LA MIRADA DE D10S

Las arrebatadas pasiones nos cambian para siempre. Un gesto en un adiós. Un dolor instantáneo y profundo. Una muerte atroz. Un nacimiento fulgurante. Una mirada única y determinante. Un amor súbito. Un abandono letal. De esos materiales está hecho el cosmos infinito de lo individual, del yo profundo. Por fortuna o por desgracia, como alguien dijo, hay quienes tienen el yo lleno de gente. Las paradojas de la existencia.

En los tumultuosos 90, en el borde de varios abismos, la eterna pasión del fútbol como siempre nos arrancaba de las rutinas más tremendas. Fue así como dispuse de la pequeña fortuna que significaban en aquel momento 200 pesos y me encaminé hacia el evento, un acontecimiento que se convertiría en único, en extraordinario por muchísimas razones. Ya unos años atrás lo había visto, endiablado, desafiante y virtuoso en la Doble Visera de Independiente, dejando muda a una multitud atónita ante tanto desparpajo zigzagueante. Un baile histórico. En aquel 1981 ya se vislumbraba el genio, pero jamás con tanta épica al punto de convertirse en uno capaz de provocar semejantes alegrías colectivas. Sin temor a equivocarme, será difícil encontrar otro momento en que tanta gente junta en nuestra querida Patria comparta una alegría inédita.

Era el 14 de septiembre de 1997 en la mítica Bombonera de Buenos Aires. El cemento no paraba de latir.  Un partido de la pasión de multitudes, ¿un partido más? Casi. Digo casi porque lo sucedido lo convierte en un hecho extraordinario, al menos ante mis ojos jóvenes y voraces.

Diego Armando Maradona, genio indiscutido, héroe de la Selección Nacional y de todos los equipos en los que jugó, estaba finalizando su carrera y convierte el que sería su último gol para Boca frente a Newells. Quienes tuvimos la suerte de estar aquella tarde no sabíamos que iba a ser el último gol, pero así fue. Pero algo en el aire dejaba entrever semejante destino. Como decía el hermoso poeta Roberto Juarroz, todos los días hacemos algo por última vez.

Creo que al comienzo del partido yo estaba contra el vidrio de la platea, fila 3, muy cerca del banderín del corner, minutos antes del penal ante Sergio Goycoechea, Dieguito camina hacia la esquina de la cancha, paso cansino, como yendo a tomar el colectivo que lo sacara de Fiorito, el viaje a la práctica con los pantalones de corderoy en pleno verano, sacudiéndose los dolores de la pobreza. Y allí iba, para patear por enésima vez en su vida y todos nos acercamos al vidrio enloquecidos, como ante el ojo de un huracán que se avecina, a ese fuego que nos quemará por siempre. Entonces él giró chispeante y con la pícara sonrisa de Dios, les juro que me miró.

Fabián Del Core

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