ritmos, y el de sus compañeras oyentes.

Muchas veces en su estudio daba clases Nora Codina, la maravillosa bailarina de: ”El exilio de Gardel”, quien, además, supongo que porque era socióloga, incorporaba temas a la danza muy pertinentes con el momento social que se estaba viviendo. Recuerdo que en varias clases utilizó música de Astor Piazzola para que nos expresáramos. Nada más oportuno para mostrar el desgarro, la melancolía, la sensación de estar cayendo lentamente en soledad…y sin red. El estudio de María fue mi exilio, el que me llenó de vida en años en que la muerte andaba hambrienta por las calles, y se llevaba tanta gente a sus fauces sangrientas. Yo me escabullía bailando “Libertango”, agarrándome fuerte de tantas manos, deslizando mis pies por la madera de los pisos como quien quiere elevarse y soñar. Aprendí que la danza que nos transmitió María tiene que ver con la vida que nos rodea, con nuestras emociones y sentimientos, no con repetir pasos dados hace cientos de años atrás. La danza como intuición, como escucha del propio cuerpo y el de los demás. Danza siempre renovada, porque la vida es cambio perpetuo. La danza de María era sanadora, nos llevaba a trasmutar energías, actitudes y hábitos que fluían con el movimiento y el contacto con otros cuerpos. Esta danza por eso se llamó Danzaterapia, danza creativa.

Existe un hilo conductor, un paralelo en algún punto de su vida y la mía. Ella cuenta que cuando su mamá llegó de Rusia, tenía rota la rótula. Ese fue un suceso que la marcó y la llevó a hacerse muchas preguntas en relación al cuerpo y sus posibilidades. Muchos años después, a ella también se le lastimó la rodilla. Todo el proceso de recuperación fue un aprendizaje. Sentir el límite y la ayuda de la otra parte de su cuerpo. Pudo sobreponerse y danzar, cosa que nunca había podido hacer su mamá.

En el 2017 me golpeé muy fuerte la rodilla izquierda que ya venía muy desgastada por otros golpes y no podía caminar. Los especialistas coincidían en que debía usar muletas y no dar más clases. Hasta me dijeron que debía hacer mi duelo y llorar. Ni muerta, me dije, y empecé a leer todo lo que estuvo a mi alcance e investigué todo lo que podía mejorar mi rodilla y lo hice con disciplina y convencimiento de que seguiría dando clases y bailando. Poco a poco, con mucha angustia y sufrimiento, al fin lo logré e hice lo que mi madre que amaba tanto bailar no pudo hacer nunca. Así, ambas logramos liberar, creo yo, a nuestros ancestros mujeres, las madres, las abuelas, que la represión de la época, los prejuicios o las imposibilidades de todo tipo, le impidieron bailar.

Hace poquitos días, María cumplió 100 hermosos y productivos años, iluminando con su arte a tantas generaciones. Mi homenaje y mi amor a tan querida maestra de la danza y de la vida.

Mónica Rodríguez Echegaray

Compartir en: