ROMINA CRUELLAS | CUENTOS

¿Se puede hablar de la violencia desde la fantasía? La autora usa este recurso con asombrosa maestría y en especial para nombrar la violencia de género.

Un cuervo que vengará un femicidio… La muerte del amor, anticiparla, desde un colchón maldito… La pérdida brutal de la inocencia de una niña violentada.

Juega con elementos irreales, casi de ciencia ficción, para contar lo atroz, para deslegitimar ese territorio sexista, para crearnos un estado de incertidumbre sobre aquello que se calla, pero que está ahí, latente, para incomodarnos.

Carmen Rolandelli

Romina Cruellas

FRIDA A PIQUETITOS

Un cuervo entró a la habitación no sé por dónde ni cómo. La puerta cerrada, sin ventanas. La cuestión fue que el bicho se golpeaba contra las paredes, estaba desesperado. Y en uno de esos intentos escapistas, se quebró el pico y sangró mucho más que Frida. Las plumas negras, desprendidas, caían balanceándose y se le pegaban en las heridas. Qué extraño, por lo que yo tenía entendido los cuervos son animales que se alimentan de carroña. ¡Desagradecido! Yo, que justo, le había dejado un banquete servido, un manjar de los dioses. No es común encontrar carne de esa calidad en una habitación y mucho menos que aparezca un cuervo como lo hacen los conejos de las galeras. En un momento dado, se quedó quieto y miró desde arriba, desde la lámpara. Observó todo. Supuse que no estaría hambriento porque de lo contrario tendría que habérsele tirado encima y mínimamente haberle sacado los ojos. Pero no, estaba temeroso, parecía un gatito indefenso. Hay cosas que no las entiendo… El cuerpo, a mí, no me servía para nada. Lo que me servía de ella era, precisamente, lo que la egoísta no podía darme. Así que, si no era mía, tampoco sería de otro. Manoseé un poco las heridas para teñirme las manos de sangre y las alcé al cielo. Pensé que a lo mejor ese bicho, oliéndolas, se le tiraría encima estrepitosamente y comenzaría a picotearla, a comérsela, evitándome el trabajo de hacerla desaparecer. Pero no había nada que hacerle, por lo visto, no solo los humanos son desagradecidos, los cuervos también. El pajarraco tomó altura y coraje y, desde un rincón y aun con su pico quebrado, comenzó a atacarme. Agujereó mi cabeza, mis ojos, manos y uñas. Me hice el muerto para que me diera una tregua y, desde el piso y con dificultad en la visión, observé su extraño comportamiento. El cuervo se posó sobre el cuerpo de Frida, contempló cada una de las heridas, luego sacó una lengua de perro y comenzó a lamérselas. Supongo para que cicatricen.

PEQUEÑA MENDOCINA

Hoy amaneció con un dolor de cintura tan fuerte que le hizo recordar el golpe que se dio el año pasado cuando se cayó del tapial. Se le había metido en la cabeza que quería volar, por eso agarró un paraguas floreado de su abuela, se trepó ayudándose de la reja, lo abrió y se tiró al vacío a lo Mary Poppins. Con el tema de esa caída, ella podía pronosticar cualquier tormenta próxima: la humedad se siente en los huesos y mucho más en lo rotos. Pero lo de hoy le llamó la atención porque el dolor comenzó de golpe, ni siquiera había humedad en el ambiente Esta vez era diferente: el malestar venía acompañado de náuseas de esas que te revuelven el estómago y solo molestan porque, en definitiva, ni siquiera te hacen vomitar, revuelven nomás. Al rato vino el asco, asco al café con leche, a la carne cruda, a restos de comida en el plato, asco hasta las colonias que le habían regalado para el día del niño. Tiró el desayuno a las arcadas y, cuando pasó frente al espejo del pasillo, observó que tenía más panza que nunca. Según su mamá, debido a su metabolismo, ella engordaba ya con solo tomar agua, pero ese día, y podría jurarlo, hasta con el agua se había medido. Cerca del mediodía le costaba mantener los ojos abiertos, el cansancio era tan grande que se dormía jugando y su vientre estaba tan hinchado que pensó decirle a su madre. A la hora de la siesta, siempre pasaban por la tele películas para llorar, pero esta vez le provocaron un llanto incontrolable, hasta exagerado. Pidió un kilo de helado para calmar la angustia. No pudo ver el final, verdaderamente estaba exhausta. Alcanzó a ver hasta cuando el perro se durmió debajo del puente. De todos modos no pudo descansar, el crecimiento de su panza era tan rápido y progresivo que tenía que apoyarse una almohada cruzada para soportar el peso y los tirones. Hacia la tarde ya había aumentado el doble de tamaño y sus pechos estaban hinchados y sensibles. Pensó que tal vez la muerte andaba cerca, porque si no, cómo se explicaba que en pocas horas estuviera tan deforme y acongojada. Se asustó mucho más cuando, de repente, algo se le movió adentro y empujó para el costado derecho; hasta pudo ver una forma extraña sobre la piel estirada. Comenzó con más dolores, ya no eran solo en la cintura sino también en la zona de la pelvis y un poco más abajo. No pudo pedirle auxilio a su madre (no había llegado aún del trabajo), le costó horrores llegar hasta la mesita del teléfono. Intentó arrastrarse, pero lo hizo apenas hasta la puerta de la habitación. Estaba entrando la noche, por la ventana oscurecía el cielo. Con mucho esfuerzo logró subirse de nuevo a la cama. Pero apenas acomodada, un líquido incoloro y caliente salió de entre sus piernas y mojó las sábanas y el piso. A los pocos minutos su vientre comenzó a contraerse, cada una de esas contracciones venía acompañada de un dolor que le quitaba el aliento. Mordió un almohadón para que los vecinos del edificio no se asustaran. Esa contracción aparecía cada vez más seguido, no pasaban cinco minutos entre una y otra. Tuvo que abrir las piernas porque algo empujaba desde sus entrañas. Se agarró de los barrotes del respaldar y pujó. Necesitaba sacarse de adentro eso que estaba lastimándola. Lo hizo una, dos, tres veces, hasta que algo empezó a salir. Y, con el último aliento, por fin pudo, expulsarlo Sintió un gran alivio, respiró profundo y como pudo, se sentó en la cama para ver qué le había brotado. Era una cosa mojada y pegajosa que la miró con ojos grandes y lloró. Desde la ventana vio cómo ese tipo se escapaba abrochándose el pantalón, el mismo que se le había metido adentro, por la fuerza, a los tumbos, varias veces.

MANCHAS ROJAS

El disparo en la espalda no fue tan doloroso, un ardor, sangre tibia. Lo doloroso fue darme vuelta y verlo a él. ¿Cómo pudo hacerme eso? Iba cayendo lentamente, resbalando, mis manos ensangrentadas por la pared, preguntándole con la mirada por qué. Mi vestido había cambiado de color, ya no era lindo, estaba muerto, murió antes que yo. El miedo subió por mis pies, mis piernas, mis rodillas y se ensañó más aún con mi estómago. Intenté sostenerme, pero no tuve fuerzas. Él tampoco me ayudó, prendió un cigarrillo y se sentó en mi cómodo sillón de mimbre. Abrió mi libro y fue rompiendo hoja por hoja, eso dolía más que la bala en mi espalda. Se sonreía, disfrutaba con mi dolor, se había convertido bestialmente en su placer. Lo desconocí. Para él, como siempre, la desquiciada era yo. Caí sobre la alfombra con mi mirada fija en sus zapatos. Mi sangre derramada fue lentamente hasta sus pies, con ella quería alcanzarlo. Pero fui torpe y se los manché. Él se enojó y, sacudiéndoselos, volvió a insultarme y se fue. Mi sangre corrió tras él. Pasó hasta por debajo de la puerta pero no pudo alcanzarlo.

CONTIGO PAN Y CEBOLLA

La casa era antigua y hacía mucho tiempo que estaba deshabitaba. Cuando ellos fueron a conocerla, el alma se les vino al piso porque no colmaba sus expectativas. Al abrir la puerta, una especie de tempestad húmeda, con ganas de escapar después de siglos de encierro, los sacudió haciéndolos retroceder bruscamente. La fuerza de la tormenta los obligó a agarrarse de las rejas de la ventana para no desaparecer en los cielos infinitos. Cuando todo pareció volver a la calma, abrieron sus manos para soltarse y notaron que sus rostros habían quedado húmedos y desmejorados, quizás también, por la desazón o la impotencia de no poder contar con los recursos necesarios para adquirir una propiedad en mejores condiciones. Entraron despacio y con desconfianza porque la casa olía a misterio. La habitación principal, como el resto, sin ventanas, estaba asentada en barro. Lloraban barro los días de lluvia y los soleados también. Ellos, de todos modos, respiraron profundo, se besaron y dijeron que el amor todo lo podía embellecer. Solo necesitaban un refugio para poder hacer el amor a la mañana, a la tarde, a la noche, a la madrugada y durante el sueño. Los dueños anteriores habían dejado un colchón en el suelo. Cuando los llamaron para comunicarles su olvido, se paralizaron por la respuesta: –¡Ese colchón está maldito! –dijeron, y cortaron. Para dos recién enamorados no había en el mundo objeto más útil ni preciado que ese. Esa noche hicieron el amor entrelazando sus cuerpos, hasta el cansancio. Acariciaron la eternidad, desafiaron al tiempo con un beso y se durmieron. Al día siguiente despertaron extraños; sus músculos estaban un tanto más rígidos y sus pieles más ásperas. Pensaron que los cambios se debían al estrés de la mudanza. Ella relajó su cuello, estiró sus brazos y preparó el desayuno. Desayunaron café con tostadas sobre el colchón. Al anochecer volvieron a hacer el amor, pero ya no tan desesperadamente, ya no con tantos rasguños ni gemidos, de todos modos, un cansancio los hizo dormir. A la madrugada el colchón comenzó a moverse y a crujir, parecía como si un monstruo quisiera salir de allí adentro. Primero, por debajo de ella, salió un brazo, luego con dificultad salió el otro. El colchón con sus dos manos apretó la cabeza de ella y, concentrando toda su energía, le absorbió sus sueños dejándole tan solo una mancha blanca en su inconsciente. Después cerró los puños y comenzó a desaparecer hacia adentro. El bulto se fue corriendo hacia la derecha, hasta quedar justamente debajo del cuerpo de él y, nuevamente, el colchón comenzó a moverse y a crujir, luego sacó un brazo, después el otro, y le agarró la cabeza, también para absorberle los sueños. Desde esa noche ella no soñó nunca más con él ni él nunca más con ella. Al amanecer sus cuerpos despertaron más rígidos que el día anterior y con la piel más arrugada. Pensaron que la humedad de esa habitación ciega y el polvillo de los ladrillos los resecaba. Ella estiró su cuello y sus brazos, pero le costó mucho más levantarse. Desayunaron café, las tostadas se habían terminado. Al anochecer solo se besaron, porque sus cuerpos cansados no tuvieron las fuerzas para hacer el amor. Esa noche el colchón les absorbió la transpiración, a tal punto de deshidratarlos. Al amanecer sus cuerpos estaban acalambrados y sedientos. Ella no pudo estirarse y con mucha dificultad y desgano, preparó el desayuno. Bebieron agua caliente sobre el colchón, porque el café se había terminado. Al anochecer ella se durmió leyendo un cuento triste; él contando las gotas que caían del techo. Esa noche el colchón les bebió la sangre para fortalecerse. Al amanecer despertaron pálidos y ojerosos. Sus cuerpos sin fuerzas, apenas podían moverse. Ella se arrastró hacia la cocina para preparar el desayuno. Desayunaron con tazas vacías, porque el agua se había terminado. Al anochecer ella se acomodó en un rinconcito del colchón y le pidió a él que no se le acercara porque la molestaba. Él no se sintió herido porque pretendía lo mismo. Esa noche el colchón absorbió sus años alimentándose así con su juventud. Al amanecer sus pálidas pieles aparecieron con grietas, tenían en los rostros los surcos de toda una vida recorrida y se miraron extrañados. Ella se levantó encorvada para preparar el desayuno y encontró una cebolla. Desayunaron cebolla sobre el colchón porque todo lo demás se había terminado. Esa noche él se sintió asfixiado y para salvarse apoyó sus labios sobre los de ella y le robó el oxígeno. Ella casi ciega quiso arrancarle los ojos para volver a ver. El colchón trituró sus huesos y se los tragó. Al amanecer solo quedaron las empalidecidas pieles, restos o rastros de un amor que no debió aceptar nunca ese colchón de regalo.

Romina Cruellas

Carmen Rolandelli

La Meresunda

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