REYNALDO JIMÉNEZ SOBRE “RADIACIÓN DE FONDO” DE CARLOS BARBARITO

Clinamen, Buenos Aires, 2018. Arte de tapa de Mónica Goldstein. Fotografía de contratapa de Michel Marcu.

Radiación de fondo, de Carlos Barbarito, en uno de sus posibles niveles de lectura, sugiere una meditación sobre la impermanencia, ante la que asume una cualidad de interrogación, no sólo explicitada por los abundantes signos de pregunta que pone a danzar, sino constantemente afectando la entonación: Esto, y no otra cosa, debe ser la vida./ Un vino agrio para saciar la sed,/ un escaso alevino para poblar ríos y estanques./ Nada más. Por qué, entonces,/ su obstinación en hablarnos/ de las nupcias del viento con el mar y los ajenjos (…)

Se puede uno inmiscuir en ese interrogar de suyo involucrante, mientras el repertorio de recursos alcanza una meseta de sencillez provista por la decantación de una lengua propia en que la poesía de Carlos claramente se destila, a la manera de un perfume, que está y no está, con un sentimiento de materialidad que no podría ser si no fuese el neto efecto de una maduración. Y si es el rozamiento y acaso la entrevisión del ángel de la madurez lo que atañe en estas páginas, nótese sin embargo ese núcleo resistente que lo guía y acaso lo subsume en la veta entrañable, algo así como una rebeldía anterior, un armónico de insurrección que no se fija, que no se queda quieto, nómade entre imágenes de notable figuración, como si todo el libro consistiera en esa resistencia semántica que enhebra las figuras: Me dice algo al oído./ Me dice lo que no quiero oír./ Me lo dice y se desatan los perros./ La tormenta se desata./ La materia se disocia/ y la locura pierde instancia, categoría./ Me lo dice como si al decirlo/ la tierra se volviese infecunda/ y el amor no se entendiera/ y junto con el agua derivara hacia el confín. (…)

Particularmente insurrecto ante la finitud, Radiación de fondo oscila entre una nostalgia superior y una duda que no es vacilación sino hiperrealismo sensacionista ante lo abierto que es lo inmenso, ahí donde categorías y magnitudes no le alcanzan al decir y un grano de arroz bien pudiera ser el universo y viceversa. Esa reversibilidad hace al misterio, que es la presencia. Poesía que vuelve y revuelve en torno a la presencia, a la pregunta por un sentido envolvente y menos difuso que las propagaciones intelectuales o meramente librescas, y por eso poesía que no literaturiza, puesto que retorna a la primera persona del singular devolviéndola, más acá de la enunciación, a una plenitud que es intemperie: Que no me demore en la noche fría,/ bajo astros fríos, esparcidos y olvidados:/ que no me demore porque la demora/ implica interminables pasadizos/ en los que nada ni nadie me espera./ Que no me demore en la mañana fría,/ bajo árboles antiguos y desnudos (…)

En este tono, este ritmar espacioso que renuncia a los vértigos de la fulguración actual para proponerse, a punto del detenimiento, en un retorno a la lírica, un poco a la manera de Rilke, no en el estilo, porque nada aquí suena siquiera a traducción ni mucho menos a la impostura de una retórica metafísica, sino en el espíritu cordial, y es que la respiratoria interrogante señala una y otra vez al elemento soterrado por el ruido de la modernidad o lo que queda de ésta. Ese nivel o estrato de la experiencia, tradicionalmente llamado alma (también: corazonada), ante el desafío de su materialización, siempre en ciernes, impregna la entonación: ¿Hay en alguna parte una figura/ capaz de absorber todo aquello que nos hiere, nos mata,/ capaz de liberarnos, de salvarnos?/ Me pregunto por ese barro, esa cerámica,/ metal o madera. Y en la forma (…)

Carlos Barbarito y Reynaldo Jiménez. Fotografía de Carlos Nava.

Si el alma es esa parte de enigma que concierne al esfuerzo constructivo, el antiguo itinerario heroico no se resume ya en anecdotarios de aventura sino en la persistencia del partero verbal, aquel que incidiendo en el lenguaje se propone algo así como la traducción verbalescente del misterio-presencia. El ajuste con la intemperie se cifra, inevitablemente, en la palabra tomada, ya no como un torniquete de preexistencias sino en tanto concentración expansiva en el acto-pregunta. Y el soma entero vibra asumiendo la tensión del arco de la pregunta, llevando por la voz las entonaciones atemporales y acaso ucrónicas en cuyo devenir en flor —la interrogante eclosiona en otra interrogante— aquello que llamábamos el alma se anuncia, pasando por el tamiz, al borde de lo imperceptible, el espectro de la entera emoción.

En su apuesta inevitable —pues en cada poema del libro se deja sentir la necesariedad y un tipo de urgencia que no se escinde, todo lo contrario, de la voluntad de meditación— Carlos integra reverberos que derivan esa primera persona hacia el impersonal de la voz poética, incluyente a la vez que rigurosa: Recojo en un vaso lo que quedó/ al cabo de los años y las horas, las oscilaciones/ de la mente, los juegos de las luces y las sombras./ Ese residuo que vibra, mínima porción líquida/ que se evaporará dentro de un rato./ Tengo que medir ese temblor/ que se vuelve cada vez más imperceptible,/ tengo que pesar esa leve materia/ que, sin remedio, se disipa. (…)

El trasfondo inmemorial de la interrogación pone de relieve, como si delicadamente lo esculpiera, sin aspavientos, la precariedad de la herramienta asumida precisamente en la herramienta. La palabra topa al pie de la letra. La identidad se salta de sus casillas preasignadas y se pone a probar todas las máscaras de la imagen figural, sin desestimar un repertorio común, no de lugares comunes sino en el sentido de tradiciones ya incorporadas, poniendo únicamente el acento —esa alteración tonal— en el fraseo interrogante, pero para no allanar, no sucumbir ante la menor facilidad de la expresión.

La sencillez estilística se encuentra a favor de un sinceramiento a cabalidad: Aquí y ahora, una despedida (¿definitiva?/ ¿transitoria?) a la mente que concibe,/ aéreo o subterráneo, un refugio (…). Si el ánimo es de persistente despedida, la tersura de la inscripción acude con una especie de tacto intuitivo que no merma, aun pese a las instancias más asertivas, como cuando ciñe el relámpago de la imagen insólita, inhóspita: los casuales enjambres deben resignarse/ a un angosto pasillo entre nubes.

En un ensayo de la década de 1990 sobre Artaud, Carlos apuntaba que el poeta francés buscaba “Un cuerpo digno de acoger lo que podría llamarse alma pero que no es, según Paule Thevenin, el alma del cristianismo sino el ánima o soplo vital de la que hablan otras culturas. Lo que equivale a decir que, para Artaud, el trabajo debe ser en la dirección que lleva desde la animalidad de la carne a una sublimación de ella, único modo en que el cuerpo puede dar cabida, por fin, a ese soplo.” Y algunos párrafos antes: “Artaud nos dice que no es posible separar pensamiento y vida, que ambos son una misma cosa. A su propósito, Aldo Pellegrini lo define como persecución de lo inalcanzable.”

Semejante maceración se presenta como el trasfondo influyente en la escritura de Carlos, sobre todo al interior de la transparencia a que su escritura dispone. Sobre todo ahí. Lo traslúcido de su estilo no debiera ser confundido con ningún aquietamiento de la búsqueda. La madurez de una poética también implica la absorción de las turbulencias en una forma nueva, no en relación a la novedad y sus prestigios aparentes, sino en pos de una frescura antigua, la cual no nos exime de afinar el oído interno y más bien exige dejarnos convocar en pro de la escucha.

Pero, de algún modo, allí está./ De todos modos, allí presente, tal cual/ o transfigurada. Tan derecha/ como arqueada, árbol que anhela tocar el cielo,/ espalda que se obstina en tocar la tierra./ Allí, tan remota como próxima,/ emerge y alcanza altura/ y antes de perder en su esfuerzo/ la pulpa y la cáscara,/ esparce polen.

Se apoya entonces el oído en la caracola del poema. El tiempo podrá ser un tema espiralado pero impregna inagotable su borradura. A la intemperie de los motivos, la raíz de impermanencia.

Fortaleza, en Radiación de fondo, de la explorada fragilidad.

Reynaldo Jiménez

Leído en la presentación del libro, Menéndez Libros, Buenos Aires, 23 octubre 2018.

Carlos Barbarito

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